miércoles, 4 de marzo de 2020

CARTA ENCÍCLICA FIDES ET RATIO DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II SOBRE LAS RELACIONES ENTRE FE Y RAZÓN



CAPÍTULO VI
INTERACCIÓN ENTRE TEOLOGÍA Y FILOSOFÍA




La ciencia de la fe y las exigencias de la razón filosófica

69. Se puede tal vez objetar que en la situación actual el teólogo debería acudir, más que a la filosofía, a la ayuda de otras formas del saber humano, como la historia y sobre todo las ciencias, cuyos recientes y extraordinarios progresos son admirados por todos. Algunos sostienen, en sintonía con la difundida sensibilidad sobre la relación entre fe y culturas, que la teología debería dirigirse preferentemente a las sabidurías tradicionales, más que a una filosofía de origen griego y de carácter eurocéntrico. Otros, partiendo de una concepción errónea del pluralismo de las culturas, niegan simplemente el valor universal del patrimonio filosófico asumido por la Iglesia.

Estas observaciones, presentes ya en las enseñanzas conciliares,92 tienen una parte de verdad. La referencia a las ciencias, útil en muchos casos porque permite un conocimiento más completo del objeto de estudio, no debe sin embargo hacer olvidar la necesaria mediación de una reflexión típicamente filosófica, crítica y dirigida a lo universal, exigida además por un intercambio fecundo entre las culturas. Debo subrayar que no hay que limitarse al caso individual y concreto, olvidando la tarea primaria de manifestar el carácter universal del contenido de fe. Además, no hay que olvidar que la aportación peculiar del pensamiento filosófico permite discernir, tanto en las diversas concepciones de la vida como en las culturas, « no lo que piensan los hombres, sino cuál es la verdad objetiva ».93 Sólo la verdad, y no las diferentes opiniones humanas, puede servir de ayuda a la teología.


92 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 15; Decr. Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, 22.

93 S. Tomás de Aquino, De Caelo, 1, 22.

PENSAMIENTO DE LOS SANTOS



    ¡Glorioso San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y especial abogado y protector mío!. Ya que tan elevado estáis en el Cielo por haber hecho vuestras obras a mayor honra y gloria de Dios, combatiendo a los enemigos de la Iglesia, defendiendo nuestra santa fe, dilatándola por medio de vuestros hijos por todo el mundo, alcánzame de la divina piedad, por los méritos infinitos de Jesucristo, e intercesión de su gloriosa Madre, entero perdón de mis culpas, auxilio eficaz para amar a Dios y servirle con todo empeño en adelante, firmeza y constancia en el camino de la virtud, y la dicha de morir en su amistad y gracia, para verle, amarle, gozarle y glorificarle en vuestra compañía por todos los siglos. Amén.

EVANGELIO - 05 de Marzo - San Mateo 7,7-12


    Evangelio según San Mateo 7,7-12.

    Jesús dijo a sus discípulos: Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.
    Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.
    ¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra?
¿O si le pide un pez, le da una serpiente?
    Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!
    Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.

    Palabra del Señor

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 05 de Marzo - “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá”


       Santo Tomás de Aquino, Compendio teológico, 2,1

“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” 

    Cuando la petición se dirige a un hombre, se debe primero expresar el deseo y la necesidad por la que ruega. Tiene por objeto también doblegar el corazón al que se pide, hasta hacerlo ceder. Más, estas dos cosas no tienen razón de ser cuando la
oración se dirige a Dios. Cuando oramos no tenemos que inquietarnos por expresar a Dios nuestros deseos o nuestras necesidades, ya que Dios lo sabe todo (Mt 6,8)… No obstante, la oración nos es necesaria para obtener la gracia de Dios; El caso es que ejerce una influencia sobre el que ruega, con el fin de que considere sus propias pobrezas e incline su alma a desear con fervor y espíritu filial lo que espera obtener por la oración. Se hace, por esto, capaz de recibirlo…

