martes, 1 de agosto de 2023

BIENAVENTURANZAS DEL MISIONERO

 

    La misión, la “Iglesia en salida” no es un programa, una intención que se logra mediante un esfuerzo de voluntad. Es Cristo quien saca a la Iglesia de sí misma. En la misión de anunciar el Evangelio, te mueves porque el Espíritu te empuja y te trae» (Sin Él no podemos hacer nada, LEV-San Pablo, 2019, 16-17). Dios siempre nos ama primero y con este amor nos encuentra y nos llama. Nuestra vocación personal viene del hecho de que somos hijos e hijas de Dios en la Iglesia, su familia, hermanos y hermanas en esa caridad que Jesús nos testimonia. Sin embargo, todos tienen una dignidad humana fundada en la llamada divina a ser hijos de Dios, para convertirse por medio del sacramento del bautismo y por la libertad de la fe en lo que son desde siempre en el corazón de Dios.

    Papa Francisco - extracto "Mensaje por la Jornada mundial de las misiones 2020"

-PROPÓSITO DEL DÍA- "Para que por la práctica de los consejos evangélicos y la vida de oración, podamos crecer en el amor a Dios y nuestros hermanos"



 

EVANGELIO - 2 de Agosto - San Mateo 13,44-46.


    Libro del Exodo 34,29-35.

    Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí, trayendo en sus manos las dos tablas del Testimonio, no sabía que su rostro se había vuelto radiante porque había hablado con el Señor.
    Al verlo, Aarón y todos los israelitas advirtieron que su rostro resplandecía, y tuvieron miedo de acercarse a él.
    Pero Moisés los llamó; entonces se acercaron Aarón y todos los jefes de la comunidad, y él les habló.
    Después se acercaron también todos los israelitas, y él les transmitió las órdenes que el Señor le había dado en la montaña del Sinaí.
    Cuando Moisés terminó de hablarles, se cubrió el rostro con un velo.
    Y siempre que iba a presentarse delante del Señor para conversar con él, se quitaba el velo hasta que salía de la Carpa. Al salir, comunicaba a los israelitas lo que el Señor le había ordenado, y los israelitas veían que su rostro estaba radiante. Después Moisés volvía a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba de nuevo a conversar con el Señor.


Salmo 99(98),5.6.7.9.

Glorifiquen al Señor, nuestro Dios,
adórenlo ante el estrado de sus pies.
¡Santo es el Señor!
Moisés y Aarón, entre sus sacerdotes,

y Samuel, entre los que invocaban su Nombre,
clamaban al Señor y él les respondía.
Dios les hablaba desde la columna de nube;
ellos observaban sus mandamientos

y los preceptos que les había dado.
Glorifiquen al Señor, nuestro Dios,
y adórenlo en su santa Montaña:
el Señor, nuestro Dios, es santo.


    Evangelio según San Mateo 13,44-46.


    Jesús dijo a la multitud: "El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
    El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró."

    Palabra del Señor

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 2 de Agosto - "El tesoro escondido en el campo de las Escrituras"


San Ireneo de Lyon (c. 130-c. 208) obispo, teólogo y mártir Contra las herejías IV, 26; SC 100, pág. 711


"El tesoro escondido en el campo de las Escrituras"

    Cristo era presente en todos aquellos a quienes, desde el comienzo, Dios comunicaba su palabra, su verbo. Si alguien lee las Escrituras en esta perspectiva, encontrará la referencia a Cristo y una prefiguración de un nuevo llamamiento. Porque él es “el tesoro escondido en el campo”, es decir, en el mundo. (cf Mt 13,38) Tesoro escondido en las Escrituras porque había sido prefigurado en figuras y parábolas que, humanamente hablando, no podían ser comprendidas antes del cumplimiento de las profecías, es decir, antes de la venida del Señor. Por esto fue dicho al profeta Daniel: “...mantén ocultas estas palabras y ten sellado el libro hasta que llegue el momento final.” (Dn 12,4) También Jeremías dice: “Sólo después lo comprenderéis” (cf Jr 23,20)… La ley leída por los cristianos es un tesoro escondido antiguamente en un campo, pero fue revelado en la cruz de Cristo. … La cruz manifiesta la sabiduría de Dios, da a conocer sus designios en vista a la salvación de la humanidad, prefigura el Reino de Cristo, anuncia la buena noticia de la herencia de la Jerusalén santa, anuncia que la persona que ama a Dios progresará hasta ver a Dios y comprender su palabra y será glorificado por esta palabra... Así el Señor explica las Escrituras a sus discípulos después de la resurrección, afirmando por ellas que “era necesario que Cristo sufriera para entrar en su gloria.” (Lc 24,26) Si pues alguien lee así las Escrituras, será un discípulo perfecto “que es como un padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas.” (Mt 13,52)

SANTORAL - SAN PEDRO JULIÁN EYMARD

02 de Agosto


    San Pedro Julián Eymard, presbítero, el cual fue primeramente sacerdote diocesano y después miembro de la Compañía de María. Adorador eximio del misterio eucarístico, instituyó dos nuevas congregaciones, una de clérigos y otra de mujeres, para fomentar y difundir la piedad Pedro Julián nació en un pueblito de la diócesis francesa de Grénoble, llamado Mure d'Isére, en el año 1811. En la misma diócesis ocurrieron las apariciones de la Virgen en La Salette. Trabajó con su padre en su fábrica de cuchillos y mas tarde en una prensa de aceite, hasta que cumplió 18 años. En sus horas libres estudiaba latín y recibía clases de un sacerdote de Grénoble, con quien también trabajo por un tiempo.

