martes, 2 de abril de 2024

GAUDETE ET EXSULTATE

CAPÍTULO CUARTO
ALGUNAS NOTAS DE LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL
En oración constante


   154. La súplica es expresión del corazón que confía en Dios, que sabe que solo no puede. En la vida del pueblo fiel de Dios encontramos mucha súplica llena de ternura creyente y de profunda confianza. No quitemos valor a la oración de petición, que tantas veces nos serena el corazón y nos ayuda a seguir luchando con esperanza. La súplica de intercesión tiene un valor particular, porque es un acto de confianza en Dios y al mismo tiempo una expresión de amor al prójimo. Algunos, por prejuicios espiritualistas, creen que la oración debería ser una pura contemplación de Dios, sin distracciones, como si los nombres y los rostros de los hermanos fueran una perturbación a evitar. Al contrario, la realidad es que la oración será más agradable a Dios y más santificadora si en ella, por la intercesión, intentamos vivir el doble mandamiento que nos dejó Jesús. La intercesión expresa el compromiso fraterno con los otros cuando en ella somos capaces de incorporar la vida de los demás, sus angustias más perturbadoras y sus mejores sueños. De quien se entrega generosamente a interceder puede decirse con las palabras bíblicas: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por el pueblo» (2 M 15,14).


-PROPÓSITO DEL DÍA- "Para que por la práctica de los consejos evangélicos y la vida de oración, podamos crecer en el amor a Dios y nuestros hermanos"



 

EVANGELIO - 03 de Abril - San Lucas 24,13-35.

 

   Libro de los Hechos de los Apóstoles 3,1-10.

    En una ocasión, Pedro y Juan subían al Templo para la oración de la tarde.
    Allí encontraron a un paralítico de nacimiento, que ponían diariamente junto a la puerta del Templo llamada "la Hermosa", para pedir limosna a los que entraban.
    Cuando él vio a Pedro y a Juan entrar en el Templo, les pidió una limosna.
    Entonces Pedro, fijando la mirada en él, lo mismo que Juan, le dijo: "Míranos".
    El hombre los miró fijamente esperando que le dieran algo.
    Pedro le dijo: "No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina".
    Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó; de inmediato, se le fortalecieron los pies y los tobillos.
    Dando un salto, se puso de pie y comenzó a caminar; y entró con ellos en el Templo, caminando, saltando y glorificando a Dios.
    Toda la gente lo vio caminar y alabar a Dios.
    Reconocieron que era el mendigo que pedía limosna sentado a la puerta del Templo llamada "la Hermosa", y quedaron asombrados y llenos de admiración por lo que le había sucedido.


Salmo 105(104),1-4.6-9.

¡Den gracias al Señor, invoquen su Nombre,
hagan conocer entre los pueblos sus proezas;
canten al Señor con instrumentos musicales,
pregonen todas sus maravillas!

¡Gloríense en su santo Nombre,
alégrense los que buscan al Señor!
¡Recurran al Señor y a su poder,
busquen constantemente su rostro!

Descendientes de Abraham, su servidor,
hijos de Jacob, su elegido:
el Señor es nuestro Dios,
en toda la tierra rigen sus decretos.

El se acuerda eternamente de su alianza,
de la palabra que dio por mil generaciones,
del pacto que selló con Abraham,
del juramento que hizo a Isaac.


    Evangelio según San Lucas 24,13-35.


    Ese mismo día, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén.
    En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.
    Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos.
    Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran.
    El les dijo: "¿Qué comentaban por el camino?". Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: "¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!".
    "¿Qué cosa?", les preguntó. Ellos respondieron: "Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron.
    Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas.
    Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo.
    Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron".
    Jesús les dijo: "¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas!
    ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?"
    Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.
    Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante.
    Pero ellos le insistieron: "Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba". El entró y se quedó con ellos.
    Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio.
    Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.
    Y se decían: "¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?".
    En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: "Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!".
    Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

    Palabra del Señor

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 03 de Abril - "Encuentra tu fuerza en la fracción del pan"


