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miércoles, 29 de octubre de 2025

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 30 de Octubre - «Cuántas veces quise reunir a tus hijos»


      Juliana de Norwich, reclusa inglesa Obras: Revelaciones del amor divino, cap. 31.


«Cuántas veces quise reunir a tus hijos» 

    La sed espiritual de Cristo tendrá final. He aquí su sed: su deseo intenso de amor hacia nosotros, que durará hasta el juicio final. Ya que los elegidos, que serán la alegría y la felicidad de Jesús durante toda la Eternidad, están aún en parte aquí abajo, y, después de nosotros, habrá otros hasta el último día. Su sed ardiente es poseernos a todos en Él, para su gran felicidad – por lo menos, esto es lo que me parece a mí…

    En tanto que Dios, es la felicidad perfecta, bienaventuranza infinita que no puede ser aumentada ni disminuida… Pero la fe nos enseña que, por su humanidad, quiso sufrir la Pasión, sufrir todo tipo de dolores y morir por amor a nosotros y para nuestra felicidad eterna… En tanto que es nuestra Cabeza, Cristo está consagrado y no puede seguir sufriendo; pero, puesto que es también el cuerpo que une a todos sus miembros (Ef. 1,23), no está todavía completamente glorioso e impasible. Por eso, siente siempre este deseo y esta sed que sentía de Cruz (Jn 19,28) y que me parece, estaban en él desde toda la Eternidad. Y así se puede decir ahora y se dirá, hasta que la última alma salvada, haya entrado en esta Bienaventuranza.

    Sí, tan cierto es que hay en Dios misericordia y piedad, como que hay en Él esa sed y ese deseo. En virtud de este deseo, que está en Cristo, nosotros también lo deseamos: sin esto ninguna alma llega al cielo. Este deseo y sed proceden, me parece, de la infinita bondad de Dios, y su misericordia…; y esta sed persistirá en él, mientras estemos en la indigencia, atrayéndonos a su Bienaventuranza.

martes, 14 de enero de 2025

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 15 de Enero - “Antes del amanecer… Jesús se retiró al desierto a orar”


     Juliana de Norwich (1342-después de 1416) reclusa inglesa Revelaciones del amor divino, cap. 43


“Antes del amanecer… Jesús se retiró al desierto a orar”
    
    La oración une al alma con Dios. Aunque nuestra alma sea siempre semejante a Dios por su naturaleza, restaurada por la gracia, de hecho a menudo se distancia de su semejanza a consecuencia del pecado. La oración nos muestra que el alma debe querer lo que Dios quiere; reconforta la conciencia; la hace apta para recibir la gracia. Dios nos enseña así a rogar con una confianza firme de que recibiremos aquello por lo que rezamos; porque nos mira con amor y quiere asociarnos con su voluntad y con su acción benéficas. Nos incita pues a rezar por lo que le agrada; Parece decirnos: "¿Qué es lo que podría gustarme más que veros rezar con fervor, sabiduría e insistencia con el fin de cumplir mis deseos?" Por la oración pues, el alma se une con Dios.

    Pero cuando por su gracia y su cortesía, nuestro Señor se revela a nuestra alma, entonces obtenemos lo que deseamos. En este momento, no vemos otra cosa que debamos pedir. Todo nuestro deseo, toda nuestra fuerza están totalmente fijos en él para contemplarlo. Es una oración elevada, imposible de sondear, me parece. Todo el objeto de nuestra oración es estar unido, por la visión y por la contemplación, a aquel al que rogamos, con una alegría maravillosa y un temor respetuoso, con una dulzura y deleite tal que no podemos rogar más, en estos momentos, que por done Él nos conduce.

    Lo sé, cuanto más Dios se revela al alma, más tiene sed de él, por su gracia. Pero cuando no lo vemos, entonces sentimos la necesidad y la urgencia de rogar a Jesús, a causa de nuestra debilidad y de nuestra incapacidad.

sábado, 28 de septiembre de 2024

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 29 de Septiembre - "Frente a la misericordia de Dios, reconocer plenamente nuestro pecado"


    Juliana de Norwich (1342-después de 1416) reclusa inglesa Revelaciones del amor divino, cap. 35-36


"Frente a la misericordia de Dios, reconocer plenamente nuestro pecado"
 
     Dios mismo es justicia por excelencia. Todas sus obras son justas, ordenadas desde toda la eternidad por su gran potencia, sabiduría y bondad. De la misma manera que lo ajustó todo lo mejor posible, trabaja sin cesar y conduce cada cosa a su fin... La misericordia es la obra de la bondad de Dios; continuará actuando tanto tiempo como se le permita al pecado atormentar a las almas justas. Cuando este permiso sea retirado... todo se establecerá en la justicia, para quedar establecido allí eternamente. Dios permite que caigamos. Pero con su poder y su sabiduría, nos guarda. Por su misericordia y su gracia, nos eleva a una alegría infinitamente más grande. Así quiere ser conocido y amado en la justicia y en la misericordia, ahora y para siempre...

