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domingo, 3 de mayo de 2026

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 04 de Mayo - "La alegría espiritual"


San Pablo VI, papa Exhortación apostólica Gaudete in Domino (09-05-1975) : La alegría espiritual


"La alegría espiritual"

    30. El Espíritu que procede del Padre y del Hijo, de quienes es el amor mutuo viviente, es, pues, comunicado al Pueblo de la nueva Alianza y a cada alma que se muestre disponible a su acción íntima. El hace de nosotros su morada, dulce huésped del alma [7]. Con él habitan en el corazón del hombre el Padre y el Hijo (cf. Jn 14,23). El Espíritu Santo suscita en el hombre una oración filial, que brota de lo más profundo del alma, y que se expresa en alabanza, acción de gracias, expiación y súplica. Entonces podemos gustar la alegría propiamente espiritual, que es fruto del Espíritu Santo (cf. Rom 14,17; Gál 5,22): consiste esta alegría en que el espíritu humano halla reposo y una satisfacción íntima en la posesión de Dios trino, conocido por la fe y amado con la caridad que proviene de él. Esta alegría caracteriza por tanto todas las virtudes cristianas. Las pequeñas alegrías humanas que constituyen en nuestra vida como la semilla de una realidad más alta, quedan transfiguradas. Esta alegría espiritual, aquí abajo, incluirá siempre en alguna medida la dolorosa prueba de la mujer en trance de dar a luz, y un cierto abandono aparente, parecido al del huérfano: lágrimas y gemidos, mientras que el mundo hará alarde de satisfacción, falsa en realidad. Pero la tristeza de los discípulos, que es según Dios y no según el mundo, se trocará pronto en una alegría espiritual que nadie podrá arrebatarles (cf.Jn 16,20-22; 2 Cor 1,4; 7,4-6).
    [7] Secuencia de la solemnidad de Pentecostés

sábado, 15 de noviembre de 2025

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 16 de Noviembre - «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas»


San Pablo VI, papa Ángelus (18-06-1978): Para no perder el sentido del tiempo domingo 18 de junio de 1978


«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» 

    Vivimos tiempos fuertes a juzgar por los acontecimientos de la vida pública que presenta problemas nuevos y graves en el desarrollo aparentemente normal de los hechos, si bien muchos de ellos acusan síntomas de inestabilidad e incertidumbre. Pero así es la vida presente. Hay quien se amolda sin reaccionar, dedicándose sólo a sus intereses particulares. Y ¿nosotros cristianos, en cambio?

    No debemos perder el sentido del tiempo, es decir, debemos en primer lugar mantener la confianza al irse sucediendo los acontecimientos; confianza en la ayuda concomitante de la acción solícita y buena de la Providencia, que vela sobre nuestras cosas y sabe sacar de cada situación consecuencias favorables para nuestro bien superior.

    O sea, tener un optimismo que flote sobre las ondas tempestuosas muchas veces de nuestra experiencia inmediata nada alegre. "Dios —recuerda San Pablo— no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas" (1 Cor 10, 13).

    En segundo lugar, debemos tener fortaleza en medio de los sucesos mudables y adversos de nuestro camino en el tiempo. El tiempo presente es la palestra de nuestras virtudes; no debemos vivir atemorizados ni emperezados, sino que debemos traducir las dificultades de la vida en ejercicio de fidelidad, constancia, paciencia: "Por vuestra paciencia —ha dicho el Señor— salvaréis vuestras almas" (Lc 21, 19).

    La vida cristiana exige valentía. Invitamos sobre todo a los jóvenes que tienen el don y la fuerza de la valentía; son los candidatos preferidos a las lecciones del Evangelio.

    Palabras grandiosas éstas, y quizá vagas; meditamos y oramos para que nuestra generación, que tanto ha sufrido, acierte a encontrar aquí una fuente de energías generosas y trascendentes.

