jueves, 4 de febrero de 2021

EVANGELIO - 05 de Febrero - San Marcos 6,14-29.


       Carta a los Hebreos 13,1-9a.

    Perseveren en el amor fraternal. No se olviden de practicar la hospitalidad, ya que gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron a los ángeles.
    Acuérdense de los que están presos, como si ustedes lo estuvieran con ellos, y de los que son maltratados, como si ustedes estuvieran en su mismo cuerpo.
    Respeten el matrimonio y no deshonren el lecho conyugal, porque Dios condenará a los lujuriosos y a los adúlteros.
    No se dejen llevar de la avaricia, y conténtense con lo que tienen, porque el mismo Dios ha dicho: No te dejaré ni te abandonaré.
    De manera que podemos decir con plena confianza: El Señor es mi protector: no temeré. ¿Qué podrán hacerme los hombres?
    Acuérdense de quienes los dirigían, porque ellos les anunciaron la Palabra de Dios: consideren cómo terminó su vida e imiten su fe.
    Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre.
    No se dejen extraviar por cualquier clase de doctrinas extrañas. Lo mejor es fortalecer el corazón con la gracia, no con alimentos que de nada aprovechan a quienes los comen.


Salmo 27(26),1.3.5.8c-9abc.

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es el baluarte de mi vida,
¿ante quién temblaré?

Aunque acampe contra mí un ejército,
mi corazón no temerá;
aunque estalle una guerra contra mí,
no perderé la confianza.

Sí, él me cobijará en su Tienda de campaña
en el momento del peligro;
me ocultará al amparo de su Carpa
y me afirmará sobre una roca.

Yo busco tu rostro, Señor,
no lo apartes de mí.
No alejes con ira a tu servidor,
tú, que eres mi ayuda.


    Evangelio según San Marcos 6,14-29.


    El rey Herodes oyó hablar de Jesús, porque su fama se había extendido por todas partes. Algunos decían: "Juan el Bautista ha resucitado, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos: Otros afirmaban: "Es Elías". Y otros: "Es un profeta como los antiguos".
    Pero Herodes, al oír todo esto, decía: "Este hombre es Juan, a quien yo mandé decapitar y que ha resucitado".
    Herodes, en efecto, había hecho arrestar y encarcelar a Juan a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, con la que se había casado.
    Porque Juan decía a Herodes: "No te es lícito tener a la mujer de tu hermano".
    Herodías odiaba a Juan e intentaba matarlo, pero no podía, porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía. Cuando lo oía quedaba perplejo, pero lo escuchaba con gusto.
    Un día se presentó la ocasión favorable. Herodes festejaba su cumpleaños, ofreciendo un banquete a sus dignatarios, a sus oficiales y a los notables de Galilea.
    La hija de Herodías salió a bailar, y agradó tanto a Herodes y a sus convidados, que el rey dijo a la joven: "Pídeme lo que quieras y te lo daré".
    Y le aseguró bajo juramento: "Te daré cualquier cosa que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino".
    Ella fue a preguntar a su madre: "¿Qué debo pedirle?". "La cabeza de Juan el Bautista", respondió esta.
    La joven volvió rápidamente adonde estaba el rey y le hizo este pedido: "Quiero que me traigas ahora mismo, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista".
    El rey se entristeció mucho, pero a causa de su juramento, y por los convidados, no quiso contrariarla.
    En seguida mandó a un guardia que trajera la cabeza de Juan.
    El guardia fue a la cárcel y le cortó la cabeza. Después la trajo sobre una bandeja, la entregó a la joven y esta se la dio a su madre.
    Cuando los discípulos de Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.

    Palabra del Señor

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 05 de Febrero - «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»


        Beato Guerrico de Igny, abad Homilía: Sermón para Todos los Santos: PL 85, 205.

«Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»

    “Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos”. El Nuevo Testamento, al principio, es totalmente gozoso y lleno de la nueva gracia; e incluso un poco provoca al no creyente o al perezoso a que escuche, y quizás más todavía, a actuar, prometiendo la felicidad al desdichado y el Reino de los cielos al exiliado, a los que viven en la desgracia. El principio de la Nueva Ley es agradable de escuchar y comienza bajo felices auspicios ya que, desde el principio, el legislador pronuncia tantas palabras llenas de felicidad. Así los que se sienten atraídos por ellas caminarán de virtud en virtud subiendo los ocho peldaños que el Evangelio ha construido y puesto en su lugar en nuestro corazón… Porque se trata, claro está, de la subida que deben hacer los corazones y del progreso de los méritos a través de ocho grados de virtud, que gradualmente conducen al hombre desde lo más bajo hasta los niveles más altos de perfección evangélica. De tal manera que entrará al fin a ver al Dios de los dioses en Sión (Sl 83,3), en su templo, del cual el profeta dice: “Se subía a él por ocho peldaños” (Ez 40, 37).

