domingo, 10 de mayo de 2026

SANTORAL - SAN FRANCISCO DE JERÓNIMO

 11 de Mayo


    Nació el 17 de diciembre de 1642, y murió el 11 de mayo de 1716. El lugar en que nació fue Crottaglie, un pequeño pueblo en Apulia, situado a unas 5 ó 6 leguas de Taranto. A la edad de 16 años entró en el colegio de Taranto, en el cual estuvo bajo el cuidado de la Sociedad de Jesús. Allí estudió humanidades y filosofía, y tanto éxito, que un obispo lo envió a Nápoles para que asistiera a conferencias en Teología Canónica en el famoso colegio, Gesu Vecchio, el cual, en ese tiempo rivalizaba con las más grandes universidades en Europa. Se ordenó sacerdote allí el 18 de marzo de 1666. Luego estuvo por cuatro años a cargo de los estudiantes del colegio de nobles en Nápoles, donde los alumnos le dieron el sobrenombre de “San Prefecto”. Entró en el noviciado de la Sociedad de Jesús, el 1 de julio de 1670. Al final de su primer año de prueba, fue enviado como misionero, a fin de tomar sus primeras lecciones en el arte de la prédica, en un lugar cercado a Otranto.

    Un nuevo período de cuatro años lo dedicó trabajando en pueblos y villas en un trabajo misionero, demostrando mediante el mismo, a sus superiores, su maravilloso don de prédica. Por esa razón, una vez que completó sus estudios teológicos, sus superiores determinaron que debía dedicarse a trabajar como predicador, y lo enviaron a residir a Gesu Nuovo, la residencia de los padres de Nápoles.

    Francisco habría ido y trabajado mucho, incluso habría dado su vida, como él frecuentemente lo dijo, entre las naciones bárbaras e idólatras del lejano oriente. Frecuentemente escribió a sus superiores rogándoles que le concedieran ese gran favor. Finalmente ellos le dijeron que abandonara la idea y que concentrara su esfuerzo y energía en la ciudad y en el reino de Nápoles. Francisco entendió que esto debía ser la voluntad de Dios y no insistió en otros planes. Nápoles por tanto, y durante los siguientes y restantes cuarenta años de su vida, de 1676 hasta su muerte, fue el centro de su labor apostólica.

    Primero se dedicó a desarrollar el entusiasmo religioso de una congregación de trabajadores, llamado el “Oratio della Missione”, la cual fue establecida en una casa de Nápoles. El principal objetivo de esta asociación fue proporcionar asistentes a los padres misioneros, quienes ayudarían en las muchas dificultades que de pronto pueden aparecer en el curso de las misiones. Animados por los sermones de entusiasmo del director, esta gente llegó a ser un conjunto de cooperadores muy celosos de su trabajo. Una característica sobresaliente de esas actividades fue el hecho de que trajeron una multitud de pecadores a los pies de Francisco.

    En las notas que él envía a sus superiores en lo relativo a su trabajo misionero, el santo aparece como teniendo gran placer en hablar del fervor que animaba a los miembros de su querido “Oratorio”. También el director supervisó o se encargó de las necesidades materiales de aquellos que le asistían. En el “Oratorio” estableció un fondo de piedad. El capital de este fondo se incrementó por los regalos de los asociados. Gracias a esta institución, él pudo contar cada día, en caso de enfermedad, de una suma de unos cuatro carlines, cerca de unos 33 centavos de dólar. En caso de muerte de alguno de los miembros, un respetable funeral podía establecerse, costándole a la institución unos 18 ducados. Ellos también tenían el privilegio de poder ser enterrados en la Iglesia de Gesu Nuovo (véase Brevi notizie, pp. 131-136).

    Francisco también estableció en Gesu, uno de los más importantes y beneficiosos trabajos de la casa de Nápoles, la comunión general en el tercer domingo de cada mes (Brevi notizie, 126). Francisco fue un infatigable predicador y frecuentemente habló cuarenta veces en un solo día, escogiendo para ello las calles que él sabía, eran el centro de algún escándalo secreto. Sus sermones elocuentes, breves y energéticos, llegaron a conmover las conciencias culpables de quienes le escuchaban y por medio de ello se llevaron a cabo milagrosas conversiones. El resto de la semana, cuando no estaba trabajando en la ciudad, él estaba visitando los lugares alrededor de Nápoles.

