jueves, 9 de septiembre de 2021

-PROPÓSITO DEL DÍA-



 

EVANGELIO DEL DÍA - 10 de Septiembre - San Lucas 6,37-42.



Primera Carta de San Pablo a Timoteo 1,1-2.12-14.

Pablo, Apóstol de Jesucristo por mandato de Dios, nuestro Salvador, y de Cristo Jesús, nuestra esperanza, saluda a Timoteo, su verdadero hijo en la fe. Te deseo la gracia, la misericordia y la paz que proceden de Dios padre y de Cristo Jesús, nuestro Señor.
Doy gracias a nuestro Señor Jesucristo, porque me ha fortalecido y me ha considerado digno de confianza, llamándome a su servicio a pesar de mis blasfemias, persecuciones e insolencias anteriores. Pero fui tratado con misericordia, porque cuando no tenía fe, actuaba así por ignorancia. Y sobreabundó en mí la gracia de nuestro Señor, junto con la fe y el amor de Cristo Jesús.

Palabra de Dios.


Salmo 16(15),1-2a.5.7-8.11.

Protégeme, Dios mío,
porque me refugio en ti.
Yo digo al Señor:
El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz,

¡tú decides mi suerte!
Bendeciré al Señor que me aconseja,
¡hasta de noche me instruye mi conciencia!
Tengo siempre presente al Señor:

él está a mi lado, nunca vacilaré.
Me harás conocer el camino de la vida,
saciándome de gozo en tu presencia,
de felicidad eterna a tu derecha.

Evangelio según San Lucas 6,37-42.

No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados.
Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes».
Les hizo también esta comparación: "¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un pozo?
El discípulo no es superior al maestro; cuando el discípulo llegue a ser perfecto, será como su maestro.
¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?
¿Cómo puedes decir a tu hermano: 'Hermano, deja que te saque la paja de tu ojo', tú, que no ves la viga que tienes en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano."

Palabra del Señor.

SANTORAL DEL DÍA - 10 SETIEMBRE - SAN NICOLÁS DE TOLENTINO

 


San Nicolás de Tolentino Patrono de las almas del purgatorio. En Tolentino, del Piceno, san Nicolás, presbítero, religioso de la Orden de Ermitaños de San Agustín, el cual, fraile de rigurosa penitencia y oración asidua, severo consigo y comprensivo con los demás, se autoimponía muchas veces la penitencia de otros.

Nació en Sant´Angelo in Pontano, Italia, en 1245. Sus padres, que durante años esperaban descendencia, en el transcurso de una peregrinación a Bari prometieron que si lograban ser bendecidos por Dios con ella en el caso de que fuese un varón lo consagrarían a san Nicolás, titular de la ciudad. Y así lo hicieron atribuyéndole la pronta concepción de ese hijo tan deseado. El pequeño Nicolás creció dando muestras de la bondad y amabilidad que, junto a su desprendimiento y sensibilidad por los necesitados, caracterizaría su vida entera. Y es que el sensible y piadoso muchacho solía atender personalmente a los pobres que llegaban a su casa pidiendo ayuda. Los primeros conocimientos se los proporcionó el sacerdote en su localidad natal.

Puede que el ejemplo y educación que recibió de sus padres, junto con la cercana presencia de los ermitaños agustinos, despertara en él una temprana vocación, porque a los 12 años ingresó en el convento como «oblato». Su idea no era recibir únicamente esa formación que completaría con creces la que pudo darle el bondadoso clérigo, sino que albergaba el sueño de ser agustino. A los 15 años inició el noviciado, y en 1261 profesó. En 1269 fue ordenado sacerdote por el obispo san Benito de Cíngoli. Después ejerció su misión pastoral en distintos puntos de la región de Las Marcas durante seis años. Pero sus superiores seguramente preocupados por su débil salud, viendo que ni siquiera le ayudaba en su restablecimiento la misión que le encomendaron de maestro de novicios que no exigía continuos desplazamientos, en 1275 determinaron enviarle a Tolentino donde permaneció el resto de su vida.