San Agustín (354-430) obispo de Hipona (África del Norte), doctor de la Iglesia Sermón 235 (PL 38. Lectures chrétiennes pour notre temps, Abbaye d'Orval, 1972)


"Encuentra tu fuerza en la fracción del pan"

    ¿Cuándo quiso manifestarse el Señor? “En la fracción del pan” (Lc 24,35). Podemos estar seguros: compartiendo el pan, reconocemos al Señor. Ha querido ser reconocido en ese momento por nosotros, que no lo veríamos en la carne pero comeríamos sin embargo su carne. Sea quien seas, que no portas en vano el nombre de cristiano, que no entras en la iglesia en vano. Tú que escuchas con reverencia y esperanza la Palabra de Dios, encuentra tu fuerza en la fracción del pan.

    La ausencia del Señor no es una ausencia. Sólo cree: el que no ves está contigo. Cuando Jesús les hablaba, los discípulos no tenían fe. Como no lo creían resucitado, no esperaban poder revivir. Habían perdido la fe, habían perdido la esperanza. Muertos, caminaban con el Viviente; muertos, caminaban con la Vida. La vida caminaba con ellos, pero sus corazones no habían todavía retornado a la vida.

    Tú, si quieres la Vida, haz lo que hicieron y reconocerás al Señor. Recibieron al extranjero: el Señor parecía un viajero que iba lejos pero supieron retenerlo. “Ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». El entró y se quedó con ellos” (Lc 24,29). Retiene al extranjero si quieres reconocer al Salvador. Lo que la duda había hecho perder, la hospitalidad lo ha devuelto. El Señor manifestó su presencia en la fracción del pan.

SANTORAL - SAN RICARDO DE CHICHESTER, OBISPO

 03 de Abril


    Ricardo de Wyche, o Ricardo de Burford, como se le llama algunas veces, nació hacia 1197, en Wyche (actualmente Droitwich), ciudad famosa entonces por sus fuentes de agua salada. Su padre era un modesto caballero que poseía algunas tierras; pero tanto el padre como la madre de san Ricardo murieron cuando sus hijos eran todavía pequeños, y las posesiones perdieron todo su valor por el descuido del hombre a quien se confiaron. Ricardo era el menor de los hijos. Aunque era muy dado al estudio desde niño, tenía un temperamento más vivo que su hermano; cuando se dio cuenta del estado en que se hallaban sus tierras, tomó el arado y se puso a trabajar como simple campesino hasta que, con su industriosidad y buena administración, logró rehacer la fortuna de la familia. En un arranque de gratitud, Roberto, su hermano, le cedió los títulos de las posesiones; pero cuando Ricardo descubrió que quería casarlo con una rica heredera, le devolvió los títulos, le cedió a la joven y partió, casi sin un centavo, a la Universidad de Oxford. La pobreza no era una vergüenza ni un obstáculo en las universidades medievales; más tarde, Ricardo consideraba sus años de Oxford como los más felices de su vida. Poco le importaba haber pasado hambres y haber sido tan pobre, que no podía permitirse el lujo de comprar leña y tenía que correr, durante el invierno, para calentarse. Y no se avergonzaba del hecho de que él y los compañeros que compartían su habitación no tuviesen más que una túnica, que vestían por turno para asistir a las clases. Lo importante era aprender y en aquella época, la Universidad de Oxford tenía maestros muy famosos; Grossatesta era profesor en la casa de estudios de los franciscanos. Por otra parte, los dominicos llegaron a Oxford en 1221 e inmediatamente atrajeron a los más brillantes talentos. No sabemos cómo se las arregló Ricardo, que era un simple estudiante, para entrar en contacto con el gran canciller de la Universidad, Edmundo Rich; pero no hay razones para dudar de que entonces empezó la amistad que habría de unirles toda la vida.