    La oración nos hace cercanos a Dios ya que nuestras almas se elevan hacia él, conversan afectuosamente con él y lo adoran en espíritu y en verdad (Jn 4,23) Esta intimidad adquirida en la oración incita al hombre a la oración confiada. Por esto está escrito en los salmos: “Yo te invoco, oh Dios, porque tú me respondes.” (Sal 16,6) El salmista es acogido por Dios al inicio de la oración, luego ora con una confianza mayor. Así que en nuestra oración a Dios, la frecuencia o la insistencia no están fuera de lugar, antes bien son agradables a Dios; porque hay “necesidad de orar siempre sin desanimarse.” (Lc 18,1) y en otro lugar, el Señor nos invita “pedid y recibiréis; buscad y encontraréis, llamad, y os abrirán.” (Lc 11,9)

SANTORAL - SANTOS ADRIAN Y NATALIA



    San Adrián. Este último era un centurión romano, de la milicia imperial, en la época del emperador Maximiano, a finales del siglo III. En una ocasión, mientras custodiaba a 33 cautivos cristianos condenados al martirio, estos lo convirtieron a su fe cuando él les preguntó qué recompensa esperaban obtener por el castigo que estaban a punto de sufrir. "La gloria de Dios", fue la convincente respuesta.

    Adrián los dejó libres y, desde luego, fue apresado por órden del propio emperador. Lo torturaron para que confesara dónde estaban los prisioneros, pero Adrián resistió. Ante su negativa, hicieron traer a su esposa, Natalia, para que presenciara el suplicio. Ella, que era cristiana en secreto desde hacía algún tiempo, en lugar de presionarlo para que confesara, le dio ánimos para resistir, para que no pensara el mundo terrenal, sino en la gloria divina.

    Los torturadores, entonces, cortaron las manos del centurión, que murió desangrado. Su esposa escondió una de sus manos entre la ropa y huyó, al poco tiempo, junto a otros cristianos en un barco, llevando sólo la mano de su esposo. Pero en mitad de la travesía, una terrible tormenta dejó la nave a la deriva.

    Entonces la mano de Adrián tomó el timón y llevó a los fugitivos a un sitio seguro. Luego, Natalia llevó la mano al lugar donde estaba enterrado el mártir, la puso junto al cuerpo y murió abrazada al esposo.

Oremos

    Dios todopoderoso y eterno, que diste a los santos mártires Adriano y Nataliala valentía de aceptar la muerte por el nombre de Cristo: concede también tu fuerza a nuestra debilidad para que, a ejemplo de aquellos que no dudaron en morir por tí, nosotros sepamos también ser fuertes, confesando tu nombre con nuestras vidas. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

EL CANON DE LA ESCRITURAS

ANTIGUO TESTAMENTO


    El libro de Samuel se llama así por uno de sus personajes decisivos, no porque sea él el autor. Está artificialmente divido en dos partes, que se suelen llamar primer libro y segundo libro, aunque en realidad constituyen la primera y segunda parte de una misma obra.

Tema del libro

    El tema central es el advenimiento de la monarquía bajo la guía de Samuel como juez y profeta. Samuel actúa como juez con residencia fija e itinerante. Aunque prolonga la serie de jueces precedentes como Débora, Gedeón, Jefté y Sansón, Samuel recibe una vocación nueva: ser mediador de la Palabra de Dios, ser un profeta. Al autor le interesa mucho el detalle y proyecta esa vocación a la adolescencia de su personaje. En virtud de dicha vocación, el muchacho se enfrenta con el sacerdote del santuario central; más tarde introduce un cambio radical: unge al primer rey, lo condena, unge al segundo, se retira, desaparece, y hasta se asoma por un momento desde la tumba. Cuando muere, toman su relevo Gad y Natán.
    En otras palabras, el autor que escribe en tiempos de Josías, uno de los reyes buenos, o el que escribe durante el destierro, nos hace saber que la monarquía está sometida a la palabra profética.

Marco histórico 

    Con razonable probabilidad podemos situar los relatos en los siglos XI y X a.C. Hacia el año 1030 Saúl es ungido rey, David comenzaría su reinado en Hebrón hacia el 1010 y Salomón en el 971. Los grandes imperios atraviesan momentos de cambios y crisis internas y durante este largo compás de silencio pueden actuar como solistas sobre el suelo de Palestina dos pueblos relativamente recientes en dicho lugar: filisteos e israelitas.

