martes, 24 de marzo de 2026

-PROPÓSITO DEL DÍA- "Para que por la práctica de los consejos evangélicos y la vida de oración, podamos crecer en el amor a Dios y nuestros hermanos"



 

EVANGELIO - 25 de Marzo - San Lucas 1,26-38.


    Libro de Isaías 7,10-14.8,10b..

    Una vez más, el Señor habló a Ajaz en estos términos: «Pide para ti un signo de parte del Señor, en lo profundo del Abismo, o arriba, en las alturas».
    Pero Ajaz respondió: «No lo pediré ni tentaré al Señor.»
    Isaías dijo: «Escuchen, entonces, casa de David: ¿Acaso no les basta cansar a los hombres, que cansan también a mi Dios?.
    Por eso el Señor mismo les dará un signo. Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emmanuel.
   Hagan un proyecto: ¡fracasará! Digan una palabra: ¡no se realizará! Porque Dios está con nosotros.


Salmo 40(39),7-8a.8b-9.10.11.

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Tú no quisiste víctima ni oblación;
pero me diste un oído atento;
no pediste holocaustos ni sacrificios,
entonces dije: “Aquí estoy.

En el libro de la Ley está escrito
lo que tengo que hacer:
yo amo, Dios mío, tu voluntad,
y tu ley está en mi corazón».

Proclamé gozosamente tu justicia
en la gran asamblea;
no, no mantuve cerrados mis labios,
Tú lo sabes, Señor.

No escondí tu justicia dentro de mí,
proclamé tu fidelidad y tu salvación,
y no oculté a la gran asamblea
tu amor y tu fidelidad.


    Carta a los Hebreos 10,4-10.

    Hermanos: Es imposible que la sangre de toros y chivos quite los pecados.
    Por eso, Cristo, al entrar en el mundo, dijo: "Tú no has querido sacrificio ni oblación; en cambio, me has dado un cuerpo.
    No has mirado con agrado los holocaustos ni los sacrificios expiatorios.
    Entonces dije: Aquí estoy, yo vengo -como está escrito de mí en el libro de la Ley- para hacer, Dios, tu voluntad."
    El comienza diciendo: Tú no has querido ni has mirado con agrado los sacrificios, los holocaustos, ni los sacrificios expiatorios, a pesar de que están prescritos por la Ley.
    Y luego añade: Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad. Así declara abolido el primer régimen para establecer el segundo.
    Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre.


    Evangelio según San Lucas 1,26-38.

    El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
    El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: "¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo".
    Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
    Pero el Ángel le dijo: "No temas, María, porque Dios te ha favorecido.
    Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin".
    María dijo al Ángel: "¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?".
    El Ángel le respondió: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.
    También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios".
    María dijo entonces: "Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho". Y el Ángel se alejó.

    Palabra del Señor

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 25 de Marzo - “El Todopoderoso ha hecho obras grandes por mí”


Santa Catalina de Siena (1347-1380) terciaria dominica, doctora de la Iglesia, copatrona de Europa Oración del 25 de marzo 1379


“El Todopoderoso ha hecho obras grandes por mí” 
    
    María, templo de la Trinidad, hogar de fuego divino, madre de misericordia..., tú eres el tallo nuevo (Is 11,1) que ha producido la flor que perfuma al mundo, el Verbo, el Hijo único de Dios. En ti, tierra fecunda, fue depositado el germen de este Verbo. (Mt 13,3ss) Tú has escondido el fuego en las cenizas de nuestra humanidad. Vaso de humildad donde arde la luz de la sabiduría verdadera..., por el fuego de tu amor, por la llama de tu humildad, has atraído hacia ti y hacia nosotros al Padre eterno...

    Gracias a esta luz, o María, nunca te has parecido a las vírgenes insensatas (Mt 25,1ss) sino que rebosas de virtud y de prudencia. Por esto has querido saber cómo se podía realizar lo que el ángel te anunciaba. Tú sabías que “para Dios todo es posible”. No tenías duda alguna. ¿Por qué, entonces, tú dices: -no conozco ningún hombre-? 