    Ricardo pasó de Oxford a París, pero volvió a su «alma mater» para recibir el título de Maestro. Algunos años más tarde, fue a Bolonia a estudiar derecho canónico en la que pasaba entonces por ser la principal escuela de derecho de Europa. Allí permaneció siete años, obtuvo el grado de doctor y se ganó la estima de todos; pero cuando uno de sus profesores trató de hacerle su heredero, casándole con su hija, Ricardo, que se sentía llamado al celibato, renunció cortésmente y volvió a Oxford. La Universidad había seguido su carrera con interés. Casi inmediatamente fue nombrado canciller de la Universidad, y poco después, san Edmundo Rich, que era ya arzobispo de Canterbury, junto con Grossatesta, que era obispo de Lincoln, le convidaron a trabajar con ellos. Ricardo aceptó la invitación de san Edmundo y se convirtió en confidente y brazo derecho suyo, ayudándole cuanto podía en su difícil cargo. El dominico Ralph Bocking, más tarde confesor y biógrafo de san Ricardo, escribe: «El uno descansaba en el otro: el santo en el santo, el maestro en el discípulo y el discípulo en el maestro, el padre en el hijo y el hijo en el padre».

    San Edmundo necesitaba mucho la ayuda y el cariño de su canciller para hacer frente a las dificultades. La principal de ellas era la reprensible e inveterada costumbre de Enrique III de mantener vacantes los beneficios eclesiásticos para gozar de las rentas, o nombrar para ellos a sus favoritos. El arzobispo hizo cuanto pudo para corregir ese estado de cosas, sin lograr nada; al fin se retiró, ya viejo y enfermo, al monasterio cisterciense de Pontigny, a donde le acompañó Ricardo y le asistió hasta su muerte. Después, como no se sintiese llamado a permanecer en el monasterio, pasó a la casa de estudios de los dominicos de Orléans, donde ejerció el cargo de maestro durante dos años y recibió la ordenación sacerdotal, en 1243. Aunque tenía intenciones de entrar en la Orden de Santo Domingo, volvió a Inglaterra, no sabemos por qué, a trabajar en una parroquia de Deal. Muy probablemente, san Edmundo, siendo arzobispo, le había concedido las rentas de ese beneficio. Pero un hombre de los méritos y cualidades de san Ricardo, no podía pasar inadvertido mucho tiempo y el nuevo arzobispo de Canterbury le llamó a seguir ejerciendo su antiguo cargo de canciller de la arquidiócesis.

    En 1244, murió el obispo de Chichester, Ralph Neville. Haciendo presión sobre los canónigos, Enrique III consiguió que eligiesen a Roberto Passelewe, hombre sin cualidades, quien, según Mateo Paris, «había obtenido el favor regio mediante una transacción injusta que había añadido algunos miles de marcos al tesoro real». El arzobispo de Canterbury, Bonifacio de Saboya, se negó a confirmar la elección y reunió a sus sufragáneos en capítulo, el cual declaró inválida la elección y escogió a Ricardo, que era el candidato del primado, para ocupar la sede. El rey montó en cólera al oír la noticia; retuvo todos los beneficios de la diócesis y prohibió que se admitiese a san Ricardo en cualquier baronato o posesión secular de su diócesis. En vano intentó el obispo entrevistarse con el monarca en dos ocasiones: no logró obtener ni la confirmación de su elección, ni la devolución de los beneficios a los que tenía derecho. Finalmente, el obispo y el rey presentaron el caso al papa Inocencio IV, que estaba entonces en Lyon, presidiendo el Concilio. El Papa resolvió en favor de san Ricardo y le consagró el 5 de marzo de 1245. Al llegar a Inglaterra, san Ricardo se encontró con la noticia de que el rey, lejos de renunciar a las rentas de los beneficios, había dado la orden de que nadie le prestase dinero ni le ofreciese albergue. El obispo encontró las puertas del palacio de Chichester cerradas. Los que hubiesen podido ayudarle temían la ira del rey. El santo habría tenido que errar por su diócesis como un vagabundo, a no ser por un buen sacerdote, llamado Simón de Tarring, que le ofreció su casa. San Ricardo, según la expresión de Bocking, «se albergó en aquella hospitalaria casa, compartiendo la comida con un extraño y calentando sus pies al calor de un hogar ajeno».