    En algunas ocasiones, pasó en no menos de 50 aldeas por día, predicando en las calles, en las plazas públicas y en las iglesias. El siguiente domingo, él tenía el consuelo de ver en la misa hasta multitudes de 12 ó 13 mil personas. De acuerdo a sus biógrafos, ordinariamente se podían contarse unos 15 mil hombres presentes en la comunión general mensual.

    Sin embargo su trabajo por excelencia fue el desarrollar misiones al aire libre y en la ciudad de Nápoles. Su figura alta, sus grandes ojos oscuros, su nariz aguileña, sus mejillas hundidas, y su tez pálida, le daban la apariencia de ser un austero ascético y producía una maravillosa impresión. La gente se conglomeraba alrededor de él a fin de verlo, encontrarlo, de poder besar sus manos y tocar su vestimenta. Cuando él exhortaba a los pecadores a arrepentirse, parecía adquirir un poder que era más que natural y su voz llegaba a ser resonante e inspiradora. “El es el cordero cuando él habla” decía la gente, “pero es un león cuando predica”.

    Siendo un predicador idealmente popular como él lo fue, en presencia de una audiencia impresionable como la de los napolitanos, Francisco no dejó de abordar cosas que pudiesen animar sus imaginaciones. Una vez él trajo un cráneo al púlpito y lo mostró a la audiencia, impartiendo los conocimientos que deseaba. En otra ocasión intempestivamente detuvo su discurso, descubrió sus hombros, y se castigó así mismo con una cadena de hierro hasta que llegó a sangrar. El efecto fue irresistible, y jóvenes que tenían vidas de maldad, llegaron a seguir el ejemplo del predicador, confesando sus pecados en voz alta. Mujeres abandonadas llegaron a colocarse delante del crucifijo, cortando sus largos cabellos y dando expresión de su amargo dolor y arrepentimiento.

    En su trabajo apostólico, unido a su espíritu de penitencia, y a su ardiente ánimo de oración, hizo que el santo lograra maravillosos resultados entre los esclavos del pecado y del crimen. Por tanto, los dos refugios de Nápoles, llegaron a tener cada uno, hasta 250 penitentes. En el Asilo del Santo Espíritu, llegó a tener en el refugio hasta 190 niños infortunados, preservándolos a ellos en cuanto a no seguir la tradición vergonzosa de sus madres. El tuvo el consuelo de ver a 22 de ellos dedicarse a la vida religiosa. También él cambió barcos de convictos que se habían hundido en la iniquidad, en refugios de paz cristiana y resignación.

    El también llegó a lograr que muchos esclavos turcos y moros, llegaran a encontrar la verdadera fe, e hizo uso de pomposas ceremonias en sus bautizos con tal de conmover el corazón y la imaginación de los espectadores (Breve notizie, 121-126).

    En cualquier tiempo que él no estaba ocupado en la ciudad, se dedicaba a actividades en el medio rural, en misiones de aldeas de cuatro, ocho o hasta diez días. Aquí y allá, dio retiros a comunidades religiosas, pero a fin de ahorrar tiempo, él no escuchaba confesiones (cf. Recueil de letters per le Nozze Malvezzi Hercolani (1876), p. 28). Con el fin de consolidar su trabajo, trato de establecer en todos los lugares, una asociación de San Francisco Xavier, su patrono y modelo, o bien una congregación de la Santísima Virgen.

    Durante veintidós años, predicó y realizó alabanzas cada martes en la iglesia napolitana conocida como Santa María de Constantinopla. Aunque participaba en un activo trabajo exterior, San Francisco tenía un alma mística. Frecuentemente se le vio caminando por las calles de Nápoles con una apariencia de éxtasis en su rostro y lágrimas en sus ojos. El deseo de que la gente quería acompañarle y llamar su atención, hizo que el santo decidiera caminar como encapuchado o incógnito, cuando estaba en esas ocasiones, en público. Tenía la reputación en Nápoles de ser un hombre capaz de realizar milagros, y sus biógrafos, quienes testificaron durante el proceso de su canonización, no dudaron en atribuirle un conjunto de curas maravillosas de todo tipo.