    No te faltaba la fe. Era la humildad profunda que te hacía decir esto. No dudabas del poder de Dios, te considerabas como indigna de tan gran prodigio. Si fuiste turbada por la palabra del ángel, no era por temor. Mirándolo a la misma luz de Dios, me parece que era más bien por admiración. Y qué admirabas, pues, o María, sino la inmensidad de la bondad de Dios. Mirándote a ti misma, te juzgabas indigna de esta gracia y quedabas turbada. Tu pregunta es la prueba de tu humildad. No eras presa del temor sino de admiración ante la inmensa bondad.

SOLEMNIDAD DE LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR

25 de Marzo


    Esta gran fiesta tomó su nombre de la buena nueva anunciada por el arcángel Gabriel a la Santísima Virgen María, referente a la Encarnación del Hijo de Dios. Era el propósito divino dar al mundo un Salvador, al pecador una víctima de propiciación, al virtuoso un modelo, a esta doncella -que debía permanecer virgen- un Hijo y al Hijo de Dios una nueva naturaleza humana capaz de sufrir el dolor y la muerte, afín de que El pudiera satisfacer la justicia de Dios por nuestras transgresiones.

    El mundo no iba a tener un Salvador hasta que Ella hubiese dado su consentimiento a la propuesta del ángel. Lo dio y he aquí el poder y la eficacia de su Fíat. En ese momento, el misterio de amor y misericordia prometido al género humano miles de años atrás, predicho por tantos profetas, deseado por tantos santos, se realizó sobre la tierra. En ese instante el alma de Jesucristo producida de la nada empezó a gozar de Dios y a conocer todas las cosas, pasadas, presentes y futuras; en ese momento Dios comenzó a tener un adorador infinito y el mundo un mediador omnipotente y, para la realización de este gran misterio, solamente María es acogida para cooperar con su libre consentimiento.

Oremos

    Señor Dios nuestro, que quisiste que tu Verbo se hiciera hombre en el seno de la Virgen María, concede a quienes proclamamos que nuestro Redentor es realmente Dios y hombre que lleguemos a ser partícipes de su naturaleza divina. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

SANTORAL - SAN DIMAS, EL BUEN LADRÓN

 25 de Marzo


    Sólo poseemos noticias ciertas acerca de su muerte y de su solemne  canonización -por parte del mismo Jesucristo-, no repetida en la  historia de la Santidad. En Marcos 15, 27s. y Lucas 23, 39-43 podemos  leer: "Y con Él crucificaron dos ladrones, uno a la derecha y  otro a la izquierda de Él. Y fue cumplida la Escritura que dice: Y fue  contado entre los inicuos. Uno de los malhechores le insultaba diciendo: ¿No eres Tú el Mesías?  Sálvate a Ti mismo y a nosotros. Mas el otro, respondiendo, le reconvenía diciendo: ¿Ni siquiera temes tú  a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros, la verdad, lo estamos  justamente, pues recibimos el justo pago de lo que hicimos; mas Éste  nada ha hecho; y decía a Jesús Acuérdate de mí cuando vinieres en la  gloria de tu realeza. Díjole: En verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el Paraíso".

    Como hemos indicado al principio, nada más sabemos de San Dimas con  certeza histórica, pues son unas actas, aunque muy antiguas, apócrifas  las que iniciaron la leyenda sobre el mismo, que todos hemos oído  relatar alguna vez.

    La Sagrada Familia, según nos narra la Biblia, se vio obligada a huir a  Egipto, debido al peligro que corría la vida de Jesús, por la  persecución de los niños menores de dos años que Herodes el Grande había  decretado. En cierta ocasión en que los soldados del rey -y empieza aquí la  narración apócrifa- estaban sobre la pista de la Familia Santa, y cuando  ya les andaban muy cerca, José y María encontraron una casa en la que  fácilmente se podrían esconder, si les dejaban entrar.

    Esta casa era la que habitaba Dimas con los suyos. José les pide que  los escondan, pues los soldados del rey con sus caballos, mucho más  veloces que el sencillo borrico que montan, ya casi les dan alcance.  Pero los habitantes de aquella casa se niegan a ello. En este momento sale el joven Dimas, que seguramente por su carácter y  decisión gozaba entre sus camaradas de gran autoridad, y dispone que se  queden y les esconde en un lugar tan oculto que la policía romana no  consigue descubrirlos, ni puede detenerlos. Jesús promete a Dimas,  agradecido, que su acto no quedará sin recompensa, y le anuncia que  volverán a verse en otra ocasión y aún en peores condiciones, y entonces  será Él, Cristo, quien ayudará a su benigno protector.