    En 1831 entra en el seminario de Grénoble y en tres años es ordenado sacerdote. En sus primeros cinco años de sacerdote sirvió en una parroquia en Chatte y Monteynard. Luego pidió permiso al obispo para ingresar en la Congregación de los Maristas. El obispo le concede diciendo: "La mejor prueba de estima que puedo dar a esa congregación es permitir a un sacerdote como vos ingresar en ella". Al terminar su noviciado, Pedro Julián fue nombrado director espiritual del seminario menor de Belley y más tarde fue elegido provincial de Lyon en 1845.

    El centro de su vida espiritual había sido siempre la devoción al Santísimo Sacramento. El santo decía: "Sin Él, perdería yo mi alma". El santo nos relata una experiencia extraordinaria en una procesión de Corpus Christi, mientras llevaba al Santísimo en sus manos: "Mi alma se inundó de fe y de amor por Jesús en el Santísimo Sacramento. Las dos horas pasaron como un instante. Puse a los pies del Señor a la Iglesia de Francia, al mundo entero, a mi mismo. Mis ojos estaban llenos de lágrimas, como si mi corazón fuese un lagar. Hubiese yo querido en ese momento que todos los corazones estuvieran con el mío y se incendiaran con un celo como el de San Pablo".

    Hizo una peregrinación al Santuario de Nuestra Señora de Fourviéres en 1851: "Me obsesionaba la idea de que no hubiese ninguna congregación consagrada a glorificar al Santísimo Sacramento, con una dedicación total. Debía existir esa congregación ... Entonces prometí a María trabajar para ese fin. Se trataba aún de un plan muy vago y no me pasaba por la cabeza abandonar la Compañía de María...¡Qué horas tan maravillosas pasé ahí! ".

     Fue aconsejado por sus superiores a no tomar ninguna decisión hasta que su proyecto estuviera más maduro. Después de 4 años en la Seyne, alentado por los mismos fundadores de los Maristas, Pío IX y el venerable Juan Colin, decide salir de la Compañía de María para fundar la nueva Congregación de Sacerdotes adoradores del Santísimo Sacramento, en 1856. Presenta su plan al Monseñor Sibour, Arzobispo de París. Recibió la aprobación de Mons. Sibour a los 12 días.

    Pedro Julián junto con un compañero se instaló en la casa que el mismo Monseñor puso a su disposición. El 6 de enero de 1857, en la capilla de la casa, Julián por primera vez expuso el Santísimo Sacramento y predicó en la nueva congregación. El Padre Eymard tuvo que enfrentar muchas críticas por haberse salido de la Compañía de María y sufrió oposición a su obra. El Santo les decía: "No comprenden la obra y creen que hacen bien en oponerse a ella. Ya sabía yo que la obra iba a ser perseguida. ¿Acaso el Señor no fue perseguido durante su vida?".

    Muchos eran los llamados, pero pocos los escogidos. Los P.P. de Cuers y Champion fueron los primeros miembros de la Congregación. El progreso fue lento y con muchas dificultades. Tuvieron que cambiar de casa. En 1858 consiguieron una capillita en el suburbio de Saint-Jacques. El P. Eymard llamó a ese lugar "la capilla de los milagros" porque por 9 años, el Señor se derramó allí en abundancia. El Santísimo se exponía 3 veces por semana. El siguiente año, Pío IX emitió un breve en alabanza a la congregación.

    Se abre la segunda casa en Marsella y la tercera en Angers en 1862. Para entonces habían suficientes miembros para establecer un noviciado regular. Los sacerdotes rezan el oficio divino en coro y ejercen ministerios pastorales. Su principal misión es la adoración del Santísimo Sacramento, en lo cual ayudan los hermanos legos.

    El P. Eymard funda la congregación de las Siervas del Santísimo Sacramento en 1852, también dedicadas a la adoración perpetua y a propagar el amor al Señor. También funda la Liga Eucarística Sacerdotal cuyos miembros se comprometen a una hora diaria de oración ante el Santísimo. Trabajar con los sacerdotes y religiosas no fue su único objetivo. Funda la "Obra de Adultos", organización que se dedica a preparar a hombres y mujeres adultos para la primera comunión cuando por razón de edad o trabajo no podían asistir a la catequesis parroquial.

    Organizó la Archicofradía del Santísimo Sacramento que luego el derecho canónico ordena establecer en todas las parroquias. Escribió varias obras sobre la Eucaristía que han sido traducidas a varios idiomas. Muchos lo consideraban un verdadero santo, se le notaba en todo: en su vida diaria llena de obras y virtudes, en especial el amor, y en sus dones sobrenaturales. Tenía visiones proféticas, adivinaba los pensamientos y leía los corazones.

    San Juan Bautista Vianney lo conoció personalmente y dijo de él: "Es un santo. El mundo se opone a su obra porque no la conoce, pero se trata de una empresa que logrará grandes cosas por la gloria de Dios. ¡Adoración Sacerdotal, que maravilla! ... Decid al P. Eymard que pediré diariamente por su obra". En sus últimos años de vida, el P. Eymard tuvo una gota reumática, padecía de insomnio y otras tantas enfermedades. A sus sufrimientos se añadían innumerables dificultades.