    La Virgen nos enseña: el Señor desplegó el poder de su brazo. Así será también para nosotros.

lunes, 28 de abril de 2025

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 29 de Abril - «El mundo no lo ve y no lo conoce; pero vosotros lo conocéis, porque permanece en vosotros»


San Pablo VI Audiencia General (17-05-1972): Hacer sitio al Espíritu Extracto traducido del original en italiano


«El mundo no lo ve y no lo conoce; pero vosotros lo conocéis, 
porque permanece en vosotros» 

    «El Espíritu sopla donde quiere», dice Jesús en su conversación con Nicodemo (Jn 3,8). No podemos trazar pues, sobre el plan doctrinal y práctico, normas que conciernen exclusivamente a las intervenciones del Espíritu Santo en la vida de los hombres. Puede manifestarse bajo las formas más libres y más imprevistas: «jugaba con la bola de la tierra» (cf. Pr 8,31); la hagiografía nos narra tantas aventuras curiosas y estupendas sobre la santidad... Pero para los que quieren captar las ondas sobrenaturales del Espíritu Santo, hay una regla, una exigencia que se impone de modo ordinario: la vida interior. Dentro del alma es donde se encuentra con este huésped indecible: «dulce huésped del alma», dice el maravilloso himno litúrgico de Pentecostés. El hombre se hace «templo del Espíritu Santo», nos repite san Pablo (1Co 3,16; 6,19).

    El hombre de hoy, y también el cristiano muy a menudo, incluso los que están consagrados a Dios, tienden a secularizarse. Pero no podrá, jamás deberá olvidar esta exigencia fundamental de la vida interior si quiere que su vida sea cristiana y esté animada por el Espíritu Santo. Pentecostés ha sido precedido por una novena de recogimiento y de oración. El silencio interior es necesario para oír la palabra de Dios, para sentir su presencia, para oír la llamada de Dios.

    Hoy, nuestro espíritu está demasiado volcado hacia el exterior; no sabemos meditar, no sabemos orar; no sabemos acallar todo el ruido que hacen en nosotros los intereses exteriores, las imágenes, los humores. No hay en el corazón el espacio tranquilo y consagrado para recibir el fuego de Pentecostés. La conclusión es clara: hay que darle a la vida interior un sitio en el programa de nuestra ajetreada vida; un sitio privilegiado, silencioso y puro; debemos encontrarnos a nosotros mismos para que pueda vivir en nosotros el Espíritu vivificante y santificante, si no, ¿cómo vamos a escuchar el testimonio que el Espíritu da a nuestro espíritu? (Cfr. Jn 15, 26; Rom 8, 7).

domingo, 14 de mayo de 2023

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 15 de Mayo - “Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad, ... él dará testimonio sobre mí.”


        San Pablo VI papa 1963-1978 Exhortación apostólica « Evangelii nuntiandi », c.7, §75 

“Cuando venga el Paráclito, el Espíritu de la verdad, ... él dará testimonio sobre mí.”

    “Gracias al apoyo del Espíritu Santo, la Iglesia crece”. El es el alma de esta Iglesia. El es quien explica a los fieles el sentido profundo de las enseñanzas de Jesús y su misterio. El es quien, hoy igual que en los comienzos de la Iglesia, actúa en cada evangelizador que se deja poseer y conducir por El, y pone en los labios las palabras que por sí solo no podría hallar, predisponiendo también el alma del que escucha para hacerla abierta y acogedora de la Buena Nueva y del reino anunciado. 

    Las técnicas de evangelización son buenas, pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin El. Sin El, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin El, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor. 

    Nosotros vivimos en la Iglesia un momento privilegiado del Espíritu. Por todas partes se trata de conocerlo mejor, tal como lo revela la Escritura. Uno se siente feliz de estar bajo su moción. Se hace asamblea en torno a El. Quiere dejarse conducir por El. Ahora bien, si el Espíritu de Dios ocupa un puesto eminente en la vida de la Iglesia, actúa todavía mucho más en su misión evangelizadora. No es una casualidad que el gran comienzo de la evangelización tuviera lugar la mañana de Pentecostés, bajo el soplo del Espíritu. 

    Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización (…). Pero se puede decir igualmente que El es el término de la evangelización: solamente El suscita la nueva creación, la humanidad nueva a la que la evangelización debe conducir, mediante la unidad en la variedad que la misma evangelización querría provocar en la comunidad cristiana. A través de El, la evangelización penetra en los corazones, ya que El es quien hace discernir los signos de los tiempos —signos de Dios— que la evangelización descubre y valoriza en el interior de la historia.

domingo, 2 de mayo de 2021

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 03 de Mayo - «Os daré pastores»


        San Pablo VI papa 1963-1978 Mensaje para la Jornada de las vocaciones 1971 (trad. DC, t.68, p. 405)

«Os daré pastores» 

    Los apóstoles, fieles a la memoria de Jesús, se alegraban de la conversión de nuevos creyentes porque habían encontrado en Él, no solamente el Pastor de sus almas, sino más aún, el Jefe de los pastores. Cuando a Jesús le llegó la hora de volver al Padre y dejar este mundo, quiso escoger y llamar otros «pastores según su corazón» (Jr 3,15). Los escogió libremente con la finalidad de que continuaran su misma misión por el mundo entero, hasta el fin de los tiempos. Serán sus enviados, sus mensajeros, sus apóstoles. No serán pastores más que en su nombre, para el bien del rebaño y por la fuerza de su Espíritu, al cual deberán permanecer fieles. El primero de todos, Pedro, después de la triple profesión de amor a Jesús, es nombrado pastor de sus ovejas y de sus corderos (Jn 21,15). Después todos los apóstoles. Y después de ellos, todavía otros, y todos en el mismo Espíritu. Y todos y en todo tiempo, deberán conducir el rebaño del Señor que les ha sido confiado, no como dominadores, sino como modelos del rebaño (1P 5,3), con total desinterés y con todo el impulso de su corazón. Tan sólo así podrán un día recibir la recompensa merecida, cuando el Jefe de los pastores aparecerá nuevamente.

jueves, 11 de junio de 2020

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 12 de Junio - “Dios creó al hombre a su imagen…, los creó varón y mujer.”


        San Pablo VI papa 1963-1978 Discurso del 04/05/1970 a los Equipos de Nuestra Señora

“Dios creó al hombre a su imagen…, los creó varón y mujer.” 

    Como nos enseña la Santa Escritura, el matrimonio, antes de ser un Sacramento, es una gran realidad terrena: “Dios creó al hombre a su imagen, a la imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gén 1, 27). Es necesario siempre volver a esta primera página de la Biblia, si se quiere comprender lo que es, lo que debe ser una pareja humana, un hogar… La dualidad de sexos ha sido querida por Dios, para que juntos el hombre y la mujer sean imagen de Dios, y como Él, fuente de vida: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y dominadla” (Gén 1, 28). Una lectura atenta de los Profetas, de los libros sapienciales, del Nuevo Testamento, nos muestra la significación de esta realidad fundamental, y nos enseña a no reducirla al deseo físico..., sino a descubrir en ella el carácter complementario de los valores del hombre y de la mujer, la grandeza y las debilidades del amor conyugal, su fecundidad y su apertura al misterio del designio de amor de Dios. Esta enseñanza conserva hoy día todo su valor y nos defiende contra las tentaciones de un erotismo destructor… El cristiano sabe que el amor humano es bueno por su origen, y si ha sido, como todo lo que existe en el hombre, herido y deformado por el pecado, encuentra en Cristo su salvación y su redención… Muchas parejas han encontrado realmente en su vida conyugal el camino de la santidad, en esta comunidad de vida que es la única que puede fundarse sobre un sacramento. La regeneración bautismal obra del Espíritu Santo (cf. Tit 3, 5), nos convierte en criaturas nuevas (cf. Gal 6, 15), “llamadas a vivir una vida nueva” (Rom 6, 4). Esta gran empresa de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, también él, purificado y renovado, es una realidad nueva, un sacramento de la nueva alianza. Y he aquí que en los umbrales del Nuevo Testamento, como en el dintel del Antiguo, se yergue un matrimonio. Pero, mientras que el de Adán y Eva fue la fuente del mal que se ha desencadenado en el mundo, el de José y María es la cima de donde desciende la santidad por toda la tierra.