    Fue motivo de grandes procesiones para los napolitanos, y de no haber sido por la intervención de la guardia suiza, sus seguidores habrían expuesto sus restos, aún con el riesgos de que los mismos hubieran sido desacrados. En todas las calles y plazas de Nápoles, en todos los suburbios, incluso en las pequeñas villas, todos hablaban de la santidad, la elocuencia y la caridad infinita del misionero cuando había muerto. Las autoridades eclesiásticas rápidamente reconocieron que la causa de su beatificación debía dar inicio. El 2 de mayo de 1758, Benedicto XIV declaró que Francisco de Gerónimo había practicado las virtudes teológicas y cardinales, hasta un grado heroico.

    Habría sido beatificado de una manera más rápido, a no ser por la tormenta que ocurrió en la Compañía de Jesús, en ese tiempo y que terminó con la supresión de la orden. Pio VII no pudo proceder con la beatificación, sino hasta el 2 de mayo de 1806, y Gregorio XVI canonizó solemnemente al santo el 26 de mayo de 1839.

Oremos

    Señor Dios todopoderoso, que de entre tus fieles elegiste a San Francisco de Jerónimo para que manifestara a sus hermanos el camino que conduce a Ti, concédenos que su ejemplo nos ayude a seguir a Jesucristo, nuestro Maestro, para que logremos así alcanzar un día, junto con nuestros hermanos, la gloria de tu reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. Amén

-FRASE DEL DÍA-



 

sábado, 9 de mayo de 2026

-PROPÓSITO DEL DÍA- "Para que por la práctica de los consejos evangélicos y la vida de oración, podamos crecer en el amor a Dios y nuestros hermanos"



 

EVANGELIO - 10 de Mayo - San Juan 14,15-21


    Libro de los Hechos de los Apóstoles 8,5-8.14-17.

    En aquellos días: Felipe descendió a una ciudad de Samaría y allí predicaba a Cristo.
    Al oírlo y al ver los milagros que hacía, todos recibían unánimemente las palabras de Felipe.
    Porque los espíritus impuros, dando grandes gritos, salían de muchos que estaban poseídos, y buen número de paralíticos y lisiados quedaron curados.
    Y fue grande la alegría de aquella ciudad.
    Cuando los Apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que los samaritanos habían recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan.
    Estos, al llegar, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo.
    Porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús.
    Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo.


Salmo 66(65),1-3a.4-5.6-7a.16.20.

¡Aclame al Señor toda la tierra!

¡Aclame al Señor toda la tierra!
¡Canten la gloria de su Nombre!
Tribútenle una alabanza gloriosa,
digan al Señor: «¡Qué admirables son tus obras!»

Toda la tierra se postra ante ti,
y canta en tu honor, en honor de tu Nombre.
Vengan a ver las obras del Señor,
las cosas admirables que hizo por los hombres.

El convirtió el Mar en tierra firme,
a pie atravesaron el Río.
Por eso, alegrémonos en él,
que gobierna eternamente con su fuerza.

Los que temen al Señor, vengan a escuchar,
yo les contaré lo que hizo por mí:
Bendito sea Dios,
que no rechazó mi oración
ni apartó de mí su misericordia.


    Epístola I de San Pedro 3,15-18.

    Queridos hermanos: Glorifiquen en sus corazones a Cristo, el Señor. Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen.
    Pero háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán de sus calumnias todos aquellos que los difaman, porque ustedes se comportan como servidores de Cristo.
    Es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal.
    Cristo murió una vez por nuestros pecados -siendo justo, padeció por los injustos- para llevarnos a Dios. Entregado a la muerte en su carne, fue vivificado en el Espíritu.


    Evangelio según San Juan 14,15-21.

    En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos.
    Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.
    No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes.
    Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán.
    Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.
    El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él".

    Palabra del Señor

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 10 de Mayo - «Le pediré al Padre, y Él os dará otro Defensor que estará siempre con vosotros»


       San Juan de Ávila Sermón: Jamás te dejará si tú no le dejas Sobre el Espíritu Santo, n. 30, 4


«Le pediré al Padre, y Él os dará otro Defensor que estará siempre con vosotros» 

    Así como Jesucristo predicaba, así ahora el Espíritu Santo predica; así como enseñaba, así el Espíritu Santo enseña; así como Cristo consolaba, el Espíritu Santo consuela y alegra. ¿Qué pides? ¿Qué buscas? ¿Qué quieres más? ¡Que tengas tú dentro de ti un consejero, un administrador, uno que te guíe, que te aconseje, que te esfuerce, que te encamine, que te acompañe en todo y por todo! Finalmente, si no pierdes la gracia, andará tan a tu lado, que nada puedas hacer, ni decir, ni pensar que no pase por su mano y santo consejo. Será tu amigo fiel y verdadero; jamás te dejará si tú no le dejas.