    Una vez dejó ver el desaliento que sufría, según escribe el P. Mayet en 1868: "Nos abrió su corazón y nos dijo: 'Estoy abrumado bajo el peso de la cruz, aniquilado, deshecho'. Necesitaba el consuelo de un amigo, ya que, según nos explicó: 'Tengo que llevar la cruz totalmente solo para no asustar o desalentar a mis hermanos' ". Presentía su muerte. Su hermana le pidió en febrero que fuera con más frecuencia a Mure, el le dijo: "Volveré más pronto de lo que imaginas".

    El P. Eymard fue a visitar a sus amigos y penitentes, hablándoles como si fuese la última vez que los veía. El 21 de febrero el Padre Eymard salió de Grénoble rumbo a la Mure. Por el intenso calor y cansancio, llega casi sin conocimiento y con un ataque de parálisis parcial. Muere el 1 de agosto. Antes de finalizar ese año ocurren varios milagros en su tumba. En 1895 la Santa Sede confirmó la Congregación "in perpetuum".

    El Padre Eymard es beatificado en 1925 y es canonizado el 9 de diciembre de 1962 por S.S. Juan XXIII. J.M. Lambert, Colección Les Saints (1925).

Oremos

    Señor Dios, que llenaste el corazón de San Pedro Julián Eymard con un gran amor a los sagrados misterios del Cuerpo y Sangre de tu Hijo, concédenos recibir de cada eucaristía una abundante fortaleza espiritual. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén

-FRASE DEL DÍA-



 

lunes, 31 de julio de 2023

-PROPÓSITO DEL DÍA- "Para que por la práctica de los consejos evangélicos y la vida de oración, podamos crecer en el amor a Dios y nuestros hermanos"



 

EVANGELIO - 1 de Agosto - San Mateo 13,36-43.


   Libro del Exodo 33,7-11.34,5b-9.28.

    Moisés tomó la Carpa. la instaló fuera del campamento, a una cierta distancia, y la llamó Carpa del Encuentro. Así, todo el que tenía que consultar al Señor debía dirigirse a la Carpa del Encuentro, que estaba fuera del campamento.
    Siempre que Moisés se dirigía hacia la Carpa, todo el pueblo se levantaba, se apostaba a la entrada de su propia carpa y seguía con la mirada a Moisés hasta que él entraba en ella.
    Cuando Moisés entraba, la columna de nube bajaba y se detenía a la entrada de la Carpa del Encuentro, mientras el Señor conversaba con Moisés.
    Al ver la columna de nube, todo el pueblo se levantaba, y luego cada uno se postraba a la entrada de su propia carpa.
    El Señor conversaba con Moisés cara a cara, como lo hace un hombre con su amigo. Después Moisés regresaba al campamento, pero Josué - hijo de Nun, su joven ayudante - no se apartaba del interior de la Carpa.
    El Señor descendió en la nube, y permaneció allí, junto a él.    Moisés invocó el nombre del Señor.
    El Señor pasó delante de él y exclamó: "El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad.
    El mantiene su amor a lo largo de mil generaciones y perdona la culpa, la rebeldía y el pecado; sin embargo, no los deja impunes, sino que castiga la culpa de los padres en los hijos y en los nietos, hasta la tercera y cuarta generación."
    Moisés cayó de rodillas y se postró, diciendo: "Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que este es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia".
    Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches, sin comer ni beber. Y escribió sobre las tablas las palabras de la alianza, es decir, los diez Mandamientos.


Salmo 103(102),6-7.8-9.10-11.12-13.

El Señor hace obras de justicia
y otorga el derecho a los oprimidos;
él mostró sus caminos a Moisés
y sus proezas al pueblo de Israel.

El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
No acusa de manera inapelable
ni guarda rencor eternamente;

no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas.
Cuanto se alza el cielo sobre la tierra,
así de inmenso es su amor por los que lo temen;

cuanto dista el oriente del occidente,
así aparta de nosotros nuestros pecados.
Como un padre cariñoso con sus hijos,
así es cariñoso el Señor con sus fieles.


    Evangelio según San Mateo 13,36-43.

    Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña en el campo".
    El les respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.
    Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo.
    El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes.
    Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!"

    Palabra del Señor

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 1 de Agosto - «Los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre»


        San Hilario de Poitiers, obispo Tratado sobre la Trinidad: De Trinitate, XI, 39-40
  

«Los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre» 

    «Cristo le devolverá el Reino a su Padre», dice san Pablo (1Co 15,24), no en sentido de que renunciaría a su poder devolviéndole su Reino, sino porque somos nosotros quienes seremos el Reino de Dios, cuando hayamos sido hechos conforme a la gloria de su cuerpo, constituidos Reino de Dios por la glorificación de su cuerpo. Es a nosotros a quienes devolverá al Padre, como Reino, según lo que está dicho en el Evangelio: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo» (Mt 25,34).

    «Los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre». Porque el Hijo le entregará a Dios, como su Reino, a aquellos a los que convidó a su Reino, a aquellos a quienes prometió la bienaventuranza de este misterio, por estas palabras: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8)… he aquí que aquellos que devuelve a su Padre como su Reino, ven a Dios.