Fue un hombre de gran austeridad; es la característica que se subraya unánimemente cuando se configura su trayectoria espiritual. Su ascetismo, forjado en el fecundo aprendizaje que había tenido previamente en conventos herederos de la genuina tradición eremítica, estaba signado por la mortificación y el ayuno. Aparte de la frugalidad de su comida, y la radicalidad de su pobreza –mantenía un solo hábito que remendaba cuando era preciso, dormía poco y en condiciones no aptas precisamente para el rácano descanso y menos para una persona corpulenta como él: en un saco, con una piedra como almohada y cubriéndose solo con su propio manto–, no desestimaba todo lo que podía ayudarle a conquistar la perfección. Es decir, que estas asperezas penitenciales y las disciplinas físicas que también se aplicaba no sustituían a la donación de sí mismo. Se esforzaba en ofrendarse, como hacía por ejemplo, con su criterio. Así, aunque no le agradaba la carne, cuando el superior le recomendaba su ingesta por el bien de su salud, se doblegaba humildemente. De todos modos, con una lógica que excede a la ofrecida por textos científicos, en lo que a su bienestar concernía solía poner en duda la preeminencia del valor nutricional de la carne frente al de las hortalizas. No tenía duda de que si Dios quería para él una fortaleza física que estaba lejos de poseer, la ingesta de verduras le habría servido. Se cuenta que, en una ocasión, teniendo en el plato dos sabrosas perdices asadas, Nicolás les ordenó: «Seguid vuestro camino». Y, al parecer, las aves emprendieron instantáneo vuelo.

Al margen de estas anécdotas, tal como se puso de relieve en el proceso de su canonización, fue un hombre obediente y fiel, efectuando lo que se le indicaba con prontitud y alegría; una persona dócil, sensible, entrañable, cercana, disponible, comprensiva, exquisita siempre en su trato que disfrutaba viendo gozar a los demás en el día a día. Era lo que cabía esperar de una persona como él que dedicaba a la oración 15 horas diarias. El resto del tiempo lo repartía en tareas apostólicas, confesión, lectura, meditación, asistencia al refectorio, al rezo del oficio divino…, y algún pequeño momento solaz en el recreo comunitario. La continua presencia de Dios en él explica la profunda e incontenible emoción que sentía ante la Eucaristía, hecho que muchas personas pudieron constatar alguna vez, y también los favores extraordinarios que recibió, así como los numerosos milagros que obró. Su apostolado estuvo caracterizado por la dulzura y la amabilidad, rubricado por su admirable caridad. De ella sabían bien cercanos y lejanos, y de forma especial los enfermos y pobres a los que asistía sirviéndose de un bastón cuando ya no tenía fuerzas para deambular por sí mismo, así como los penitentes que se confesaban con él –casi toda la ciudad lo hacía–, y las tantas personas que le acogían con gusto en sus domicilios cuando los visitaba. Ésta era otra de las actividades apostólicas de Nicolás por la que sentía particular debilidad.

En una visión contempló el purgatorio después del fallecimiento de un religioso que hallándose en él, rogó sus oraciones. Sus penitencias y súplicas por él y por otros que purgaban sus penas, fueron escuchadas. De ahí que se le considere abogado de las almas del purgatorio. Su muerte se la anunció una estrella que apareció persistentemente durante varias jornadas, apuntando primeramente a su localidad natal y situándose después en Tolentino, justo encima del convento. Un religioso venerable, al que consultó, descifró su significado: «La estrella es símbolo de tu santidad. En el sitio donde se detiene se abrirá pronto una tumba; es tu tumba, que será bendecida en todo el mundo como manantial de prodigios, gracias y favores celestiales». La estrella le siguió unos días hasta que el 10 de septiembre de 1305, invocando a María por la que tuvo desde niño gran devoción, y contemplando el preciado lignum crucis, falleció. Sus últimas palabras dirigidas a la comunidad habían sido: «Mis amados hermanos; mi conciencia no me reprocha nada; pero no por eso me siento justificado».Eugenio IV lo canonizó el 1 de febrero de 1446.

Oremos

¡Oh glorioso Taumaturgo y Protector de las almas del purgatorio, San Nicolás de Tolentino! Con todo el afecto de mi alma te ruego que interpongas tu poderosa intercesión en favor de esas almas benditas, consiguiendo de la divina clemencia la condonación de todos sus delitos y sus penas, para que saliendo de aquella tenebrosa cárcel de dolores, vayan a gozar en el cielo de la visión beatífica de Dios. Y a mi, tu devoto siervo, alcánzame, ¡oh gran santo!, la más viva compasión y la más ardiente caridad hacia aquellas almas queridas. Amén.