    Así como Cristo, estando en esta vida mortal, obraba grandes sanidades y misericordias en los cuerpos de los que lo habían menester y lo llamaban, así este Maestro y Consolador obra estas obras espirituales en las ánimas donde Él mora. Sana los cojos, hace oír a los sordos, da vista a los ciegos, encamina a los errados, enseña a los ignorantes, consuela a los tristes, da esfuerzo a los flacos. Como Cristo andaba entre los hombres haciendo estas tan santas obras, y así como estas obras no las pudiera hacer si no fuera Dios, y las hizo en aquel hombre y las llamamos obras que hizo Dios y hombre, así estas otras que hace acá el Espíritu Santo en el corazón donde mora, las llamamos obras del Espíritu Santo con el hombre como menos principal.

    ¿No se llama desdichado y malaventurado quien no tiene esta unión, quien no tiene tal huésped en su casa? Decidme, ¿lo habéis recibido? ¿Lo habéis llamado? ¿Le habéis importunado que venga? ¡Que Dios sea con vosotros! no sé cómo vosotros podéis vivir sin tanto bien. Mirad todos los bienes, todas las mercedes y misericordias que Cristo vino a hacer a los hombres, todas ésas hace este Consolador en nuestras almas.

SANTORAL - SAN JUAN DE ÁVILA

10 de Mayo


     Nació en Almodóvar del Campo, Ciudad Real, España, el 6 de enero de 1499 o 1500. Sus padres eran propietarios de unas minas de plata en Sierra Morena, pero el pequeño Juan no estimaba en nada los recursos que poseía. Formado por ellos en la abnegación y el amor al prójimo, se desprendía de sus pertenencias fácilmente. Así, se deshizo de su sayo nuevo que ofreció a un niño pobre. Fue enviado a estudiar a Salamanca cuando tenía 14 años. Y a los 18 regresó al domicilio paterno después de haber cursado leyes, con el reducto espiritual que le dejó una experiencia de conversión. Vivió en oración y penitencia hasta que en 1520, alentado por un franciscano, partió a Alcalá de Henares para seguir estudios. Tomó contacto con el que luego sería arzobispo de Granada, Pedro Guerrero, y con el venerable Fernando de Contreras. Seguramente conoció allí a san Ignacio de Loyola. Entretanto, perdió a sus padres. En honor a ellos, cuando en 1526 fue ordenado sacerdote eligió su ciudad natal para decir su primera misa poniendo el signo de invitar a doce pobres a comer a su mesa, entre los cuales repartió sus bienes; comenzó la evangelización en su propio pueblo.

    Su siguiente etapa fue Sevilla, desde cuyo puerto pensaba embarcar rumbo a América junto al recién elegido obispo de Tlaxcala, Nueva España. Los planes de la providencia eran otros. En el compás de espera compartió sus ansias de pobreza, oración y sacrificio con el P. Contreras. Ambos asistían a los pobres y les instruían en la fe. A través de este compañero, la brújula marcó al santo otro destino para su vida. Contreras le habló de él a Mons. Manrique, arzobispo de Sevilla, y éste pidió a Juan que predicara en su presencia. Estuvo toda la noche orando ante el crucifijo, lleno de gran timidez. Según confesó después, en esos momentos pensaba en la vergüenza que Cristo pasó desnudo en la cruz. El sermón causó tal impresión que le llenaron de alabanzas, y él respondió: «Eso mismo me decía el demonio al subir al púlpito». De allí partió a Écija, Sevilla y Cádiz, lugares en los que su predicación y labor como director espiritual siguieron siendo excepcionales. Sus acciones le acarrearon persecuciones y enemistades. En 1531 fue procesado por la Inquisición siendo acusado de graves hechos que no cometió. Pasó un año en la cárcel sin aceptar defensa alguna porque –así lo reconocía–, estaba en las mejores manos: las de Dios. La celda fue lugar de celestiales consuelos. En el juicio respondió a los cargos que se le imputaban dando testimonio de su fe, sin reprobar a los cinco testigos de la acusación. De pronto aparecieron 55 que testificaron a favor suyo. En prisión escribió Audi, Filia. Este periodo le enseñó mucho más que los libros y experiencias anteriores. Fue liberado, pero la injusta sentencia señalaba «haber proferido en sus sermones y fuera de ellos algunas proposiciones que no parecieron bien sonantes». Y le impusieron, bajo pena de excomunión, que las declarase convenientemente donde las hubiera expuesto.