    El Señor mismo explicó a sus apóstoles en qué consiste este Reino: «El Reino de Dios está dentro de vosotros» (Lc 17,21). Y si alguno quiere saber quién es el que devuelve el Reino, que escuche: «Cristo resucitó de entre los muertos, para ser entre los muertos el primer resucitado. Ya que la muerte vino por un hombre, también por un hombre viene la resurrección » (1Co 15,20-21). Todo esto concierne al misterio del Cuerpo, porque Cristo es el primer resucitado de entre los muertos… Es pues, para el progreso de la humanidad asumida por Cristo, que «Dios lo será todo en todos» (1Co 15,28).

SANTORAL - SAN ALFONSO MARÍA LIGORIO

01 de Agosto


    Memoria de San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia, que refulgió por su celo por las almas y por sus escritos, su palabra y su ejemplo. A fin de promover la vida cristiana en el pueblo, trabajó infatigablemente predicando y escribiendo, especialmente sobre teología moral, disciplina en la que es considerado maestro, y tras muchos obstáculos, fundó la Congregación del Santísimo Redentor, para evangelizar a la gente falta de formación. Elegido obispo de Sant'Agata dei Goti, se entregó de modo excepcional a este ministerio, que tuvo que dejar quince años después aquejado por graves enfermedades, y pasó el resto de su vida en Nocera dei Pagani, en Campaña, entre grandes sacrificios y dificultades.

    San Alfonso nació cerca de Nápoles en 1696. Sus padres eran don José de Liguori, capitán de las galeras del rey, y Doña Ana Cavalieri. Ambos esposos eran tan distinguidos como virtuosos. El santo recibió en el bautismo los nombres de Alfonso María Antonio Juan Francisco Cosme Damián Miguel Gasllar; pero prefería que le llamasen simplemente Alfonso María. El padre de Alfonso, deseaba que su primogénito recibiese una educación muy esmerada y le nombró tutores desde muy niño. Empezó a estudiar jurisprudencia a los trece años y a los dieciséis, por privilegio especial, pudo presentar en la Universidad de Nápoles el examen de doctorado en derecho civil y canónico y obtuvo el título por aclamación. Una leyenda afirma que Alfonso no perdió un solo caso en los ocho años que ejerció la abogacía. En 1717, Don José arregló el matrimonio para su hijo, pero la boda no llegó a celebrarse. Alfonso siguió trabajando como hasta entonces. Durante un par de años, el joven se resfrió un tanto en su vida religiosa y concibió cierto gusto por la vida social, aunque conservó siempre el propósito de no cometer un solo pecado mortal. Alfonso era muy afecto a oír música en el teatro, pero además se presentaban ahí otros espectáculos indecorosos. Para evitarlos, como Alfonso era muy miope, le bastaba quitarse los anteojos cuando se levantaba el telón, oír la buena música y no ver el mal espectáculo. En la cuaresma de 1722 hizo un retiro en el convento de los lazaristas; ello y la recepción del sacramento de la confirmación en el otoño del mismo año, reavivaron su fervor, de suerte que, en la cuaresma del año siguiente, el joven hizo voto de virginidad y de abandonar el ejercicio de su profesión en cuanto comprendiese que Dios se lo pedía. Pocos meses más tarde, Dios manifestó claramente su voluntad.

    Cierto noble napolitano había puesto pleito al gran duque de Toscana para obtener la posesión de una propiedad valuada en una suma altísima. Una de las partes contendientes, probablemente el noble napolitano, solicitó los servicios de Alfonso, y el discurso que éste pronunció en favor de su cliente, impresionó mucho a la corte. Pero cuando Alfonso terminó de hablar, el abogado de su adversario se contentó con decirle: «Todo vuestro discurso ha ido inútil, porque no habéis mencionado el punto del que depende esencialmente la solución del caso». Alfonso le pidió la prueba de ello, y el abogado le tendió un documento que Alfonso había leído varias veces, pero sin caer en la cuenta del sentido del párrafo subrayado. La cuestión que se trataba de aclarar era si la propiedad estaba sujeta a la ley de Lombardía o a las capitulares de Anjou. Ahora bien, el párrafo mencionado por el abogado del adversario resolvía la cuestión contra el cliente de Alfonso. Este guardó silencio un momento y después declaró: «Me he equivocado. Tenéis razón y habéis ganado la causa». Dicho esto, abandonó la sala. A pesar de la indignación de su padre, Alfonso se negó a seguir en el ejercicio de su profesión y a contraer matrimonio. En dos ocasiones, mientras visitaba a los enfermos del hospital de incurables, oyó una voz que le decía: «Abandona el mundo y entrégate a Mí». Alfonso se dirigió entonces a la iglesia de Nuestra Señora de la Misericordia, puso su espada sobre el altar y pidió ser admitido en el oratorio. Don José hizo lo imposible por disuadir a su hijo, pero al fin, viéndole tan decidido, le dio permiso de que recibiese la ordenación sacerdotal, a condición de que abandonase el oratorio y fuese a vivir a su casa. Siguiendo el consejo del P. Pagano, su director de conciencia, que era oratoriano, Alfonso aceptó la condición.