Maestría narrativa 

    Si lo referente a la historicidad es hipotético, lo que es indudable e indiscutible es la maestría narrativa de esta obra. Aquí alcanza la prosa hebrea una cumbre clásica. Aquí el arte de contar se muestra inagotable en los argumentos, intuidor de lo esencial, creador de escenas impresionantes e inolvidables, capaz de decir mucho en poco espacio y de sugerir más.
    El autor o autores sabían contar y gozaban contando; no menos gozaron los antiguos oyentes y lectores; del mismo deleite debemos participar en la lectura del libro, recreándolo en la contemplación gozosa de unos relatos magistrales.

Samuel 

    En su elogio de los antepasados, Ben Sirá –o Eclesiástico–, traza así el perfil de Samuel: «Amado del pueblo y favorito de su Creador, pedido desde el vientre materno, consagrado como profeta del Señor, Samuel juez y sacerdote» (46,13). Sacerdote porque ofrecía sacrificios. Juez de tipo institucional, porque resuelve pleitos y casos, no empuña la espada ni el bastón de mando. Cuando su judicatura intenta convertirse en asunto familiar por medio de la sucesión de sus hijos, fracasa. Profeta, por recibir y trasmitir la Palabra de Dios. Hch 13,20s lo llama profeta; Heb 11,32 lo coloca en su lista entre los jueces y David.
Un monte en las cercanías de Jerusalén perpetúa su nombre: «Nebi Samwil». ¿Y no es Samuel como una montaña? Descollante, cercano al cielo y bien plantado en tierra, solitario, invitador de tormentas, recogiendo la primera luz de un nuevo sol y proyectando una ancha sombra sobre la historia.

La monarquía 

    Fue para los israelitas una experiencia ambivalente, con más peso en el platillo negativo de la balanza. En realidad pocos monarcas respondieron a su misión religiosa y política. Aunque es verdad que los hubo buenos: David, Josafat, Ezequías, Josías (cfr. Eclo 49a). Por otra parte, los salmos dan testimonio de una aceptación sincera y hasta de un entusiasmo hiperbólico por la monarquía. Antes de ser leídos en clave mesiánica los salmos reales expresaron la esperanza de justicia y de paz, como bendición canalizada por el Ungido.
    Pues bien, el autor proyecta la ambigüedad y las tensiones al mismo origen de la monarquía –remontarse a los orígenes para explicar el presente o la historia es hábito mental hebreo–. Explícita o implícitamente el libro nos hace presenciar o deducir las dos tendencias, en pro o en contra de la monarquía. Es un acto de honradez del autor el haber concedido la voz en sus páginas a los dos partidos.


Fuente: La BIBLIA de NUESTRO PUEBLO
Texto: LUIS ALONSO SCHÖKE

martes, 3 de marzo de 2020

SANTORAL - BEATO GIOVANNI ANTONIO FARINA

04 de Marzo


    Nació en Gambellara, Vicenza, Italia el 11 de enero de 1803. Un hermano de su padre era sacerdote y en él recayó la responsabilidad de su formación académica y espiritual, paliando el vacío existente en los pueblos pequeños faltos de escuelas, deficiencia que no le afectó porque tuvo la fortuna de hallar en su tío a un hombre de Dios que, además, estaba bien preparado. Ingresó en el seminario de Vicenza con 15 años y se convirtió en profesor del mismo cuando tenía 21 y aún era alumno de teología. Fue ordenado sacerdote en 1827 y prosiguió ejerciendo la docencia en el seminario, misión que ocupó dieciocho años de su vida. Durante una década fue capellán de la parroquia de san Pedro en Vicenza de la que se hizo cargo al ser ordenado. En esa época ya estaba en marcha la Pía obra de santa Dorotea dedicada a proporcionar educación y formación espiritual cristiana a las niñas de la localidad, cuya dirección le ofrecieron en 1827. Tres años más tarde fue invitado a implicarse también en la gerencia de la Escuela de Caridad, cuya existencia se debía a la generosidad del conde milanés Baldassare Porta, quien pensaba en las niñas que mendigaban por las calles y sufrían abandono.