    En 1535 partió a Córdoba llamado por el obispo Álvarez de Toledo. Entonces conoció a fray Luis de Granada. Creó los colegios de san Pelagio y de la Asunción, y un año más tarde se fue a Granada para ayudar al arzobispo en la fundación de la universidad. Allí le oyeron predicar san Juan de Dios y san Francisco de Borja; el influjo de sus palabras cambió radicalmente sus vidas. Tenía gran devoción por el Santísimo Sacramento y por la Virgen. Y sabiendo de su capacidad persuasiva, un día le pidieron que abogase a favor de un templo dedicado a María que se estaba construyendo. Se ofreció él mismo de inmediato: «Yo iré allí, y tomaré una piedra sobre mis hombros para ponerla en la casa que se edifica a honra de la Madre de Dios». Desde luego, como esperaban, movió la generosidad de la gente. Hasta los pobres respondieron a sus peticiones con sus mermadas pertenencias. La clave de su fuerza en los sermones se hallaba en el«amar mucho a Dios». Oración, sacrificio y estudio eran sus pilares. A su espíritu de pobreza unía paciencia, modestia, prudencia, abnegación, discreción; hacía de la frugalidad virtud ejemplar dando testimonio con su propia vida de lo que predicaba. Renunció a dignidades cardenalicias y episcopales. Formó en Granada un grupo sacerdotal en 1537, que tuvo bajo su amparo, y en 1539 ayudó a la fundación de la universidad de Baeza, Jaén. Gran escritor y predicador, su amor por el sacerdocio le llevó a pedir la creación de seminarios para una verdadera reforma de la Iglesia y del clero. En 1551 enfermó y tuvo que permanecer en la localidad cordobesa de Montilla. Durante quince años siguió escribiendo y aconsejando a personas de toda clase, edad, condición y procedencia. Estuvo relacionado con san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Jesús, quien le dio a examinar el «Libro de su vida», y causó gran influjo en san Antonio María Claret. En mayo de 1569 su salud, que ya venía lesionada de atrás, empeoró. En medio del dolor, exclamaba: «Señor mío, crezca el dolor, y crezca el amor, que yo me deleito en el padecer por Vos» o «¡Señor, más mal, y más paciencia!». Esa era su disposición. Pero cuando le vencía le debilidad, manifestaba: «¡Ah, Señor, que no puedo!». Incluso una noche en la que arreciaron los dolores pidió a Dios que los erradicara, y así sucedió. A la mañana siguiente reconoció: «¡Qué bofetada me ha dado Nuestro Señor esta noche!». Pronto a partir de este mundo, no hallaba mayor consuelo que la recepción de la Eucaristía. «¡Denme a mi Señor, denme a mi Señor!», suplicaba. En los postreros instantes, en medio de intensísimo dolor y fatiga que le hacía proferir: «Bueno está ya, Señor, bueno está», no cesaba de recitar esta jaculatoria: «Jesús, María; Jesús, María». Murió el 10 de mayo de 1569. León XIII lo beatificó el 4 de abril de 1894. Pío XII lo designó patrono del clero secular español el 2 de julio de 1946. Pablo VI lo canonizó el 31 de mayo de 1970. Y el 7 de octubre de 2012 Benedicto XVI lo declaró doctor de la Iglesia.

Oremos

    Señor Dios todopoderoso, que de entre tus fieles elegiste a San Juan de Ávila para que manifestara a sus hermanos el camino que conduce a ti, concédenos que su ejemplo nos ayude a seguir a Jesucristo, nuestro maestro, para que logremos así alcanzar un día, junto con nuestros hermanos, la gloria de tu reino eterno. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. Amén

-FRASE DEL DÍA-

 


jueves, 7 de mayo de 2026

-PROPÓSITO DEL DÍA- "Para que por la práctica de los consejos evangélicos y la vida de oración, podamos crecer en el amor a Dios y nuestros hermanos"



 

EVANGELIO - 08 de Mayo - San Juan 19,25-27.