    Después de hacer los estudios sacerdotales en su casa, fue ordenado en 1726. Pasó los dos años siguientes en trabajos de misión en el reino de Nápoles, donde dejó huella. En los comienzos del siglo XVIII, se exageró en el púlpito la tendencia renacentista a la oratoria ampulosa y florida y, en el confesionario, el rigorismo jansenista. El padre Alfonso se rebeló contra ambas tendencias. Predicaba con tal sencillez, que alguien observó: «Es un placer escuchar vuestros sermones, porque os olvidáis de vos para predicar a Jesucristo». El santo decía más tarde a sus misioneros: «Emplead un estilo sencillo, pero trabajad a fondo vuestros sermones. Un sermón sin lógica resulta disperso y falto de gusto. Un sermón pomposo no llega a la masa. Por mi parte, puedo deciros que jamás he predicado un sermón que no pudiese entender la mujer más sencilla». El santo trataba a sus penitentes como almas que era necesario salvar y no como criminales que había que castigar para que volviesen al buen camino. Se dice que jamás rehusó la absolución a un penitente. Naturalmente, los métodos del padre Alfonso no agradaban a todos y no faltaba quien los mirase con suspicacia. El santo organizó en grupos a los «lazzaroni» de Nápoles para enseñarles la doctrina cristiana y la práctica de la virtud. En una ocasión, Alfonso reprendió a uno de los miembros porque ayunaba exageradamente, y a otro le dijo: «Dios quiere que comamos para vivir. Por consiguiente, cuando haya buena carne, comedla tranquilamente, pues os hará mucho bien». Los enemigos del santo se encargaron de desvirtuar esas palabras y transformar su sentido, afirmando que Alfonso se dedicaba a organizar la secta «de la buena carne» y que ello olía a epicureísmo, quietismo y otras herejías. Las autoridades civiles y eclesiásticas intervinieron en el asunto, arrestaron a algunas personas y obligaron a san Alfonso a explicarse. El arzobispo, después de oírle, le aconsejó únicamente que fuese más prudente: pero la secta «de la buena carne» siguió existiendo y se transformó, con el tiempo, en la gran Cofradía de las Capillas; sus miembros, que pertenecían a las clases trabajadoras, se reunían diariamente para orar en común y recibir instrucción en las capillas de la cofradía.

    En 1729, a los treinta y tres años de edad, San Alfonso abandonó la casa paterna y pasó a ejercer el cargo de capellán en un seminario en que se preparaban los misioneros destinados a China. Ahí conoció a Tomás Falcoia, con el que pronto trabó amistad. Tomás era un sacerdote de la edad de Alfonso, que había consagrado su vida a fundar un instituto, según una visión que tuvo en Roma. Pero hasta entonces, sólo había conseguido establecer un convento de religiosas en Scala, cerca de Amalfi, donde las religiosas se regían por las reglas de las visitandinas. Una de ellas, llamada María Celeste, comunicó al P. Falcoia que había tenido una revelación de las reglas que debían gobernar a la congregación, y el joven sacerdote quedó muy impresionado al ver que dichas reglas coincidían exactamente con las que le habían sido reveladas a él. San Alfonso empezó a interesarse en el asunto en 1730. Por la misma época, el P. Falcoia fue elegido obispo de Castellamare, lo que le permitió entrar de nuevo en contacto con las religiosas de Scala. Uno de los primeros actos de su episcopado fue invitar a Alfonso a predicar unos ejercicios a las religiosas. El hecho había de tener grandes consecuencias para todos.

    San Alfonso predicó los ejercicios y aprovechó la ocasión para investigar, con la precisión de un abogado, el asunto de las visiones de María Celeste, hasta que llegó a la conclusión de que se trataba realmente de una revelación y no de una alucinación. Así pues, con la autorización del obispo de Scala y el consentimiento de las religiosas, les aconsejó que se atuviesen a las reglas de la revelación de María Celeste. El día de la Transfiguración de 1731, las religiosas vistieron el nuevo hábito, rojo y azul, y abrazaron la estricta clausura y la vida de penitencia. Tales fueron los comienzos de la Congregación de las Redentoristas, que todavía existen en algunos países. San Alfonso se había encargado de explicar y comentar los puntos oscuros de la regla. Mons. Falcoia le propuso entonces que fundase una congregación de misioneros que se dedicasen a trabajar entre los campesinos. El santo aceptó, a pesar de la violenta tempestad que suscitó la empresa. En 1732, se trasladó de Nápoles a Scala, después de haberse despedido, con detenimiento y tristeza, de su padre. En noviembre del mismo año, fundó la Congregación del Santísimo Redentor, cuya primera casa pertenecía al convento de las religiosas. La congregación contaba con nueve postulantes. San Alfonso era el superior inmediato, Mons. Falcoia tomó por su cuenta la dirección general. Pero casi inmediatamente surgieron dificultades, pues unos sostenían que san Alfonso era la suprema autoridad de la congregación y otros apoyaban la causa del obispo. En una palabra, la congregación se vio pronto dividida por el cisma. Por otra parte, María Celeste partió a Foggia a fundar un nuevo convento, de suerte que, al cabo de cinco meses, el santo se encontró sólo con un hermano coadjutor. Sin embargo, más tarde se presentaron otros candidatos, y san Alfonso estableció la sede de la congregación en una casa más grande. En 1733, los nuevos misioneros predicaron en Amalfi con gran éxito. En enero del año siguiente, fundó otra casa en Villa degli Schiavi y se dedicó a misionar ahí. San Alfonso es tan famoso como moralista, como escritor y como fundador de los Redentoristas que, con frecuencia, se olvida su brillante actuación como misionero popular. De 1726 a 1752, san Alfonso predicó con enorme éxito en todo el reino de Nápoles, particularmente en las regiones rurales. Su confesonario estaba siempre asediado y Alfonso convertía a los pecadores más endurecidos a la práctica de los sacramentos, reconciliaba a los enemigos y restablecía la paz en las familias. De san Alfonso heredaron sus hijos la costumbre de volver a los pueblos misionados algunos meses después de las prédicas para confirmar y consolidar el trabajo.