    En 1831 Giovanni fusionó estas dos obras. A su competencia como profesional de la enseñanza, añadía prudencia, audacia y visión. Estaba al tanto de las últimas corrientes pedagógicas, simpatizando especialmente con las tesis de Lambruschini, de Pestalozzi y de Girard. Todo ello enriquecido por el influjo de Felipe Neri, Calasanz y La Salle dio como resultado una labor de indiscutible riqueza humana y espiritual. Efectuó un proyecto ambicioso y, a la par, sencillo, factible. Puso en marcha una escuela gratuita que tenía como objeto la educación de la mujer equiparando su formación a la que recibían los varones. La consideraba igualmente digna de recibir una enseñanza integral, y además, subrayaba su importante papel en el tejido familiar y social. El proyecto fue aprobado por las autoridades. Así nacía la primera escuela popular femenina. En 1836 se percató de que las educadoras no podían quedarse ancladas en el compromiso de una acción laboral remunerada, sino que debían ir más lejos. Y buscó «maestras de auténtica vocación, consagradas al Señor y dedicadas totalmente a la educación de las niñas pobres». En noviembre de ese año puso en marcha el Instituto de las «Hermanas Maestras de S. Dorotea, Hijas de los Sagrados Corazones» con tres maestras (religiosas) y con la directora y cofundadora, Redenta Olivieri.

    La tarea de las religiosas, que comenzó con las niñas necesitadas, se extendió después a las de clases pudientes, a ciegas y a sordomudas. Él quería que inculcaran «la formación de la mente y del corazón de las jóvenes, sembrando en ellas los primeros gérmenes del temor de Dios, y de las virtudes sociales». Fue para todas como un padre excepcional y entrañable amigo. A esta misión que compaginaba con su participación en distintas instituciones espirituales y culturales realizadas en la ciudad, añadiría luego la asistencia a enfermos y ancianos recluidos en hospitales, asilos y en sus propios domicilios, junto a la dirección de la Escuela Pública primaria y superior. En 1839 recibió el decreto de alabanza de Gregorio XVI. La primera «Casa Asilo» de Vicenza y el «Instituto de los Expuestos» en manos de las religiosas se convirtieron en centros de emblemática asistencia a los necesitados. Giovanni fue designado obispo de Treviso en 1851 desarrollando una acción pastoral en la que los pobres y enfermos recibían de forma preeminente su atención. Por ella se le denominó «el obispo de los pobres». Se dedicó a formar a los fieles, al clero y a los jóvenes. Tuvo que sortear muchos obstáculos incluidos los creados por miembros del cabildo catedralicio que vetaron incluso la celebración del Sínodo diocesano. La oposición conllevaba la paralización de muchos proyectos apostólicos que un espíritu como el suyo no cesaba de forjar. Sabía que «las obras de Dios están sujetas a contradicciones». Diez años de sufrimientos en esta misión no pudieron doblegar el noble corazón de un hombre que vivía completamente volcado en los demás. Hacía notar: «la verdadera ciencia consiste en la educación del corazón, es decir, en el práctico temor de Dios»; una sencilla y efectiva lección. El santo temor al que aludía era en su vida un instrumento activo de una fuerza y fecundidad apostólica imparables.

    En 1861 fue destinado a la sede episcopal de Vicenza, y en ella pudo desarrollar su amplio programa espiritual y educativo. Se trasladaba a pie o a lomos de una mula. Así recorría kilómetros para llevar el mensaje de la fe, el consuelo y aliento a todos, con especial dilección por los pobres y ancianos sacerdotes. Era un hombre de oración, gran devoto del Sagrado Corazón de Jesús, de la Eucaristía y de la Virgen María, y ese amor especialísimo lo infundía por doquier. Fue un prelado aclamado, pero también vituperado. A las muestras de gratitud por su fértil misión se unían voces acusadoras sin fundamento alguno que le ocasionaron grandes sufrimientos. Su respuesta, como la de todo fiel seguidor de Cristo, fue el perdón. Todo lo acogió en silencio llevado por su ardiente caridad, la que hizo que fuera conocido como «el hombre de la caridad». Sufrió una grave enfermedad en 1886 que le dejó extremadamente debilitado. Dos años más tarde, el 4 de marzo de 1888, murió de un ataque de apoplejía. En 1905 Pío X, que en su momento había sido ordenado sacerdote por Giovanni, aprobó el Instituto fundado por éste. Juan Pablo II lo beatificó el 4 de noviembre de 2001.