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 10 de Septiembre - «No juzguen y no serán juzgados» (Lc 6,37-42)

 



Benedicto XVI
8 de enero de 2012.

«No juzguen y no serán juzgados» (Lc 6,37-42)


Creer fuertemente en la presencia y en la acción del Espíritu Santo, invocarlo y acogerlo en vosotros, mediante la oración y los sacramentos. Es Él de hecho el que ilumina la mente, caldea el corazón del educador para que sepa transmitir el conocimiento y el amor de Jesús. La oración es la primera condición para educar, porque orando nos ponemos en disposición de dejar a Dios la iniciativa, de confiarle los hijos, a los que conoce antes y mejor que nosotros, y sabe perfectamente cuál es su verdadero bien. Y, al mismo tiempo, cuando oramos nos ponemos a la escucha de las inspiraciones de Dios para hacer bien nuestra parte, que de todos modos nos corresponde y debemos realizar.

 Los sacramentos, especialmente la eucaristía y la penitencia, nos permiten realizar la acción educativa en unión con Cristo, en comunión con Él y continuamente renovados por su perdón. La oración y los sacramentos nos obtienen aquella luz de verdad, gracias a la cual podemos ser al mismo tiempo tiernos y fuertes, usar dulzura y firmeza, callar y hablar en el momento adecuado, reprender y corregir en modo justo.

-FRASE DEL DÍA-



 

SETIEMBRE, MES DE LA BIBLIA - "La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús"



 CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA

DEI VERBUM

13. En la Sagrada Escritura, pues, se manifiesta, salva siempre la verdad y la santidad de Dios, la admirable "condescendencia" de la sabiduría eterna, "para que conozcamos la inefable benignidad de Dios, y de cuánta adaptación de palabra ha uso teniendo providencia y cuidado de nuestra naturaleza". Porque las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

-PROPÓSITO DEL DÍA-


 

EVANGELIO DEL DÍA - 9 de Septiembre - San Lucas 6,27-36.



Carta de San Pablo a los Colosenses 3,12-17.

Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia.
Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo.
Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección.
Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido llamados, porque formamos un solo Cuerpo. Y vivan en la acción de gracias.
Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con toda su riqueza. Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros. Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cantos inspirados.
Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús, dando gracias por él a Dios Padre.

Palabra de Dios.


Salmo 150(149),1-2.3-4.5-6.

Alaben a Dios en su Santuario,
alábenlo en su poderoso firmamento;
Alábenlo por sus grandes proezas,
alábenlo por su inmensa grandeza,

Alábenlo con toques de trompeta,
alábenlo con el arpa y la cítara;
alábenlo con tambores y danzas,
alábenlo con laudes y flautas.

Alábenlo con platillos sonoros,
alábenlo con platillos vibrantes,
¡Que todos los seres vivientes
alaben al Señor!


Evangelio según San Lucas 6,27-36.

Jesús dijo a sus discípulos: «Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian.
Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica.
Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.
Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes.
Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman.
Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores.
Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.
Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.
Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso.

Palabra del Señor.

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - 9 de Septiembre - «Amen a sus enemigos» (Lc 6,27-36.)



 Papa Francisco
(Homilía , 19 de noviembre de 2016).

«Amen a sus enemigos» (Lc 6,27-36.)

Cuando una persona verdaderamente ama a otra persona, lo demuestra. Lo demuestra de muchas maneras, con detalles, palabras, regalos, etc. Todo esto es muy bueno pero muchas veces, secundario, pues si esa demostración de amor sólo se basa en esas cosas, el final es muy evidente. Sin embargo, cuando este amor se demuestra queriendo lo mejor para la otra persona, es decir, llevándola a sacar lo mejor de sí misma, ahí es cuando se puede decir que hay una verdadera amistad, cuando hay verdadero amor. Es verdad que puede ser exigente y puede costar, pero al final habrá valido la pena.

Jesús nos invita a sacar lo mejor de nosotros mismos y nos lleva a salir de nuestra zona de confort. No porque nos quiera "complicar la vida", sino porque sabe que estamos hechos para amar y sólo en el amor encontramos el sentido de nuestra existencia. Por tanto, nos invita a amar, no a medias, no solamente con una parte de nuestro corazón, sino en totalidad.