    Pero las dificultades de la nueva congregación apenas habían comenzado. En el año de la fundación de Villa degli Schiavi, España reconquistó el Reino de Nápoles. Carlos III, monarca absolutista si los hubo, ocupaba el trono, y su primer ministro, el marqués Bernardo Tanucci, iba a ser durante toda su vida el gran enemigo de los Redentoristas. En 1737, un sacerdote poco honorable divulgó falsos rumores sobre los ocupantes de la casa de Villa degli Schiavi; algunos hombres armados atacaron a la comunidad y san Alfonso juzgó prudente suprimir esa fundación. Al año siguiente, se vio obligado a suprimir también la casa de Scala. Por otra parte, el cardenal Spinelli, arzobispo de Nápoles, encomendó al santo la organización de una gran misión en toda su arquidiócesis. San Alfonso la organizó y predicó durante dos años, hasta que la muerte de Mons. Falcoia le permitió volver a ocuparse de su congregación. En el capítulo que fue convocado, san Alfonso fue elegido superior general; el mismo capítulo general se encargó de redactar las constituciones. Los misioneros así reorganizados fundaron varias casas en los años siguiente, a pesar de la oposición de las autoridades españolas. El regalismo estaba a la orden del día, y el anticlericalismo implacable de Tanucci era una espada que amenazaba constantemente la vida de la nueva congregación. En 1748, san Alfonso publicó en Nápoles la primera edición de su «Teología Moral», en forma de comentario a la obra del P. Busenbaum, teólogo jesuita. La segunda edición, que fue propiamente la primera de la obra completa, apareció entre los años de 1753 y 1755. El Papa Benedicto XIV la aprobó y el éxito fue enorme, ya que san Alfonso trazaba con extraordinaria sabiduría el camino intermedio entre el rigorismo jansenista y el laxismo. Durante la vida del santo se publicaron siete ediciones más. Los jansenistas habían acabado por introducir en el pueblo la costumbre de comulgar muy de vez en cuando, con el pretexto de estar mejor preparados para recibir ese altísimo sacramento, y habían considerado la devoción a la Santísima Virgen como una superstición. San Alfonso atacó ambos errores y defendió sobre todo la devoción a Nuestra Señora, con la publicación de «Las Glorias de María» (1750).

    A partir de 1743, fecha de la muerte de Mons. Falcoia, san Alfonso desplegó una actividad increíble para guiar a su Congregación a través de los más peligrosos escollos, en el intento de obtener para ella la autorización regia; ayudaba a las almas, predicaba misiones en Nápoles y en Sicilia y escribía libros. Lo extraordinario era que aún encontraba tiempo para pintar y componer himnos y piezas musicales. Un prelado de Nápoles resumió la opinión popular en las siguientes palabras: «Si yo fuese Papa, le canonizaría sin hacer ningún proceso». El P. Mazzini escribía: «Cumplió de un modo perfectísimo el precepto divino de amar a Dios sobre todas las cosas, con todo su corazón y con todas sus fuerzas. Ello es patente a todos y particularmente a mí, que pasé tantos años con él. El amor de Dios resplandecía en todos sus actos y palabras: en su manera de hablar de Dios, en su recogimiento, en la devoción con que oraba ante el Santísimo Sacramento y en su continuo ejercicio de la presencia divina». San Alfonso era estricto, pero a la vez tierno y compasivo. Como él mismo había sufrido de escrúpulos, sabía comprender a quienes los padecían. En el proceso de beatificación, el P. Cajone afirmó: «A mi modo de ver, su virtud característica era la pureza de intención. Trabajaba siempre y en todo, por Dios, olvidado de sí mismo. En cierta ocasión nos dijo: `Por la gracia de Dios, jamás he tenido que confesarme de haber obrado por pasión. Tal vez sea porque no soy capaz de ver a fondo en mi conciencia, pero, en todo caso, nunca me he descubierto ese pecado con claridad suficiente para tener que confesarlo.'» Esto es verdaderamente extraordinario, si se tiene en cuenta que san Alfonso era un napolitano de temperamento apasionado y violento, que podía haber sido fácilmente presa de la ira, del orgullo y de la precipitación.