Oremos
    
    Oh Dios Padre, única fuente de santidad, te damos gracias porque nos has dado en el beato Giovanni Antonio Farina un pastor infatigable, un maestro intrépido y un padre de los pobre. Alimentado de tu palabra y de la Divina Eucaristía, encendido de caridad del corazón de tu Hijo y de la Virgen María, lo hiciste fuerte en las pruebas de la vida y lleno de compasión ante el sufrimiento de los hermanos. A imitación suya concédenos amor y fidelidad a la Iglesia, sentimientos de misericordia y ternura para servirte en los pequeños, en los pobres, en los enfermos. Danos tu Santo Espíritu para colaborar contigo en la construcción de tu reino y abrir las puertas del mundo a cristo tu hijo. Concédenos Señor por su intercesión, la gracia que necesitamos. Amén.

CARTA ENCÍCLICA FIDES ET RATIO DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II SOBRE LAS RELACIONES ENTRE FE Y RAZÓN



CAPÍTULO V
INTERVENCIONES DEL MAGISTERIO EN CUESTIONES FILOSÓFICAS





La ciencia de la fe y las exigencias de la razón filosófica

68. La teología moral necesita aún más la aportación filosófica. En efecto, en la Nueva Alianza la vida humana está mucho menos reglamentada por prescripciones que en la Antigua. La vida en el Espíritu lleva a los creyentes a una libertad y responsabilidad que van más allá de la Ley misma. El Evangelio y los escritos apostólicos proponen tanto principios generales de conducta cristiana como enseñanzas y preceptos concretos. Para aplicarlos a las circunstancias particulares de la vida individual y social, el cristiano debe ser capaz de emplear a fondo su conciencia y la fuerza de su razonamiento. Con otras palabras, esto significa que la teología moral debe acudir a una visión filosófica correcta tanto de la naturaleza humana y de la sociedad como de los principios generales de una decisión ética.

PENSAMIENTO DE LOS SANTOS



    ¡Glorioso San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y especial abogado y protector mío!. Ya que tan elevado estáis en el Cielo por haber hecho vuestras obras a mayor honra y gloria de Dios, combatiendo a los enemigos de la Iglesia, defendiendo nuestra santa fe, dilatándola por medio de vuestros hijos por todo el mundo, alcánzame de la divina piedad, por los méritos infinitos de Jesucristo, e intercesión de su gloriosa Madre, entero perdón de mis culpas, auxilio eficaz para amar a Dios y servirle con todo empeño en adelante, firmeza y constancia en el camino de la virtud, y la dicha de morir en su amistad y gracia, para verle, amarle, gozarle y glorificarle en vuestra compañía por todos los siglos. Amén.

EVANGELIO - 04 de Marzo - San Lucas 11,29-32


    Evangelio según San Lucas 11,29-32.

    Al ver Jesús que la multitud se apretujaba, comenzó a decir: "Esta es una generación malvada. Pide un signo y no le será dado otro que el de Jonás.
    Así como Jonás fue un signo para los ninivitas, también el Hijo del hombre lo será para esta generación.
    El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra los hombres de esta generación y los condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón y aquí hay alguien que es más que Salomón.
    El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay alguien que es más que Jonás.

    Palabra del Señor

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 04 de Marzo - «Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive»


     Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) Retiro: La malicia destruye una ciudad. Predicado en el Vaticano (1983).

«Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive» 

    Los ninivitas creyeron el mensaje de este judío, e hicieron penitencia. Para mí, la conversión de los Ninivitas constituye un hecho sorprendente. ¿Cómo podían creer? No encuentro otra respuesta que esta: al escuchar la predicación de Jonás, debieron de reconocer que, por lo menos, la parte verificable de su mensaje era, sencillamente, verdad: era grave la malicia de esta ciudad. Así es como comprendieron que la otra parte del mensaje era verdad también: la malicia destruye una ciudad. Pudieron comprender, pues, que la conversión era la única posibilidad de salvar la ciudad…

    El desinterés personal del mensajero constituyó el segundo elemento de credibilidad de Jonás: había venido de lejos para prestar un servicio que le exponía a la burla y del cual él mismo no podía esperar ninguna ventaja personal. La tradición rabínica añade además otro elemento: Jonás quedó profundamente marcado por los tres días y tres noches que pasó en el corazón de la tierra, «en lo más profundo de los infiernos» (Jn 2,3). Las huellas de su experiencia de muerte permanecían visibles y daban autenticidad a sus palabras.