     Libro de Isaías 35,1-6a.10.

    ¡Regocíjese el desierto y la tierra reseca, alégrese y florezca la estepa!
    ¡Sí, florezca como el narciso, que se alegre y prorrumpa en cantos de júbilo! Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios.
    Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes;
digan a los que están desalentados: "¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios! Llega la venganza, la represalia de Dios: él mismo viene a salvarlos!".
    Entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos; entonces el tullido saltará como un ciervo y la lengua de los mudos gritará de júbilo. Porque brotarán aguas en el desierto y torrentes en la estepa; volverán los rescatados por el Señor; y entrarán en Sión con gritos de júbilo, coronados de una alegría perpetua: los acompañarán el gozo y la alegría, la tristeza y los gemidos se alejarán.


Evangelio según San Lucas 1,46-55.

María dijo entonces:
"Mi alma canta la grandeza del Señor,
y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador,
porque él miró con bondad la pequeñez de tu servidora.
En adelante todas las generaciones me llamarán feliz".
Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas:
¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación
sobre aquellos que lo temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos
y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su servidor,
acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres,
en favor de Abraham y de su descendencia para siempre".

    Libro de los Hechos de los Apóstoles 1,12-14.2,1-4.

    Los Apóstoles regresaron entonces del monte de los Olivos a Jerusalén: la distancia entre ambos sitios es la que está permitida recorrer en día sábado.
    Cuando llegaron a la ciudad, subieron a la sala donde solían reunirse. Eran Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago.
    Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.
    Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar.
    De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban.
    Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos.
    Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.

    Evangelio según San Juan 19,25-27.

    Junto a la cruz de Jesús, estaba su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena.
    Al ver a la madre y cerca de ella al discípulo a quien él amaba, Jesús le dijo: "Mujer, aquí tienes a tu hijo".
    Luego dijo al discípulo: "Aquí tienes a tu madre". Y desde aquel momento, el discípulo la recibió en su casa.

    Palabra del Señor. 

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 08 de Mayo - «He aquí a tu madre»


San Buenaventura, obispo Conferencias: El dolor de María vino después Los siete dones del Espíritu Santo, conferencia VI, 15-21


«He aquí a tu madre» 

    La gloriosa Virgen ha pagado nuestro rescate como mujer valiente y animada por un amor de compasión hacia Cristo. En el evangelio de Juan se dice: «La mujer, cuando está apunto de dar a luz está triste porque ve venir su hora....» (Jn 16,21). La buenaventura Virgen no ha experimentado los dolores de parto porque no había concebido a consecuencia del pecado como Eva, contra la que fue pronunciada la maldición. El dolor de la Virgen vino después, ha dado a luz en la cruz. Las otras mujeres conocen el dolor físico del alumbramiento, ella experimentó el del corazón. Las otras sufren por una alteración física, ella por la compasión y el amor.

    La bienaventurada Virgen ha pagado nuestro rescate como mujer valiente y amando con amor de misericordia por el mundo y, sobre todo, por el pueblo cristiano. «¿Puede una madre olvidarse de su pequeño y no tener entrañas para el fruto de su seno? (cf Is 49,14) Esto nos puede dar a entender que el pueblo cristiano todo entero ha salido de las entrañas de la gloriosa Virgen. ¡Qué Madre tan llena de amor que tenemos! ¡Hagámonos semejantes a ella e imitémosla en su amor! Ella tuvo compasión de nosotros hasta el punto de no considerar para nada la pérdida material y el sufrimiento físico. «Hemos sido rescatados pagando un precio.» (cf 1Cor 6,20).

