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martes, 1 de septiembre de 2026

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 02 Septiembre - “El sale y se retira a un lugar desierto”


Guillermo de San Teodorico (c. 1085-1148) monje benedictino y después cisterciense Oraciones meditativas


“El sale y se retira a un lugar desierto”
    
    Oh tú, que eres mi refugio y mi fuerza, condúceme, como hiciste antiguamente con tu siervo Moisés, al corazón de tu desierto, a la llama que arde sin consumirse (cf. Ex 3), allí donde el alma, invadida por el fuego del Espíritu, se vuelve ardiente, sin consumirse, se purifica.

    Allí no se puede residir y no se avanza más hasta tener desatados los vínculos de las trabas carnales, allí el que está, sin duda no se deja ver tal cual es, pero sin embargo se le entiende decir: “¡Yo soy el que soy!”Allí él hace bien al cubrirse el rostro para no mirar al Señor cara a cara (2R 19, 23), pero debe ejercer de sacerdote y escuchar, en la humildad de la obediencia, para distinguir lo que dice Dios al interior del corazón.

    Mientras tanto, Señor, escóndeme en lo escondido de tu morada (Ps 27,5) durante el día adverso; escóndeme en lo escondido de tu rostro, lejos de las intrigas de las lenguas (Ps 31,2); pues tu yugo es suave y ligera tu carga(Mt 11,30), tú me las has impuesto. Y cuando tu me hagas sentir la distancia de  tu servicio con el  del siglo, con una voz tierna y dulce me pedirás sí es más agradable servirte a ti el Dios vivo, que a los dioses extranjeros. Entonces, yo adoro esta mano que pesa sobre mí  te digo: “¡Ellos, los otros maestros, me han dominado, más que tú bastante tiempo! ¡Yo quiero pertenecerte a ti sólo, pues tu brazo me sostiene!

domingo, 13 de abril de 2025

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 14 de Abril - «La casa se llenó de la fragancia del perfume»


Guillermo de San Teodorico (c. 1085-1148) monje benedictino y después cisterciense Oraciones meditativas, nº 5


«La casa se llenó de la fragancia del perfume»
     
    Desde mi infancia que no he dejado de pecar, y tú no has dejado de hacerme el bien... A pesar de ello, Señor, que tu juicio sea movido tan sólo por la misericordia. El pecado te da ocasión para condenar el pecado...
¡Quieras encontrar mi corazón digno del fuego de tu perfecto amor, que su intenso calor haga salir de mí y consuma todo el veneno del pecado! Que ponga al desnudo toda la infección de mi conciencia y ésa se ahogue con las lágrimas de mis ojos. Que tu cruz crucifique toda la concupiscencia de la carne, de los ojos y el orgullo de la vida, que han consentido gracias a mi larga negligencia.  

     Señor, quienquiera podrá muy bien escucharme y burlarse de mi confesión: que me mire yaciendo, con tu pecadora, a los pies de tu misericordia, regándolos con las lágrimas de mi corazón, derramando sobre ellos el perfume de una tierna devoción (Lc 7,38). Que todos mis recursos, por pobres que sean, de cuerpo o alma, sean empleados para comprar este perfume que te complace. Lo derramaré sobre tu cabeza, sobre ti cuya cabeza es Dios; y sobre tus pies, sobre ti cuya franja es nuestra naturaleza enferma. Si el fariseo murmura, ¡tú, Dios mío, ten piedad de mí! Aunque el ladrón que conserva los cordones de la bolsa rechine de dientes, no temo en absoluto disgustar a quien sea con tal que yo te complazca.

     ¡Oh amor de mi corazón, que cada día, hasta sin parar, te derrame este perfume, porque derramándolo sobre ti, también lo derramo sobre mí mismo... Dame saber darte lealmente el don de todo lo que tengo, de todo lo que sé, de todo lo que soy, de todo lo que puedo! ¡Que no me reserve nada! Estoy ahí, a los pies de tu misericordia; es ahí que estaré siempre, que lloraré hasta que me hagas oír tu suave voz, el juicio de tu boca, la sentencia de tu justicia y de la mía: «Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor» (Lc 7,47).

martes, 6 de agosto de 2024

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 07 de Agosto - «Ten piedad de mí, Señor, Hijo de Dios»


      Guillermo de San Teodorico, monje Oración: !Ábreme, Señor¡ Oraciones meditativas, nº 2.