    Llegados aquí es imposible no preguntarnos : Si viniera un nuevo Jonás, ¿creeríamos? Nuestras ciudades. ¿creerían? Todavía hoy, para las grandes ciudades, para las Nínives modernas, Dios busca mensajeros de la penitencia. ¿Tendremos la valentía, la fe profunda, la credibilidad necesaria para llegar a los corazones y abrir las puertas a la conversión?

TEOLOGÍA DEL CUERPO

Visión del Papa Juan Pablo II sobre el amor humano

VIDA CRISTIANA DE LA FAMILIA
Audiencia General 4 de agosto de 1982

1. En nuestra reflexión precedente cité el capítulo V de la Carta a los Efesios (vv. 22-23). Ahora, después de una primera lectura sobre este texto «clásico», conviene examinar el modo en que este pasaje -tan importante para el ministerio de la Iglesia, como para la sacramentalidad del matrimonio- se encuadra en el contexto inmediato de toda la Carta.

Aun sabiendo que hay una serie de problemas discutidos entre los escrituristas respecto a los destinatarios, a la paternidad e incluso a la fecha de su composición, es necesario constatar que la Carta a los Efesios tiene una estructura muy significativa. El autor comienza esta Carta presentando el plan eterno de la salvación del hombre en Jesucristo.

«...Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo... en El nos eligió... para que fuésemos santos e inmaculados ante El en caridad, y nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para la alabanza del esplendor de su gracia, que nos otorgó gratuitamente en el Amado, en quien tenemos la redención por su sangre, la remisión de los pecados, según las riquezas de su gracia..., para realizarlo al cumplirse los tiempos, recapitulando todas las cosas en Cristo...» (Ef 1, 3. 4-7. 10).

El autor de la Carta a los Efesios, después de haber presentado con palabras llenas de gratitud el designio que, desde la eternidad, está en Dios y, a la vez, se realiza ya en la vida de la humanidad, ruega al Señor para que los hombres (y directamente los destinatarios de la Carta) conozcan plenamente a Cristo como cabeza: «...le puso por cabeza de todas las cosas en la Iglesia que es su cuerpo la plenitud del que lo acaba todo en todos» (1, 22-23). La humanidad pecadora está llamada a una vida nueva en Cristo, en quien los gentiles y los judíos deben unirse como en un templo (cf. 2. 11-21). El Apóstol es heraldo del misterio de Cristo entre los gentiles, a los cuales se dirige sobre todo, doblando «las rodillas ante el Padre», y pidiendo que les conceda, «según la riqueza de su gloria, ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu» (3, 14. 16).

2. Después de esta revelación tan profunda y sugestiva del misterio de Cristo en la Iglesia, el autor pasa, en la segunda parte de la Carta, a orientaciones más detalladas, que miran a definir la vida cristiana como vocación que brota del plan divino, del que hemos hablado anteriormente, es decir, del misterio de Cristo en la Iglesia. También el autor toca aquí diversas cuestiones, validas siempre para la vida cristiana. Exhorta a conservar la utilidad subrayando al mismo tiempo que esta unidad se construye sobre la multiplicidad y diversidad de los dones de Cristo. A cada uno se le ha dado un don diverso, pero todos, como cristianos, deben «vestirse del hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad verdaderas» (4, 24). A esto está vinculada una llamada categórica a superar los vicios y adquirir las virtudes correspondientes a la vocación que todos han obtenido en Cristo (cf. 4, 25-32). El autor escribe: «Sed, en fin, imitadores de Dios, como hijos amados, y caminad en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros... en sacrificio» (5, 1-2).