    Teniendo esa modesta casa por residencia, san Ricardo trabajó dos años como obispo misionero. Visitaba a los pescadores y campesinos, viajaba casi siempre a pie y aun así logró reunir varios sínodos a pesar de las dificultades, según consta por las «Constituciones de San Ricardo», colección de las leyes eclesiásticas que el santo dictó para acabar con los abusos de la época. Finalmente, amenazado por el papa con la excomunión, Enrique III reconoció al obispo y le devolvió los beneficios, aunque nunca le pagó las rentas atrasadas. Con ello cambió totalmente la posición de san Ricardo, quien, una vez entronizado, pudo ofrecer la generosa hospitalidad y dar las espléndidas limosnas acostumbradas por los prelados medievales. Pero lo que no cambió fue la austeridad personal del santo; en tanto que sus huéspedes comían ricamente, el obispo observaba su modesta dieta, de la que estaban excluidos el pescado y la carne. Cuando veía que sus criados llevaban a la cocina los pollos y los corderos, decía con cierta tristeza no exenta de humor: «¡Pobres criaturas. Si pudiérais razonar y hablar, cómo nos maldeciríais porque os condenamos a muerte, sin que lo hayáis merecido!» Los vestidos del santo obispo eran lo más sencillo posible, en vez de pieles finas usaba lana y en el interior, llevaba una camisa de pelo y una especie de coraza de acero.

    Durante los ocho años que duró su gobierno, se ganó el afecto de su pueblo; pero, aunque era muy paternal, se mostraba muy severo con la avaricia, la herejía y la inmoralidad del clero. Ni siquiera la intercesión del arzobispo y del rey lograron que suavizara el castigo que había impuesto a un sacerdote que había cometido un pecado contra la castidad. Tenía tal horror al nepotismo, que jamás dio la preferencia a sus conocidos, alegando el ejemplo del Divino Pastor que no dio las llaves del cielo a su primo san Juan, sino a san Pedro. Cuando el mayordomo de su casa anunció al obispo que sus limosnas eran más grandes que sus rentas, éste le dio la orden de vender las vajillas de oro y de plata. «También puedes vender mi caballo, agregó; como es robusto, te darán un buen precio; tráeme el dinero para darlo a los pobres». San Ricardo tenía la más baja opinión de sí mismo y de sus propias fuerzas; alguien ha hecho notar que casi todos los numerosos milagros que obró, los hizo a petición de otros. A las abrumadoras cargas de su oficio, el papa añadió la de que predicara una Cruzada contra los sarracenos. Precisamente cuando san Ricardo volvió a Dover, después de una intensa campaña de predicación en la costa, le sobrecogió su última enfermedad. Murió en una casa para sacerdotes pobres y peregrinos, llamada la «Maison Dieu», acompañado por Ralph Bocking, Símón de Tarring y otros fieles amigos. Tenía entonces cincuenta y cinco años de edad. Fue canonizado nueve años después. No se conserva en Chichester ningún vestigio de sus reliquias ni de su tumba. Las diócesis de Westminster, Birmingham y Southwark celebran la fiesta de San Ricardo.

   Fecha de canonización: 22 de enero de 1262 por el Papa Urbano IV.

Oremos

    Te damos gracias. Señor Jesucristo. por todos los beneficios que me has dado, por todos los dolores e insultos que me has dado. Oh, misericordioso Redentor, amigo y hermano, ¿puedo conocerte más claramente? Te amo con más cariño. Y te sigo ahora más de cerca. día a día. San Ricardo de Chinchester, ruega por nosotros. Amén. 