"¿Qué estás haciendo de extraordinario?" -nos dice. Jesús nos invita a vivir la vida que muchas veces podemos considerar ordinaria, de una manera extraordinaria. Nos invita a vivir, no con un amor limitado por el rencor, la envidia, o nuestra zona de confort, sino con un amor que libera, que siempre va más allá… Nos invita a amar como Él ama.

SANTORAL DEL DÍA - 9 SETIEMBRE - SAN PEDRO CLAVER

 


En Nueva Cartagena, en Colombia, muerte de san Pedro Claver, presbítero, cuya memoria se celebra mañana. Inglaterra tomó en cierta manera parte en la abolición del tráfico de esclavos, pero también fueron los ingleses quienes, por medio de personajes tan infames como Sir John Hawkins, desempeñaron una parte muy importante en el establecimiento de ese mismo tráfico entre el África y el Nuevo Mundo, en el siglo dieciséis. Y entre los verdaderos héroes que dieron sus vidas en defensa de las víctimas de aquella siniestra explotación, pertenecientes a países que no recibieron las doctrinas de la Reforma, el más grande de todos fue, sin duda, san Pedro Claver, natural de aquella España católica, que por entonces se hallaba en el apogeo de su gloria y su poder, pero que no era, para la mayoría de los ingleses más que un país de piratas, de imperialistas sin escrúpulos y de una religión supuestamente cruel, a juzgar por el Tribunal de la Inquisición, sobre el que corrían fantásticas versiones en Inglaterra. Pedro nació en la ciudad de Verdú, en la región de Cataluña, hacía 1581 y, como desde chico dio muestras de poseer grandes cualidades de inteligencia y de espíritu, se le destinó a la Iglesia y se le mandó a estudiar a la Universidad de Barcelona. Ahí terminó sus estudios con toda clase de distinciones y, tras de recibir las órdenes menores, decidió llevar a cabo su determinación de ofrecerse a la Compañía de Jesús, que lo recibió de buen grado. A la edad de veinte años, hizo su noviciado en Tarragona; de ahí fue enviado al colegio de Montesione, en Palma de Mallorca. Entonces se produjo el encuentro con san Alfonso Rodríguez, el portero del colegio, con una reputación de santidad muy por encima de su humilde oficio; un encuentro que fijó el rumbo en la vida de Pedro Claver. Desde entonces, estudió la ciencia de los santos a los pies del hermano lego; y Alfonso, a medida que conocía más a fondo al joven estudiante, apreciaba mejor sus cualidades y veía en él, cada vez con mayor claridad, al hombre indicado para una tarea nueva, ardua y descuidada por completo hasta aquel momento. Alfonso encendió en la mente y el corazón de Pedro la idea de acudir en socorro de los miles y miles que se hallaban sin recursos espirituales en las colonias del Nuevo Mundo. Años más tarde, Pedro Claver reveló que san Alfonso no sólo le había vaticinado que iría a América, sino que le indicó exactamente los lugares donde habría de trabajar. Impulsado por aquellas exhortaciones, Pedro habló con su provincial a fin de ofrecerse para las misiones en las Indias Occidentales y se le respondió que, a su debido tiempo, sus superiores decidirían sobre su vocación. Por lo pronto, se le envió a Barcelona para estudiar teología y, al cabo de dos años, tras una nueva solicitud, se le nombró para que representase a la provincia de Aragón en la misión de jesuitas españoles que se enviaba a la colonia de Nueva Granada. Dejó para siempre las tierras de España en abril de 1610 y, tras un viaje azaroso y lento, desembarcó en Cartagena, en territorio de lo que hoy es la república de Colombia. En seguida, pasó a la casa de los jesuitas en Santa Fe para completar su estudios de teología, y se le utilizó lo mismo como enfermero y sacristán que como portero o cocinero. Después, se trasladó a la nueva casa de la Compañía en Tunja, a fin de hacer su Tercera Probación y, en 1615, regresó a Cartagena, donde fue ordenado sacerdote.