3. En el capítulo V de la Carta a los Efesios estas llamadas se hacen aún más concretas. El autor condena severamente los abusos paganos, escribiendo: «Fuisteis algún tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad, pues, como hijos de la luz» (5, 8). Y luego: «No seáis insensatos, sino entendidos de cuál es la voluntad de Dios. Y no os embriaguéis de vino (referencia al Libro de los Proverbios 23, 31)..., al contrario, llenáos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y salmodiando al Señor en vuestros corazones» (5, 17-19). El autor de la Carta quiere ilustrar con estas palabras el clima de vida espiritual, que debe animar a toda comunidad cristiana. Y, pasa luego, a la comunidad doméstica, esto es, a la familia. Efectivamente, escribe: «Llenáos del Espíritu.. dando siempre gracias a Dios Padre por todas las cosas en nombre de nuestro Señor Jesucristo, sujetos los unos a los otros en el temor de Cristo» 15, 20-21). Y precisamente así entramos en el pasaje de la Carta que será tema de nuestro análisis particular. Podemos constatar fácilmente que el contenido esencial de este texto «clásico» aparece en el cruce de los dos principales hilos conductores de toda la Carta a los Efesios: el primero, el del misterio de Cristo que, como expresión del plan divino para la salvación del hombre, se realiza en la Iglesia; el segundo, el de la vocación cristiana como modelo de vida para cada uno de los bautizados y cada una de las comunidades, correspondiente al misterio de Cristo, o sea, el plan divino para la salvación del hombre.

4. En el contexto inmediato del pasaje citado, el autor de la Carta trata de explicar de qué modo la vocación cristiana, concebida así, debe realizarse y manifestarse en las relaciones entre todos los miembros de una familia: por lo tanto, no sólo entre el marido y la mujer (de quienes trata precisamente el pasaje del capítulo 5, 22-23, elegido por nosotros), sino también entre padres e hijos. El autor escribe: «Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque es justo. Honra a tu padre y a tu madre. Tal es el primer mandamiento, seguido de promesa, para que seáis felices y tengáis larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y en la enseñanza del Señor» (6, 1-4). A continuación se habla de los deberes de los siervos con relación a los amos y viceversa, de los amos en relación a los siervos, esto es, a los esclavos (cf. 6, 5-9), lo que se refiere también a las orientaciones concernientes a la familia en sentido amplio. Efectivamente, la familia estaba constituida no sólo por los padres e hijos (según la sucesión de generaciones), sino también pertenecían a ellas en sentido amplio incluso los siervos de ambos sexos: esclavos y esclavas.

5. Así, pues el texto de la Carta a los Efesios, que nos proponemos hacer objeto de un análisis profundo, se halla en el contenido inmediato de enseñanzas sobre las obligaciones morales de la sociedad familiar (las llamadas «Haustaflen» o códigos domésticos, según la definición de Lutero). Encontramos también instrucciones análogas en otras Cartas (por ejemplo, en la dirigida a los Colosenses, 3, 18-4, y en la primera Carta de Pedro, 2, 13-3, 7). Además, este contexto inmediato forma parte de nuestro pasaje, en cuanto también el texto «clásico» que hemos elegido trata de los deberes recíprocos de los maridos y de las mujeres. Sin embargo, hay que notar que el pasaje 5. 22-23 de la Carta a los Efesios se centra de suyo exclusivamente en los cónyuges y en el matrimonio y lo que respecta a la familia, también en sentido amplio, se halla ya en el contexto. Pero antes de disponernos a hacer un análisis profundo del texto, conviene añadir que toda la Carta termina con un estupendo estimulo a la lucha espiritual (cf. 6, 10-20), con breves recomendaciones (cf. 6, 21-22) y una felicitación final (cf. 6, 23-24). La llamada a la lucha espiritual parece estar lógicamente fundada en la argumentación de toda la Carta. Esa llamada es, por decirlo así, la conclusión explícita de sus principales hilos conductores.

Teniendo así ante los ojos la estructura total de toda la Carta a los Efesios, en el primer análisis trataremos de clasificar el significado de las palabras: «sujetaos los unos a los otros en el temor de Cristo» (5, 21), dirigidas a los maridos y a las mujeres.