-FRASE DEL DÍA-

 


lunes, 1 de abril de 2024

GAUDETE ET EXSULTATE

CAPÍTULO CUARTO
ALGUNAS NOTAS DE LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL
En oración constante


   153. Tampoco la historia desaparece. La oración, precisamente porque se alimenta del don de Dios que se derrama en nuestra vida, debería ser siempre memoriosa. La memoria de las acciones de Dios está en la base de la experiencia de la alianza entre Dios y su pueblo. Si Dios ha querido entrar en la historia, la oración está tejida de recuerdos. No solo del recuerdo de la Palabra revelada, sino también de la propia vida, de la vida de los demás, de lo que el Señor ha hecho en su Iglesia. Es la memoria agradecida de la que también habla san Ignacio de Loyola en su «Contemplación para alcanzar amor»[116], cuando nos pide que traigamos a la memoria todos los beneficios que hemos recibido del Señor. Mira tu historia cuando ores y en ella encontrarás tanta misericordia. Al mismo tiempo esto alimentará tu consciencia de que el Señor te tiene en su memoria y nunca te olvida. Por consiguiente, tiene sentido pedirle que ilumine aun los pequeños detalles de tu existencia, que a él no se le escapan.

[116] Cf. Ejercicios espirituales, 230-237.

-PROPÓSITO DEL DÍA- "Para que por la práctica de los consejos evangélicos y la vida de oración, podamos crecer en el amor a Dios y nuestros hermanos"



 

EVANGELIO - 02 de Abril - San Juan 20,11-18.


   Libro de los Hechos de los Apóstoles 2,36-41.

    El día de Pentecostés, Pedro dijo a los judíos: "Todo el pueblo de Israel debe reconocer que a ese Jesús que ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías".
    Al oír estas cosas, todos se conmovieron profundamente, y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: "Hermanos, ¿qué debemos hacer?".
    Pedro les respondió: "Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo.
    Porque la promesa ha sido hecha a ustedes y a sus hijos, y a todos aquellos que están lejos: a cuantos el Señor, nuestro Dios, quiera llamar".
    Y con muchos otros argumentos les daba testimonio y los exhortaba a que se pusieran a salvo de esta generación perversa.
    Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil.


Salmo 33(32),4-5.18-19.20.22.

Porque la palabra del Señor es recta
y él obra siempre con lealtad;
él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor.

Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia.

Nuestra alma espera en el Señor;
él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Señor, que tu amor descienda sobre nosotros,
conforme a la esperanza que tenemos en ti.


    Evangelio según San Juan 20,11-18.

    María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús.
    Ellos le dijeron: "Mujer, ¿por qué lloras?". María respondió: "Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto".
    Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció.
    Jesús le preguntó: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?". Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: "Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo".
    Jesús le dijo: "¡María!". Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: "¡Raboní!", es decir "¡Maestro!".
    Jesús le dijo: "No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: 'Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'".
    María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras.

    Palabra del Señor

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 02 de Abril - «No me retengas, que todavía no he subido al Padre»


Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) Jesús de Nazaret II: Tocar a Cristo y subir al Padre Capítulo 9, 4


«No me retengas, que todavía no he subido al Padre» 

    Después de las palabras de los dos ángeles vestidos de blanco, María se dio media vuelta y vio a Jesús, pero no lo reconoció. Entonces Él la llama por su nombre: «¡María!». Ella tiene que volverse otra vez, y ahora reconoce con alegría al Resucitado, al que llama «Rabbuní», su Maestro. Quiere tocarlo, retenerlo, pero el Señor le dice: «Suéltame, que todavía no he subido al Padre» (Jn 20,17). Esto nos sorprende. Es como decir: Precisamente ahora que lo tiene delante, ella puede tocarlo, tenerlo consigo. Cuando habrá subido al Padre, eso ya no será posible. Pero el Señor dice lo contrario: Ahora no lo puede tocar, retenerlo. La relación anterior con el Jesús terrenal ya no es posible.

    Se trata aquí de la misma experiencia a la que se refiere Pablo en 2 Corintios 5,16s: «Si conocimos a Cristo según los criterios humanos, ya no lo conocemos así. Si uno está en Cristo, es una criatura nueva». El viejo modo humano de estar juntos y de encontrarse queda superado. Ahora ya sólo se puede tocar a Jesús «junto al Padre». Únicamente se le puede tocar subiendo. Él nos resulta accesible y cercano de manera nueva: a partir del Padre, en comunión con el Padre.