Por aquel entonces, ya hacía cerca de un siglo que funcionaba en las dos Américas el tráfico de esclavos que tenía su centro principal en el puerto de Cartagena, el cual, por su situación, se prestaba para establecer ahí una especie de almacén para la mercadería humana. Por otra parte, el mercado de esclavos acababa de recibir gran incremento al descubrirse que los indígenas carecían de la resistencia física necesaria para soportar el recio trabajo en las minas de oro y plata y, en consecuencia, había gran demanda de negros de Angola y del Congo. A éstos los adquirían los tratantes en África occidental, a razón de dos coronas por cabeza, cuando no los cambiaban por algunas provisiones, y los vendían en América por doscientas coronas cada uno. Las condiciones en que los esclavos se transportaban a través del Atlántico, eran increíblemente crueles e inhumanas; baste señalar que los tratantes calculaban que una tercera parte de cada cargamento se perdía por la muerte de los esclavos; pero a pesar de todo eso, cada año desembarcaba en Cartagena un promedio de diez mil esclavos vivos. El papa Pablo III y otras muchas autoridades y personajes mundiales condenaron el enorme crimen, pero continuó el florecimiento de la «suprema vileza», como calificó el pontífice Pío IX al tráfico de esclavos. Lo más que llegaron a hacer los propietarios en respuesta a los incesantes llamados de la Iglesia, fue hacer bautizar a sus esclavos, y aquella medida resultó contraproducente. Los negros no recibían ninguna instrucción religiosa, no obtenían ninguna protección contra sus explotadores ni alivio alguno a su miserable condición, de manera que llegaron a considerar el bautismo como el signo y el símbolo de su opresión y su infortunio. El clero era impotente para remediar ese estado de cosas y no hacía más que protestar y dedicarse lo más posible a desempeñar su ministerio individualmente, a dar remedio corporal y material a la mayor cantidad de seres entre aquellos cientos de miles de hombres, mujeres y niños que sufrían. Los sacerdotes no tenían fondos de caridad a su disposición, no contaban con el apoyo de gente bien dispuesta; casi siempre tropezaban con los obstáculos y barreras que les ponían los propietarios, o se desalentaban ante la evidente hostilidad de los traficantes y, a menudo, se veían rechazados por los mismos negros a los que querían ayudar.

Cuando el padre Claver fue ordenado en Cartagena, conducía el movimiento de ayuda a los esclavos un gran misionero jesuita que pasó cuarenta años a su servicio, el padre Alfonso de Sandoval. Después de trabajar bajo sus órdenes, el joven Pedro Claver se comprometió a «ser el esclavo de los negros para siempre». No obstante que era tímido por naturaleza y no tenía mucha confianza en sí mismo, se lanzó con absoluta decisión al trabajo y se entregó a él, no con un entusiasmo delirante y desencaminado, sino con método y auténtica tenacidad. Se procuró numerosos ayudantes, voluntarios o por paga y, tan pronto como un barco cargado de esclavos entraba en el puerto, acudía Pedro Claver a esperarlo en los muelles. A los negros se les desembarcaba y, tras un recuento para comprobar las bajas, se les encerraba en corrales o terrenos cercados, a donde acudían los «mirones», como los llama el padre de Sandoval, «atraídos por la curiosidad, pero sin atreverse a acercarse demasiado». Centenares de hombres que, durante varias semanas habían estado apiñados en las estrechas bodegas de un barco, sin recibir siquiera los cuidados mínimos que se prodigan a un cargamento de ganado, eran amontonados de nuevo en espacios cercados, los buenos y sanos mezclados con los enfermos y los moribundos, bajo un sol abrasador, en un clima insoportable por su calor y humedad. Era tan horrible el espectáculo y tan repugnantes las condiciones, que un amigo del padre Claver que le acompañó una vez, no se atrevió a volver y, el propio padre de Sandoval, como se ha escrito en una de las «relaciones» de su provincia, «al tener noticias de que iba a llegar a puerto un cargamento de esclavos, comenzaba a sudar frío mientras una palidez de muerte le desteñía la piel, al recordar las tremendas fatigas y el trabajo indescriptible de las ocasiones anteriores. Las experiencias y las prácticas de varios años no pudieron habituarlo a tanto dolor». Por aquellos corrales, cercados o cobertizos, se adentraba Pedro Claver, cargado con medicinas y alimentos, con pan, aguardiente, limones, tabaco y otras cosas que pudiese distribuir entre los negros. Muchos de ellos estaban demasiado asustados o demasiado enfermos para aceptar los regalos. «Primero tenemos que hablar con ellos con nuestras manos y después tratamos de comunicarnos con ellos por la palabra», decía el padre Claver. Al encontrarse con algún moribundo, se detenía para bautizarlo y también reunía a todos los niños nacidos durante el viaje para que recibiesen el bautismo. En todo el tiempo que los negros pasaban en aquellos corrales, tan estrechamente apiñados que, en realidad, tenían que dormir uno pegado al otro, san Pedro Claver permanecía con ellos, ocupado en atender los cuerpos de los enfermos y las almas de todos.