    Yo, no haré nada más que pecar. Pero mi pecado no impedirá a Dios obrar. La contemplación de su obra, es alegría celeste para el alma temerosa, que desea siempre cumplir amorosamente la voluntad de Dios con la ayuda de la gracia. Esta obra comenzará aquí abajo. Será gloriosa para Dios y de gran ventaja para todos aquellos que le aman en la tierra. Cuando lleguemos al cielo, seremos testigos de una alegría maravillosa.
Esta obra perdurará hasta el último día. La gloria y la santidad que emanarán de esto subsistirán en el cielo, delante de Dios y todos sus santos, para siempre... Esta será la mayor alegría: ver que Dios mismo es el autor.

     El hombre, él, no es más que pecador. Me parecía que nuestro Señor me decía: "¡Ve pues! ¿No tienes allí ocasión para humillarte? ¿No tienes allí ocasión para amar? ¿No tienes allí ocasión para conocerte a ti mismo? ¿No tienes allí ocasión para regocijarte en mí? Entonces, por amor a mí, regocíjate en mí. Nada puede gustarme más".

viernes, 18 de junio de 2021

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 19 de Junio - “No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo”


Juliana de Norwich (1342-después de 1416) reclusa inglesa Revelaciones del amor divino (Révélations de l'amour divin, ch 85, Le Livre des révélations, coll. Sagesses chrétiennes, Cerf, 1992), trad. sc©evangelizo.org

“No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo”

    Mucho me maravilla que a pesar de nuestra necedad y ceguera acá abajo, nuestro Señor en su bondad nos mira sin cesar con benevolencia y alegría. El placer más grande que le podamos hacer es estar convencidos realmente y con inteligencia y alegrarnos con él y en él. Porque, lo mismo que hemos estado desde siempre en su providencia, estaremos para siempre en la bienaventuranza de Dios, alabándolo y agradeciendo. Nos ha amado y conocido antes del origen de los tiempos, en un designio eterno. Fue con amor eterno que nos creó, con este mismo amor nos cuida: no permite jamás que seamos heridos hasta el punto de perder nuestra beatitud. Por eso, en el tiempo del juicio, cuando todos seremos elevados hasta el cielo, veremos claramente en Dios los secretos que ahora nos son velados. Entonces, nadie estará tentado de decir; “Señor, si hubiera sido distinto, habría estado perfecto”. Todos diremos de una sola voz: “¡Bendito seas, Señor! Es así y todo está bien. Vemos verdaderamente que todo se cumplió según el orden que has querido antes del comienzo de los tiempos”.

miércoles, 28 de octubre de 2020

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 29 de Octubre - «Cuántas veces quise reunir a tus hijos»

 

          Juliana de Norwich, reclusa inglesa Obras: Revelaciones del amor divino, cap. 31.

«Cuántas veces quise reunir a tus hijos»

    La sed espiritual de Cristo tendrá final. He aquí su sed: su deseo intenso de amor hacia nosotros, que durará hasta el juicio final. Ya que los elegidos, que serán la alegría y la felicidad de Jesús durante toda la Eternidad, están aún en parte aquí abajo, y, después de nosotros, habrá otros hasta el último día. Su sed ardiente es poseernos a todos en Él, para su gran felicidad – por lo menos, esto es lo que me parece a mí…

    En tanto que Dios, es la felicidad perfecta, bienaventuranza infinita que no puede ser aumentada ni disminuida… Pero la fe nos enseña que, por su humanidad, quiso sufrir la Pasión, sufrir todo tipo de dolores y morir por amor a nosotros y para nuestra felicidad eterna… En tanto que es nuestra Cabeza, Cristo está consagrado y no puede seguir sufriendo; pero, puesto que es también el cuerpo que une a todos sus miembros (Ef. 1,23), no está todavía completamente glorioso e impasible. Por eso, siente siempre este deseo y esta sed que sentía de Cruz (Jn 19,28) y que me parece, estaban en él desde toda la Eternidad. Y así se puede decir ahora y se dirá, hasta que la última alma salvada, haya entrado en esta Bienaventuranza.

    Sí, tan cierto es que hay en Dios misericordia y piedad, como que hay en Él esa sed y ese deseo. En virtud de este deseo, que está en Cristo, nosotros también lo deseamos: sin esto ninguna alma llega al cielo. Este deseo y sed proceden, me parece, de la infinita bondad de Dios, y su misericordia…; y esta sed persistirá en él, mientras estemos en la indigencia, atrayéndonos a su Bienaventuranza.