    Esta nueva capacidad de acceder presupone también una novedad por nuestra parte: por el bautismo, nuestra vida está ya escondida con Cristo en Dios; en nuestra verdadera existencia ya estamos «allá arriba», junto a Él, a la derecha del Padre (cf. Col 3,1ss). Si nos adentramos en la esencia de nuestra existencia cristiana, entonces tocamos al Resucitado: allí somos plenamente nosotros mismos. El tocar a Cristo y el subir están intrínsecamente enlazados. Y recordemos que, según Juan, el lugar de la «elevación» de Cristo es su cruz, y que nuestra «ascensión» —que siempre es necesaria cada vez—, nuestro subir para tocarlo, ha de ser un caminar junto con el Crucificado. El Cristo junto al Padre no está lejos de nosotros; si acaso, somos nosotros los que estamos lejos de Él; pero la senda entre Él y nosotros está abierta. De lo que se trata aquí no es de un recorrido de carácter cósmico-geográfico, sino de la «navegación espacial» del corazón, que lleva de la dimensión de un encerramiento en sí mismo hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza el universo.

SANTORAL - SAN FRANCISCO DE PAULA

02 de Abril


   San Francisco de Paula, ermitaño, fundador de la Orden de los Mínimos en Calabria, prescribiendo a sus discípulos que viviesen de limosnas, no teniendo propiedad ni manipulando dinero, y que utilizasen sólo alimentos cuaresmales. Llamado a Francia por el rey Luis XI, le asistió en el lecho de muerte, y célebre por la austeridad de vida, murió a su vez en Plessis-les-Tours, junto a Tours.

    San Francisco de Paula, fundador. (1508). Nació en Italia, en 1416. Le pusieron por nombre Francisco porque sus padres habían deseado por quince años tener un hijo, y al fin, al rezarle a San Francisco de Asís, obtuvieron que naciera este niño. Cuando tenía unos pocos años se enfermó gravemente de los ojos. Se encomendó junto con sus padres a San Francisco y este Santo le obtuvo de Dios la curación. En acción de gracias se fue a los 14 años en peregrinación a Asís, y allá recibió la inspiración de irse de ermitaño solitario a rezar y a hacer penitencia en la soledad de un monte.

    Pidió permiso a sus papás y por cinco años estuvo escondido en la montaña, rezando, meditando y alimentándose solamente de agua y de yerbas silvestres y durmiendo sobre el duro suelo, teniendo por almohada una piedra. Varios hombres más se fueron a seguir su ejemplo y Francisco tuvo que fundar varias casas para sus religiosos. Y en todos sus conventos puso una consigna o ley que había que cumplir siempre: "Cuaresma perpetua". Miles de hombres decidieron abandonar la vida pecaminosa del mundo e irse a la Comunidad religiosa fundada por San Francisco de Paula, les puso el nombre de "hermanos Mínimos". El Sumo Pontífice envió un delegado para que averiguara qué tan segura y cierta era la santidad de Francisco.

    El delegado pontificio le preguntó si sus religiosos serían capaces de resistir toda la vida a ese reglamento tan severo que les prohibía comer carne, queso, leche y huevos y tomar licores. El Papa Pablo VI dijo en 1977 que San Francisco de Paula es un verdadero modelo para los que tienen que llamarles la atención a los gobernantes que abusan de su poder y que malgastan en gastos innecesarios el dinero que deberían emplear en favor de los pobres. San Francisco solía decirles que en el día del juicio le dirían aquellas palabras que Jesús, Dios nuestro Señor dijo en el Evangelio: "Dame cuenta de tu administración" (Lc. 16,2). Y les repetía lo que decía San Pablo: "Cada uno tendrá que presentarse ante el tribunal de Dios, para darle cuenta de los que ha hecho, de lo bueno y de lo malo". Todo esto hacía pensar muy seriamente a muchos gobernantes y los llevaba a corregir los modos equivocados de proceder que habían tenido en el pasado. Al rey de Nápoles (Fernando el Bastardo) no le agradaba nada este modo tan franco de hablar que tenía el santo varón y dispuso mandarlo apresar. Al rey y a sus empleados les sabía cantar las cuarenta, diciéndoles que no se pueden hacer gastos en lujos mientras el pueblo se muere de hambre.

