San Francisco de Sales Obras: Dos maneras de amar a Dios. Tratado del Amor de Dios, Libro VI, 1. IV, 301.
«Jesús, enseñaba en una sinagoga en Sábado. Los escribas y fariseos le observaban…
Jesús conocía sus pensamientos…»
Tenemos dos principales maneras de amar a Nuestro Dios: una afectiva, la obra efectiva, o como dice San Bernardo, activa. Por la primera, amamos a Dios y todo lo que El ama; y por la segunda, servimos a Dios y hacemos lo que nos ordena: Aquélla nos une con la bondad de Dios y ésta nos hace ejecutar su voluntad.
La una nos llena de complacencia, de benevolencia, de fervor y de deseos; la otra nos da la sólida resolución, la firmeza de valor y la inviolable obediencia que se requiere para cumplir lo que manda la voluntad de Dios, y para sufrir, aceptar, aprobar y abrazar todo lo que proviene del beneplácito divino.
La una nos hace gozar de Dios y la otra, que le agrademos. Por la una concebimos y por la otra producimos. Con la una ponemos a Dios en nuestro corazón y por la otra lo llevamos en nuestros brazos.
El primer ejercicio consiste principalmente en la oración; en ella pasan tantos movimientos interiores que es imposible expresarlos todos; no sólo porque son muchos en cantidad sino también por su calidad que, como es espiritual, no es fácil perfilarla y es casi imperceptible a nuestro entendimiento.
Dios es el único que, por su infinita ciencia, ve, sondea y penetra todas las vueltas y revueltas de nuestro espíritu; entiende de lejos nuestros pensamientos, sabe todos nuestros senderos, astucias y sutilezas. Su ciencia es admirable, prevé por encima de nuestra capacidad y no podemos alcanzarla.
Si nuestros espíritus quisieran hacerse una introspección reflexionando sobre los repliegues de sus acciones, se meterían en un laberinto en el que se perderían. Y sería insoportable saber cuáles son nuestros pensamientos, considerar nuestras consideraciones, discernir lo que discernimos, recordar que nos acordamos: resultaría un embrollo imposible de deshacer.
La oración es cosa secreta, Teótimo; hay que confiársela solamente a Dios.

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