SOLEMNIDAD DE NUESTRA SEÑORA DE LUJÁN, PATRONA DE LA REPÚBLICA ARGENTINA

 08 de Mayo


  El Milagro de la Imagen

    Corría el mes de mayo de 1630 cuando la milagrosa imagen de la Virgen de Luján llegó a la Argentina. Antonio Farías Sáa, era un hacendado radicado en Sumampa (Santiago del Estero) que quería colocar en su estancia una capilla para la Virgen. Este hombre le pidió a un amigo que vivía en Brasil que le enviara una imagen que representara la Inmaculada Concepción de María. El amigo le envió dos, la que le había encargado y otra de la Virgen con el Niño Jesús. Cuando llegaron, fueron colocadas en una carreta y partieron en una caravana rumbo a Sumampa. La caravana se detuvo a orillas del río Luján a 67 kilómetros de Buenos Aires, en una hacienda, conocida como la estancia de Rosendo. Al llegar el otro día los carreteros iban a proseguir con el viaje, pero la carreta que llevaba la imagen no se movía, intentaron de todas las formas posibles que caminara, bajaron la mercadería, colocaron más bueyes, pero todo fue inútil, las dos imágenes estaban en el fondo de la carreta en dos pequeños cajones. Los carreteros retiraron una imagen y no se movió, la subieron y bajaron la otra, y la carreta marcho normalmente. En ese instante los hombres comprendieron que estaba ocurriendo algo milagroso. Al ver que la Virgen no quería marcharse se dirigieron a la casa más cercana, la de don Rosendo.

    La familia se emocionó al ver la imagen y la colocaron el su casa, la noticia corrió por toda la región, y se enteraron hasta en Buenos Aires. Las personas empezaron a viajar al lugar, entonces don Rosendo construyó una pequeña capilla, entre los pajonales de la pampa, en este lugar permaneció la virgencita desde 1630 hasta 1674.

El Negro Manuel

    Este hombre dedicó toda su vida, desde que llegó a la Argentina, a cuidar a la Virgen de Luján. Fue traído de África y vendido como esclavo en Brasil. Llegó al Río de la Plata a los 20 años de edad, en la embarcación en donde venia la bendita imagen, presenció el milagro en la estancia de don Rosendo. Se desconoce quien era su dueño, pero Manuel permaneció en la estancia al cuidado de la imagen, consagrando su vida al atención de la santísima Virgen.
La tradición nos dice que Manuel, realizaba curas milagrosas con el sebo de las velas de la capilla y relataba a los peregrinos los viajes de la Santa Virgen, que salía de noche para dar consuelo a los afligidos. Manuel guardaba de los viajes de la Señora los abrojos se desprendían del vestido de la Virgen. Con los años, don Rosendo falleció y el lugar quedo casi abandonado, pero éste hombre fue siempre fiel y continuó al servicio de la Virgen.

Doña Ana Mattos

    Doña Ana Mattos, viuda de Siqueyras era una señora que tenía gran cantidad de tierras a orillas del río Luján, ella quería llevar la imagen a su casa y realizarle una capilla, para ello en el año 1674, habló con el Cura Juan de Oramas, administrador de los bienes de don Rosendo y la colocó en su casa, pero la Santa Virgen desapareció y la encontraron en su antigua ermita (capilla), doña Ana volvió a llevar la imagen a su casa y por segunda vez regresó a la estancia de don Rosendo.

    La dama consultó entonces a las autoridades eclesiásticas y civiles, quienes viajaron al lugar y examinaron lo sucedido, esta vez la Virgen fue trasladada en una devota peregrinación y en compañía de Manuel. Desde ese momento la imagen no retornó más a su antigua capilla.

    Luego de confirmar la veracidad de lo sucedido la Autoridad Eclesiástica, autorizó oficialmente el culto público a la "Pura y Limpia Concepción del Río Luján". Doña Ana donó el terreno para la realización del nuevo templo en el año 1677 lugar en donde actualmente se encuentra la hermosa Basílica de Luján.

Don Pedro de Montalbo

    El clérigo don Pedro de Montalbo estaba muy enfermo y desahuciado, en 1684 viajó a Luján, casi moribundo fue llevado a la capilla. El Negro Manuel le ungió el pecho con el sebo de la lámpara que ardía en el altar y le dio de beber una infusión con abrojos de los que solía desprender del vestido de la Virgen. Don Pedro sanó milagrosamente y agradecido se quedó como primer capellán.

El pueblo de Luján

    El lugar empezó a poblarse con los devotos de la Virgen. De esta forma el paraje se convirtió en una aldea que se llamó Pueblo de Nuestra Sra. de Luján, en 1755 se le otorgó el título de Villa.

    La devoción por la Virgen fue creciendo año tras año, así como los milagros que ocurrían y el 23 de octubre de 1730, Luján era instituida Parroquia. El cura párroco don José de Andújar deseaba ampliar el templo y junto al Obispo Fray Juan de Arregui, iniciaron la construcción, pero esta no llegó a buen término porque después de grandes contratiempos terminó por desplomarse.