    La primera virtud de los principiantes es la renuncia al mundo a través de la cual llegamos a ser pobres de corazón; la segunda es la mansedumbre, por la cual nos sometemos a la obediencia y nos acostumbramos a ella; después el dolor con el cual lloramos nuestros pecados, o bien en medio del llanto, pedimos las virtudes. Las gustamos, ciertamente, allí donde más sentíamos hambre y sed de justicia, tanto para nosotros como para los demás, y comenzamos a sentir celo por los pecadores. Ahora bien para que un ardor inmoderado no se convierta en falta, debe venir acompañado de misericordia que temperará el ardor. Aplicándose y ejercitándose en esta virtud, cuando habrá aprendido a ser justo y misericordioso, quizás será capaz de entrar en la contemplación y dedicarse a purificar su corazón con el fin de ver a Dios.

SANTORAL - SANTA ÁGUEDA DE CATANIA

 05 de Febrero


    Águeda significa "la buena", "la virtuosa". Un himno latino sumamente antiguo canta así: "Oh Águeda: tu corazón era tan fuerte que logró aguantar que el pecho fuera destrozado a machetazos y tu intercesión es tan poderosa, que los que te invocan cuando huyen al estallar el volcán Etna, se logran librar del fuego y de la lava ardiente, y los que te rezan, logran apagar el fuego de la concupiscencia.". Águeda nació en Catania, Sicilia, al sur de Italia, hacia el año 230.

    Como Santa Inés, Santa Cecilia y Santa Lucía, decidió conservarse siempre pura y virgen, por amor a Dios. En tiempos de la persecución del tirano emperador Decio, el gobernador Quinciano se propone enamorar a Águeda, pero ella le declara que se ha consagrado a Cristo.

    Para hacerle perder la fe y la pureza el gobernador la hace llevar a una casa de mujeres de mala vida y estarse allá un mes, pero nada ni nadie logra hacerla quebrantar el juramento de virginidad y de pureza que le ha hecho a Dios. Allí, en esta peligrosa situación, Águeda repetía las palabras del Salmo 16: "Señor Dios: defiéndeme como a las pupilas de tus ojos. A la sombra de tus alas escóndeme de los malvados que me atacan, de los enemigos mortales que asaltan.

    El gobernador le manda destrozar el pecho a machetazos y azotarla cruelmente. Pero esa noche se le aparece el apóstol San Pedro y la anima a sufrir por Cristo y la cura de sus heridas.

    Al encontrarla curada al día siguiente, el tirano le pregunta: ¿Quién te ha curado? Ella responde: "He sido curada por el poder de Jesucristo". El malvado le grita: ¿Cómo te atreves a nombrar a Cristo, si eso está prohibido? Y la joven le responde: "Yo no puedo dejar de hablar de Aquél a quien más fuertemente amo en mi corazón".

    Entonces el perseguidor la mandó echar sobre llamas y brasas ardientes, y ella mientras se quemaba iba diciendo en su oración: "Oh Señor, Creador mío: gracias porque desde la cuna me has protegido siempre. Gracias porque me has apartado del amor a lo mundano y de lo que es malo y dañoso. Gracias por la paciencia que me has concedido para sufrir. Recibe ahora en tus brazos mi alma". Y diciendo esto expiró. Era el 5 de febrero del año 251.

    Desde los antiguos siglos los cristianos le han tenido una gran devoción a Santa Águeda y muchísimos y muchísimas le han rezado con fe para obtener que ella les consiga el don de lograr dominar el fuego de la propia concupiscencia o inclinación a la sensualidad.

Oremos

    Santa Águeda victoriosa, que después de los más duros martirios, y antes de entregar tu alma, fuiste confortada por Dios misericordioso, mediante la visión de san Pedro que te consoló, intercede por nosotros ante el Padre Todopoderoso para que nos tome bajo su cuidado y amparo, y nos otorgue la salud del cuerpo, la mente y el alma, para que con su infinita bondad y clemencia nos ayude en estos momentos difíciles por Jesucristo nuestro único Señor, a quien sea la alabanza y la gloria y la acción de gracias por todos los tiempos. Amén.