A diferencia de la mayoría de los clérigos, el padre Claver no consideraba que su ignorancia de la lengua le eximiera de la obligación de instruirlos en las verdades de la religión, las reglas de la moral y las palabras de Cristo que llevaban a sus espíritus el consuelo indispensable. Para sus comunicaciones, el padre contaba con siete intérpretes, uno de los cuales hablaba cuatro dialectos africanos y, con su ayuda, instruía a los esclavos y los preparaba para el bautismo en grupos e individualmente. «Eran seres muy atrasados y lentos para comprender», decía el padre Claver, y agregaba que él mismo tenía dificultades insuperables para aprender la lengua y darse a entender. Por eso recurría a las estampas e imágenes de Nuestro Señor en la cruz o bien unas ingenuas ilustraciones que presentaban a los Papas, príncipes y otros grandes personajes «blancos» que observaban regocijados cómo se bautizaba a un negro. Pero sobre todo, trataba de infundir en ellos cierto grado de respeto propio, de dignidad, para darles por lo menos una idea del valor altísimo que tiene un ser humano redimido por la sangre de Cristo, aun cuando fueran despreciados y explotados como esclavos. Asimismo, para despertar en ellos el dolor y el arrepentimiento por sus culpas y sus vicios, les mostraba una espantable representación del infierno que esgrimía con gesto amenazador, como una advertencia. Después, dándose a entender como podía, les aseguraba que se les amaba mucho más de lo que ellos pudieran pensar y que el amor de Dios no debía ser ultrajado por la práctica del mal, por el odio y por la sensualidad. Era necesario tomar a cada uno en particular y repetirle hasta el cansancio la más simple de las enseñanzas, como la de hacer el signo de la cruz o aprender las palabras de la breve oración que todos debían saber: «Jesucristo, Hijo de Dios, Tú serás mi Padre y mi Madre y todo mi bien. Yo te amo. Me duele haber pecado contra Ti. Señor, te quiero mucho, mucho, mucho». Las dificultades con que tropezaba para enseñar, quedan demostradas por el hecho de que en los bautismos colectivos a cada grupo de diez catecúmenos se les daba el mismo nombre para que lo recordaran. Se calcula que, en cuarenta años, san Pedro Claver instruyó y bautizó de esta manera a más de 300.000 esclavos. Cuando había tiempo y ocasión, les enseñaba también con grandes trabajos lo que significaba el sacramento de la penitencia y la manera de practicarlo; se afirma que en un año oyó las confesiones de unos cinco mil negros. Infatigablemente se esforzaba por convencerlos de que debían evitar las ocasiones de pecado y, con el mismo empeño, insistía ante los propietarios para que se preocuparan por el alma de sus esclavos. El sacerdote llegó a ser la representación de la fuerza moral en Cartagena y se cuenta la historia de un negro que consiguió librarse del asedio de una mujer liviana en las calles de la ciudad tan sólo con decirle: «¡Cuidado! ¡Allá viene el padre Claver!»