«Ten piedad de mí, Señor, Hijo de Dios» 

    A veces, Señor, te siento pasar, pero no te detienes para mí, pasas de largo, y yo te grito como la Cananea. ¿Me atreveré todavía a acercarme a ti? Seguro que sí, los perritos echados fuera de la casa de su amo siempre vuelven a ella, y cuidando guardar la casa, reciben cada día su ración de pan. Echado, aquí estoy todavía; frente a la puerta, te llamo; maltrecho, suplico. Así como los perritos no pueden vivir lejos de los hombres, ¡de la misma manera mi alma no puede vivir lejos de mi Dios!

    Ábreme, Señor. Haz que llegue hasta ti para ser inundado por tu luz. Tú, que habitas en los cielos, te has escondido en las tinieblas, en la oscura nube. Como lo dice el profeta: «Te has arropado en una nube para que no pasara la oración» (Lm 3,44). Me corrompo en la tierra, el corazón como en un lodazal… Tus estrellas no brillan para mí, el sol se ha oscurecido, la luna ya no emite su luz. Oigo cantar tus hazañas en lo salmos, los himnos y los cánticos espirituales; en el Evangelio, tus palabras y tus gestos resplandecen como la luz; los ejemplos de tus siervos…, las amenazas y las promesas de tus Escrituras de verdad se imponen a mis ojos y vienen a golpear la sordera de mis orejas. Pero mi espíritu se ha endurecido; he aprendido a dormir de cara al resplandor del sol; me he acostumbrado a no ver ya lo que se me pone delante así…

    ¿Hasta cuándo, Señor, cuánto tardarás en romper tus cielos, en descender para venir a socorrer mi torpeza? (sl 12,1; Is 64,1). Que yo no se ya más lo que soy…, que me convierta y que, por lo menos, venga al atardecer como un perrito hambriento. Recorro tu ciudad; en parte aún peregrina sobre la tierra, aunque la mayoría de sus habitantes han encontrado ya su gozo en el cielo. ¿Encontraré también yo allí mi morada?

martes, 19 de mayo de 2020

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 20 de Mayo - «El Espíritu de la Verdad os guiará hasta la verdad plena»


       Guillermo de San Teodorico (c. 1085-1148) monje benedictino y después cisterciense El Espejo de la fe

«El Espíritu de la Verdad os guiará hasta la verdad plena»

    «¿Quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios» (1 C 2,11). Apresúrate, pues, a participar del Espíritu Santo: cuando se le invoca, ya está presente; es más, si no hubiera estado presente no se le habría podido invocar. Cuando se le llama, viene, y llega con la abundancia de las bendiciones divinas. Él es aquella impetuosa corriente que alegra la ciudad de Dios (sl 45, 5). Si al venir te encuentra humilde, sin inquietud, lleno de temor ante la palabra divina, se posará sobre ti y te revelará lo que Dios esconde a los sabios y entendidos de este mundo (Mt 11,25). Y, poco a poco, se irán esclareciendo ante tus ojos todos aquellos misterios que la Sabiduría reveló a sus discípulos cuando convivía con ellos en el mundo, pero que ellos no pudieron comprender antes de la venida del Espíritu de verdad, que debía llevarlos hasta la verdad plena... Así como aquellos que quieren adorarle deben hacerlo en espíritu y verdad, del mismo modo los que desean conocerlo deben buscar en el Espíritu Santo la inteligencia de la fe... En medio de las tinieblas de las ignorancias de esta vida, el Espíritu Santo es, para los pobres de Espíritu (Mt 5,3), luz que ilumina, caridad que atrae, dulzura que seduce, amor que ama, camino que conduce a Dios, devoción que se entrega, piedad intensa. El Espíritu Santo, al hacernos crecer en la fe, revela a los creyentes la justicia de Dios, da gracia tras gracia (Jn 1,16) y, por la fe que nace del mensaje, hace que los hombres alcancen la plena iluminación.

sábado, 24 de octubre de 2015