    El rey le ofreció una bandeja llena de monedas de oro para que con ese dinero construyera un convento. El santo no aceptó el tal regalo, pero tomando en sus manos una moneda de esas, la partió en dos, y de ella empezó a brotar sangre que salpicó el vestido del mandatario. El rey dobló la rodilla, y prometió que en adelante se preocuparía más por la suerte del pueblo pobre y necesitado. El rey Luis XI de Francia, que había sido bastante déspota y tirano y poco piadoso, tuvo un ataque de apoplejía (un derrame cerebral) y quedó con una enfermedad nerviosa que le hacía muy amarga su existencia y que lo puso de un mal genio tal que casi nadie se atrevía a acercársele. Luis XI le escribió al Papa Sixto IV y el Pontífice le dio la orden al santo de ir a visitar al rey enfermo. Con tristeza se despidió de su amada patria porque sabía que ya nunca más iba a volver a su bella Italia. Al llegar a Francia, las gentes se arrodillaban al verlo pasar, el hijo del rey, mandó construir una capilla en el sitio en el que por primera vez se encontró con este hombre de Dios.

    A los 67 años llega el santo a Francia. El rey lo recibe postrándose ante sus pies y le suplica: "Padre mío: obténgame de Dios que me devuelva la salud y que me conceda unos años más de vida" Pero San Francisco le responde: "Cada uno, cuando le llega el tiempo prefijado por Dios, tiene que disponerse a partir hacia la eternidad, aunque sea un rey muy poderoso. Pero lo que el Señor quiere concederle ahora es la salud de su alma". Y siguieron varios días de charlas muy afectuosas e íntimas entre el enfermo agonizante y el Santo de Dios. Y Luis XI no consiguió la salud de su cuerpo, pero sí su conversión y la salud de su alma, tuvo la suerte incomparable de ser asistido por un santo en su última enfermedad. Y el rey quedó tan agradecido que nombró a Francisco de Paula como director espiritual de su hijo, el futuro Carlos VIII, rey de Francia. Nuestro santo tuvo que quedarse por el resto de su vida, sus último 24 años, misionando en Francia y allí consiguió muchísimas vocaciones para su comunidad de religiosos y convirtió multitud de pecadores.

    El Viernes Santo, 2 de abril de 1507, después de hacer que le leyeran la Pasión de Jesucristo según el Evangelio de San Juan, se quedó plácidamente dormido con el sueño de la muerte, y pasó a la eternidad a recibir el premio de sus virtudes. El pueblo empezó inmediatamente a proclamarlo como santo y los milagros empezaron a sucederse por montones. Doce años después de su muerte, fue proclamado santo por el Sumo Pontífice León X (en 1519). Y es un dato curioso, que un santo que jamás comía carne, ni huevos ni leche, ni tomaba licor alguno, llegó en plena robustez hasta los 91 años de edad.

Oremos

    Caritativo y venturoso San Francisco de Paula, tú que fuiste elevado a la gloria de los santos, y velas con amor y caridad por los que a ti acudimos, consigue también de Dios Misericordioso que caminando santamente durante esta peregrinación terrena, merezcamos gozar contigo de los inefables gozos de la divinidad en la plenitud de la eterna bienaventuranza. Espero confiadamente alcanzar estas gracias con tu eficaz y poderosa ayuda y protección y la maternal intercesión de la Santísima Virgen María, en virtud de los méritos infinitos de nuestro Señor Jesucristo. Amén

-FRASE DEL DÍA-