Cuando por fin a los esclavos se les reunía para enviarlos a las ruinas y las plantaciones, San Pedro se desvivía por infundirles sus recomendaciones y consejos, puesto que le sería muy difícil volver a verlos. Tenía una confianza absoluta de que Dios velaría por ellos y, a diferencia de algunos reformadores sociales de tiempos posteriores, no pensaba que ni aun el más brutal de los propietarios de esclavos, fuese un bárbaro despreciable al que no podía llegar la misericordia de Dios. También los dueños de plantaciones, los encomenderos y los hacendados tenían almas iguales a las de los negros, por eso san Pedro apelaba a las almas de los señores del lugar para que administraran justicia física y espiritual, no tanto por el bien de los demás como por el suyo propio. Para los espíritus cínicos o escépticos, la confianza del santo en la bondad humana debe haber parecido pueril, y sin duda que todos pensaban que san Pedro quedaría desilusionado con mucha frecuencia. Sin embargo, es imposible pasar por alto el hecho de que ni siquiera las infamias del más cruel encomendero español podían compararse con el trato ordinario que los más correctos plantadores ingleses de Jamaica, por ejemplo, daban a sus esclavos en el siglo diecisiete y en el dieciocho, ya que sus crueldades físicas eran infernales y su indiferencia moral sólo podía calificarse de diabólica. Las leyes de España para sus colonias autorizaban, por lo menos, el matrimonio de los esclavos, prohibían que fueran separadas las familias, los protegía de los castigos y su captura, una vez que conseguían su libertad. San Pedro Claver hizo todo lo que estaba de su mano para que se observasen estas leyes. Cada primavera, después de Pascua, hacía san Pedro una gira por las plantaciones, minas y haciendas cercanas a Cartagena, a fin de comprobar cómo andaban sus negros. No siempre era bien recibido. Los dueños se quejaban de que hacía perder el tiempo a los esclavos con sus sermones, oraciones y cánticos; las damas afirmaban que durante una larga temporada, después de que los negros asistían en tropel a la iglesia durante las visitas del sacerdote, era materialmente imposible entrar al templo. Y, si acaso los siervos se desmandaban un poco, se le echaba la culpa al padre Claver. «¿Qué clase de hombre soy, si no puedo hacer un poco de bien sin causar una gran confusión?», solía preguntarse a sí mismo. Pero no por eso se desalentaba y no cesó en sus tareas ni aun cuando las autoridades eclesiásticas prestaron oídos a las quejas de sus enemigos.

La mayoría de las historias en relación con el heroísmo o los poderes milagrosos de san Pedro Claver, se refieren a los cuidados solícitos que tenía para con los negros cuando estaban enfermos, pero aún encontraba tiempo para ocuparse de otros que sufrieran, aparte de los esclavos. En Cartagena había dos hospitales: uno, el de San Sebastián, atendido por los hermanos de San Juan de Dios, que se ocupaban de todos los casos en general; el otro, el de San Lázaro, estaba destinado a los leprosos, los atacados por enfermedades contagiosas y los que padecían el mal llamado «fuego de San Antonio» (ergotismo). San Pedro visitaba indefectiblemente los dos hospitales cada semana, aliviaba las necesidades materiales de los pacientes y administraba tan efectivos consuelos espirituales, que muchos criminales y pecadores empedernidos se arrepintieron e hicieron penitencia después de charlar con él. También ejerció su apostolado entre los mercaderes y marineros protestantes e incluso logró la conversión de un dignatario anglicano que dijo ser archidiácono de Londres y a quien conoció cuando visitaba a los prisioneros de guerra en un barco anclado en la bahía. Por consideraciones temporales, el pastor inglés no se dejó conquistar de buenas a primeras, pero cayó enfermo, fue llevado al hospital de San Sebastián y, antes de morir, entró a la Iglesia católica guiado por el padre Claver. Muchos ingleses de Cartagena siguieron su ejemplo. Menor éxito tuve el santo jesuita en sus esfuerzos por convertir a los musulmanes que llegaban al puerto y que, como dice el biógrafo de Claver, «es bien sabido que, entre todos los pueblos del mundo, son ellos los que más se obstinan en sus errores»; pero en cambio, devolvió al buen camino a gran número de moros y turcos renegados, aunque uno de ellos tardó treinta años en convencerse y aun fue necesario que tuviese una visión de Nuestra Señora para rendirse. También los criminales condenados a muerte gozaron de la benéfica influencia del padre Claver; los registros afirman que no hubo una sola ejecución en Cartagena durante la existencia del sacerdote, sin que éste se hallara presente para consolar al ajusticiado; por sus palabras, tal vez por su sola presencia, muchos criminales endurecidos pasaron sus últimas horas en la oración y el llanto por sus pecados. Y muchos, muchísimos más a quienes la justicia humana no había condenado, acudían a buscarle en el confesionario, donde solía pasar hasta quince horas consecutivas en la tarea de reconvenir, aconsejar, alentar y absolver. Sus misiones primaverales por los campos, en el curso de las cuales rehuía en lo posible hospedarse en las grandes casas de los dueños para buscar refugio en las chozas de los esclavos, eran continuadas en el otoño por otras misiones más difíciles, entre los mercaderes, traficantes y marineros que, por aquella época, llegaban en gran número a Cartagena y aumentaban el desorden y el vicio en el puerto. Algunas veces, san Pedro se pasaba el día entero en la plaza grande de la ciudad, donde desembocaban las cuatro calles principales, para predicar ante todo el que se detenía a escucharle. Después de haber sido el apóstol de los negros, lo fue de toda la ciudad de Cartagena. Un trabajo tan enorme recibió la ayuda de Dios, que otorgó al padre Claver los dones que siempre concedió a sus apóstoles, de obrar milagros, de profetizar y de leer en los corazones. Pocos han sido los santos que desarrollaron sus actividades en circunstancias tan adversas y repugnantes como él, pero aun aquellas mortificaciones de la carne no eran bastantes, puesto que el santo usaba de continuo instrumentos para las más severas penitencias; muchas veces oraba a solas en su celda con una corona de espinas en la cabeza y una cruz muy pesada sobre sus hombros. Evitaba los más inocentes regalos para sus sentidos, no fuera que éstos lo desviaran del sendero de sacrificio que había elegido; por eso, jamás usó para sí mismo de la indulgencia y la bondad que usaba para con los demás. Cierta vez en que alababan su celo apostólico, replicó: «Así tiene que ser y no hay nada de extraordinario en ello. Es el resultado de mi temperamento entusiasta e impetuoso. Si no fuera por este trabajo, yo sería una insoportable molestia para mí mismo y para los demás».