    De este modo terminan su narración las actas apócrifas. Explicación  suficiente, sin embargo, para observar en ella una diferencia total  entre las leyendas atribuidas a Jesús, y la sobriedad evangélica, aun en  los momentos más sublimes en que para confirmar su doctrina, Jesucristo  obra algunos de sus milagros. Por esta razón nos ceñiremos a  continuación al relato evangélico, Palabra Viva, que nos conduce a  importantes enseñanzas. ¿A qué fue debida la conversión de Dimas, un ladrón, un malhechor,  que seguramente en toda su vida no había visto a Jesús, aunque hubiera  oído hablar de Él, como de alguien grande, misteriosamente poderoso y  enigmático para muchos?

    Porque en la cruz, Dimas se nos presenta ya convertido, como creyente  en la divinidad de Cristo: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el  mismo suplicio?». Un autor moderno atribuye la conversión de Dimas a la mirada de  Jesucristo, la mirada clara de Cristo; en su cara abofeteada, escupida y  demacrada, la mirada que había obrado tantos prodigios y que convertía  al que se adentraba en ella con corazón limpio, en seguidor y discípulo...

    Y el corazón de Dimas debía ser limpio, a pesar de todos sus delitos.  Inclinado al robo quizá por circunstancias externas, circunstancias tal  vez de tipo social, había sabido conservar, empero, cierto cariño a los  que le rodeaban, y un respeto sincero a sus padres y a las vidas de los  demás.

    Y Dios, por la Sangre de su Hijo que estaba a punto de derramarse, le  premiaba lo bueno que había hecho y le perdonaba lo malo. Y en su Amor  insondable -Dios es Amor- le había concedido las gracias suficientes y  necesarias para aquel acto profundo de fe. Y a continuación el gran acto de sometimiento a la Voluntad de Dios y  a la justicia de los hombres: «Nosotros, la verdad, lo estamos  justamente, pues recibimos el justo pago de lo que hicimos»; y después,  en aquellos momentos solemnes, alrededor de los cuales gira toda la  Historia, quiera el hombre reconocerlo o no, la petición confiada,  anhelante a su Dios, que por él, con él y también por nosotros moría en  una cruz: «Acuérdate de mí, cuando vinieres en la gloria de tu realeza». Y de labios del mismo Cristo oye Dimas las palabras santificadoras:  «En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

    He aquí un Santo original: hasta poco antes de morir, un ladrón, un  malhechor, de familia seguramente innoble, sin ningún milagro en su  haber, que puede ser, para nosotros, un magnífico tema de profunda  meditación.

    En la Iglesia Ortodoxa Rusa, tanto las cruces como los crucifijos se  representan con tres barras horizontales, la más alta es el titulus crucis (la inscripción que Poncio Pilatos mandó poner sobre la  cabeza de Cristo en latín, griego y hebreo: "Jesús de Nazaret, Rey de  los Judíos"), la segunda más larga representa el madero sobre el que  fueron clavados las manos de Jesús y la más baja, oblicua, señala hacia  arriba al Buen Ladrón y hacia abajo al Mal Ladrón.


Oremos

    Oh bienaventurado ladrón, que recibiste la gracia de compartir los sufrimientos de mi Salvador. Junto a Jesús clavado en su cruz estabas tú, donde hubiera querido estar yo: pecador arrepentido, y compasivo. Tu cabeza inclinada hacia el divino crucificado es también la imagen de la mía. La mayoría de los hombres han amado a Cristo en sus milagros y en su gloria. Pero tú le has amado en su abandono, en sus dolores, en su agonía. Obtenme a mí, que también soy ladrón, que a la hora de mi muerte reciba piedad, y ternura, y que los últimos latidos de mi pobre corazón sean como el tuyo, en unión de amor con el de Cristo Jesús muriendo por nosotros. Amén.

-FRASE DEL DÍA-