    A los sesenta y cinco años, san Alfonso fue nombrado por el papa Clemente XIII obispo de Santa Ágata dei Goti, situada entre Benevento y Capua. El mensajero del Nuncio Apostólico se presentó en Nocera, saludó al santo con el título de Ilustrísimo Señor y le dio el documento en que se le anunciaba su nombramiento. San Alfonso, después de haberlo leído, lo devolvió con estas palabras: «Por favor, no volváis a llamarme Ilustrísimo Señor, porque eso me causaría la muerte». Pero el Papa no aceptó la renuncia, y el santo fue consagrado en la iglesia de la Minerva de Roma. Santa Ágata era una diócesis pequeña. Tal vez era ésa su única cualidad. Había en ella 30.000 habitantes, diecisiete casas religiosas y cuatrocientos sacerdotes, de los que unos cuantos vivían confortablemente de las rentas de sus beneficios sin practicar los ministerios sacerdotales, y los otros no sólo eran negligentes, sino que positivamente vivían en el mal. Los fieles no eran mejores que sus pastores y la situación empeoraba de día en día. El nuevo obispo se estableció modestamente y organizó una gran misión. Para ello pidió ayuda a todas las congregaciones religiosas de Nápoles; la única que excluyó, con gran tacto y prudencia, fue la de los redentoristas. El santo sólo recomendó dos cosas a los misioneros: la sencillez en el púlpito y la caridad en el confesionario. Más tarde, dijo a un sacerdote que no seguía sus consejos: «Vuestro sermón me quitó el sueño toda la noche ... Si lo que queríais era predicaros a vos y no a Jesucristo, no valía la pena venir desde Nápoles a Ariola». San Alfonso emprendió también la reforma del seminario y de la manera negligente de conceder los beneficios eclesiásticos. Algunos sacerdotes celebraban la misa en menos de quince minutos. San Alfonso los suspendió «ipso facto», a no ser que se corrigiesen, y escribió un conmovedor tratado sobre ese punto: «En el altar el sacerdote representa a Jesucristo, como dice san Cipriano. Pero muchos sacerdotes actuales, al celebrar la misa, parecen más bien saltimbanquis que se ganan la vida en la plaza pública. Lo más lamentable es que aun los religiosos, y los religiosos de órdenes reformadas, celebran la misa con tal prisa y mutilando tanto los ritos, que los mismos paganos quedarían escandalizados ... Ver celebrar así el Santo Sacrificio es para perder la fe».

    Algún tiempo después, se descargó sobre la diócesis de Santa Ágata una terrible carestía, a la que siguió una epidemia de peste. San Alfonso había vaticinado esa calamidad desde hacía dos años, pero sin que nadie hiciese algo por evitarla. Las gentes morían de hambre por millares. El santo vendió cuanto tenía, desde su coche de mulas hasta su anillo pastoral, para comprar grano. La Santa Sede le dio permiso de emplear los fondos de la diócesis, y san Alfonso contrajo deudas a diestra y siniestra para socorrer a los necesitados. Cuando la chusma pidió que se condenase a muerte al alcalde de Santa Ágata, a quien se acusaba injustamente de almacenar el grano, san Alfonso hizo frente a la multitud, ofreció su propia vida a cambio de la del alcalde y, finalmente, consiguió apaciguar al populacho adelantándole la ración de los dos días siguientes. El santo obispo se mostró particularmente enérgico en la reforma de la moralidad pública. Trataba siempre de proceder con bondad al principio, pero, cuando no obtenía promesas serias de enmienda o las gentes no las cumplían, no vacilaba en recurrir a medidas más vigorosas y aun en solicitar la ayuda de las autoridades civiles. Naturalmente, eso le creó numerosos enemigos; más de una vez los personajes de alcurnia y las gentes contra las que el santo había instruido procesos, le amenazaron con matarle. Probablemente los tribunales exageraron algún tanto la costumbre de imponer el destierro a los pecadores públicos y privados que no se enmendaban, y seguramente que los obispos de las diócesis circundantes no encontraban gran consuelo en la opinión del obispo de Santa Ágata, quien decía: «Cada obispo está obligado a velar por su propia diócesis. Cuando los que infringen la ley se vean en desgracia, arrojados de todas partes, sin techo y sin medios de subsistencia, entrarán en razón y abandonarán su vida de pecado».

    En junio de 1767 san Alfonso sufrió un terrible ataque de reumatismo. La enfermedad se complicó rápidamente, de suerte que el santo recibió los últimos sacramentos, y la diócesis empezó a preparar sus funerales. Sin embargo, después de doce meses de enfermedad, Alfonso salió del peligro, aunque quedó para siempre con el cuello torcido, como lo muestran varias pinturas. Al principio tenía el cuello tan doblado, que la presión del mentón le abrió una llaga en el pecho y no podía celebrar la misa; gracias a la intervención de los cirujanos pudo levantar un tanto la cabeza, pero aun entonces el santo tenía que sentarse para comulgar. Además de los ataques lanzados contra su teología moral, san Alfonso tuvo que hacer frente a los que sostenían que la Congregación de los Redentoristas era simplemente una continuación de la Compañía de Jesús (que había sido suprimida en los dominios españoles en 1767). El proceso comenzó en 1770; trece años después, los tribunales dieron la razón a san Alfonso. Clemente XIV murió el 22 de septiembre de 1774. Al año siguiente san Alfonso pidió a Pío VI que le permitiese renunciar al gobierno de su sede. Aunque Clemente XIII y Clemente XIV habían negado al santo ese permiso, Pío VI, teniendo en cuenta los efectos de la fiebre reumática, se lo concedió finalmente. San Alfonso se retiró entonces a la casa de los redentoristas en Nocera, con la esperanza de acabar tranquilamente sus días.