Don Juan de Lezica y Torrezuri

    Este hombre nacido en Vizcaya, España, estaba muy enfermo y fue curado milagrosamente por la Santísima Virgen de Luján. Don Juan, en agradecimiento se entregó por completo a la creación del nuevo templo y a fines de 1754 se inició la construcción, en 1763 se terminó felizmente la obra y los cabildantes de Luján eligieron y juraron a Nuestra Señora por celestial Reina y Patrona.

El Padre Salvaire

    Hacia el año 1872, el Arzobispo de Buenos Aires, Monseñor Federico Aneiros, entregó la custodia del templo a los sacerdotes de la congregación de la Misión, conocidos como Padres Lazaristas. En aquel entonces el teniente Cura Jorge María Salvaire fue herido en un viaje por los indios y estuvo al borde de la muerte, en ese momento realizó una promesa a la Santísima Virgen y milagrosamente fue sanado.

    La promesa del Padre Salvaire fue, "Publicaré tus milagros..., engrandeceré tu Iglesia" En cumplimiento de este voto, publicó en 1885 la "Historia de Nuestra Sra. de Luján". En 1889 fue nombrado Cura Párroco de Luján y dedicó su vida y esfuerzos para edificar la gran Basílica, con el apoyo de Monseñor Aneiros y la colaboración de sus compañeros de Congregación, inició la construcción de la actual Basílica Nacional.

    Cuando falleció en 1899, la obra continuó en las manos del Padre Dávani, quien murió en 1922, para ese entonces el Santuario ya estaba terminado en su estructura fundamental.

La Solemne Coronación de la Virgen de Luján

    EL Padre Salvaire, en 1886, presentó al Papa León XIII, la petición del Episcopado y de los fieles del Río de la Plata para la coronación de la Virgen, el Pontífice bendijo la corona y le otorgó Oficio y Misa propios para su festividad, que quedó establecida en el sábado anterior al IV domingo después de Pascua. La Coronación se realizó en mayo de 1887.

La Basílica de Luján

    El Santuario de Luján es de estilo gótico ojival del siglo XIII. Sus dimensiones son: anchura en el crucero, 68,50 m.; longitud, 104 metros; anchura de frente, 42 m.; altura en las dos torres mayores, 106 m. El 8 de diciembre de 1930, el Papa Pío XII, le otorgó oficialmente el título de Basílica.

La Imagen de la Virgen de Luján

    La imagen es pequeña (38 centímetros), está modelada en arcilla cocida (terracota), su rostro es ovalado, de color moreno. Los pies de la Santa Imagen se apoyan sobre nubes, desde las cuales surge una media luna y cuatro cabezas de querubines, con sus pequeñas alas desplegadas. Está cubierta con vestiduras: túnica blanca y manto azul-celeste. Tiene las manos juntas en el pecho.

    El Padre Salvaire hizo recubrir la Santa imagen con una coraza de plata para impedir su deterioro. Antes de esta operación se sacaron moldes que permitieron su reproducción auténtica.
En 1887, el Padre colocó la Imagen sobre una base de Bronce, le adosó la rayera gótica con la inscripción: "Es la Virgen de Luján la primera Fundadora de esta Villa" y una aureola de doce estrellas. Ornamentada en esta forma, fue coronada con la corona Imperial bendecida por León XIII.

    El 3 de diciembre de 1871 se realizó la primera peregrinación general al Santuario de Luján, desde entonces millones de personas concurren cada año. Es uno de los centros de peregrinación más importantes de Latinoamérica. Actualmente, la fiesta principal se celebra el 8 de mayo.


Oremos

    ¡Oh Santísima Virgen!¡Coronada Reina de Luján! Dios me ha creado para la gloria eterna. ¡A! ¿Quién me diera alas de paloma para volar a esta morada de felicidad? ¿Quién me abriera las puertas del cielo, y me ayudara a subir hasta el pie del trono del Altísimo? Conceded, ¡Oh Santísima Virgen de Luján! vuestra protección a este siervo vuestro que gime en medio de este valle de lágrimas y sólo recibe consuelo celebrando vuestras glorias; ayudadle, a fin de que después de haberos honrado en la tierra, merezca alabaros en el cielo, por los siglos de los siglos. Así sea.

-FRASE DEL DÍA-