    Pero Dios lo dispuso de otro modo. En 1777 las redentoristas fueron atacados de nuevo; san Alfonso decidió entonces hacer otro esfuerzo por conseguir la aprobación real de la congregación, que contaba ya con cuatro casas en los Estados Pontificios, además de las cuatro casas de Nápoles y Sicilia. Lo que sucedió fue una verdadera tragedia. De acuerdo con el consejo de Mons. Testa, capellán del rey, san Alfonso había suprimido las cláusulas referentes a la propiedad en común. Por su parte, Mons. Testa se había comprometido a presentar al rey el texto exacto de la solicitud de san Alfonso. Pero Mons. Testa, en vez de cumplir su palabra, alteró las constituciones en varios puntos vitales y aun suprimió los votos de religión de los miembros de la congregación. Después de ganar a su causa a uno de los consejeros de la congregación, el P. Majone, Mons. Testa presentó el nuevo texto a san Alfonso, pero escrito con letra muy pequeña y con muchas tachaduras. El santo, que estaba ya muy viejo, sordo y medio ciego, firmó el documento después de leer las primeras líneas, que conocía de memoria.

    Aun el mismo vicario general de San Alfonso, el P. Andrés Villani, parece haber participado en la conspiración, probablemente por miedo. El rey aprobó íntegramente el documento, que por el mismo hecho adquirió fuerza de ley. Cuando se leyeron a los redentoristas las nuevas constituciones, estalló la tempestad. Los miembros de la congregación dijeron al santo: «Habéis destruido la congregación que habíais fundado». San Alfonso dijo al P. Villani: «Jamás imaginé que podríais traicionarme en esa forma» y se reprochó su propia debilidad y negligencia: «Yo hubiese debido leer el documento; pero bien sabéis cuán difícil me es leer aún unas cuantas líneas». Negarse a aceptar las constituciones aprobadas por el rey equivalía a la supresión de la congregación; aceptarlas, acarreaba forzosamente una sentencia de supresión por parte de la Santa Sede, que había aprobado las reglas en su forma original. San Alfonso llamó a todas las puertas para evitar la catástrofe, pero todo resultó en vano. El santo hubiese querido ir a consultar al Sumo Pontífice, pero no podía hacerlo, porque los redentoristas de los Estados Pontificios habían apelado ya al Papa contra las nuevas constituciones y se habían puesto bajo su protección. Pío VI les prohibió aceptar las constituciones aprobadas por el rey y suprimió la jurisdicción de san Alfonso sobre ellos; tomando provisionalmente a los redentoristas de los Estados Pontificios por los únicos redentoristas legítimos, Pío VI nombró superior general al padre Francisco de Paula. En 1781, los redentoristas de Nápoles aceptaron las constituciones, después de lograr que el rey las modificase ligeramente. Pero la Santa Sede, que juzgó inadmisibles dichas constituciones, hizo definitiva la supresión de la jurisdicción de san Alfonso, de suerte que el santo se vio excluido de la congregación que había fundado.

    El santo llevó con increíble paciencia la humillación que le había infligido una autoridad que él amaba y respetaba tanto y vio la voluntad de Dios en aquella medida de la Santa Sede, que aparentemente ponía fin a todas las esperanzas que había acariciado. Pero Dios le reservaba una prueba todavía más dura. Entre los años de 1784 y 1785, el santo atravesó por un terrible período de «noche oscura del alma», durante el cual sufrió tentaciones contra todos los artículos de la fe, todas las virtudes y se vio abrumado por los escrúpulos, vanos temores y alucinaciones diabólicas. La tortura duró dieciocho meses, con algunos intervalos de luz y reposo. A ello siguió un período de éxtasis muy frecuentes, en el que las profecías y milagros sustituyeron a los escrúpulos y tentaciones. El santo murió apaciblemente en la noche del 31 de julio al 1 de agosto de 1787, dos meses antes de cumplir noventa y un años. Pío VI, el Pontífice que por error le había condenado, decretó en 1796 la introducción de la causa de beatificación de Alfonso María de Ligorio. La beatificación tuvo lugar en 1816 y la canonización en 1839. San Alfonso fue proclamado Doctor de la Iglesia en 1871. El santo había predicho que la Congregación de los Redentoristas había de extenderse y prosperar en los Estados Pontificios y que la reunión con las casas del reino de Nápoles se efectuaría poco después de su muerte. Sus profecías se cumplieron. En 1785, San Clemente Hofbauer fundó la primera casa de la congregación más allá de los Alpes y, en 1793, el gobierno de Nápoles reconoció las constituciones originales de los redentoristas y la unión se llevó a cabo.

    La primera biografía importante de san Alfonso fue la que escribió su amigo e hijo espiritual, el P. Tannoia (3 vols., Nápoles, 1798-1802). En la obra del P. Castle hay una crítica muy pertinente de la obra del P. Tannoia (vol. II, pp. 904-905). Las biografías del cardenal Villecourt (1864) y del cardenal Capecelatro (1892) presentan pocos datos nuevos; en cambio, la biografía que escribió en alemán el P. K. Dilgskron (1887) se apoyaba en muchos documentos inéditos y corregía los errores de muchos de los anteriores biógrafos. Sin embargo, la biografía más completa es la que escribió en francés el P. Berthe (1900). SS Juan Pablo II escribió la carta apostólica Spiritus Domini en conmemoración, en 1989, del segundo aniversario de la muerte del santo.

Oremos

    Dios nuestro, que propones constantemente a tu Iglesia nuevos modelos de vida cristiana, apropiados a todas las circunstancias en que puedan vivir tus hijos, concédenos imitar el celo apostólico que desplegó el santo obispo Alfonso María de Ligorio por la salvación de sus hermanos, para que, como él, lleguemos también a recibir el premio reservado a tus servidores fieles. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén

-FRASE DEL DÍA-