Y, para que nadie alabara su aparente falta de sensibilidad al tratar las enfermedades más repugnantes, decía: «Si el ser un santo consiste en no tener olfato y en tener un estómago a toda prueba, puede ser que yo sea un santo». En el año de 1650, san Pedro Claver viajó a lo largo de la costa para predicar entre los negros, pero apenas iniciado el viaje, una enfermedad atacó su cuerpo débil y agotado y tuvo que regresar a la residencia de Cartagena. Poco tiempo después, estalló en la ciudad una violenta epidemia de viruela, y una de las primeras víctimas entre los padres jesuitas fue el santo misionero, que estuvo al borde del sepulcro. Pero, después de recibir los últimos sacramentos volvió a la vida, aunque quedó deshecho. Durante el resto de su existencia, los dolores no le abandonaron ni un instante, sus miembros temblorosos no le sostenían y le era imposible oficiar la misa. Por fuerza abandonó toda actividad y, sólo de vez en cuando oía confesiones, en especial las de su querida amiga Doña Isabel de Urbina, que siempre había apoyado generosamente su trabajo. En ocasiones, se hacía llevar a un hospital o a la cárcel, para atender a un moribundo o bien a un condenado a muerte. Cierta vez, cuando llegó a Cartagena un cargamento de esclavos procedente de una región del África no explotada hasta entonces, el padre Claver recuperó su antigua energía. Lo llevaron en vilo a los muelles y no descansó hasta encontrar un intérprete que le ayudó a reunir a los niños para bautizarlos y a dar algunas instrucciones a los adultos. Pero aquella recuperación fue momentánea. San Pedro pasaba la mayor parte del tiempo en su celda, no sólo inactivo, sino olvidado e incluso abandonado; se había reducido mucho el número de los jesuitas en la casa de Cartagena y, los pocos que quedaban, tenían todo su tiempo ocupado en los múltiples deberes de su ministerio, aumentados por la persistencia de la epidemia; pero aun así es inexplicable la indiferencia que demostraron hacia el santo. Doña Isabel y su hermana permanecieron fieles a su amistad y eran las únicas que lo visitaban, junto con su antiguo ayudante, el hermano Nicolás González. Fuera de estos tres, san Pedro Claver no veía a nadie más que a un joven negro que le atendía, pero que era impaciente y brusco y que, a menudo, dejaba al viejo sacerdote durante días enteros sin la menor atención. Una vez, las autoridades recordaron que aún existía, porque surgieron quejas de que el padre Claver había caído en la costumbre de rebautizar a los negros. Naturalmente, que el santo nunca había hecho semejante cosa, excepto condicionalmente en caso de duda; pero de todas maneras se le prohibió bautizar en lo futuro. «Me arrepiento, escribió una vez, de no haber imitado siempre el ejemplo del asno. Cuando se habla mal de él y se le insulta, se hace el sordo. Cuando lo matan de hambre, se hace el sordo. Cuando le cargan en demasía, se hace el sordo. Cuando le desprecian y le abandonan, todavía se hace el sordo. Jamás se queja en ninguna circunstancia, porque no es más que un asno. Así deberían ser los siervos de Dios: Ut jumentum factus sum apud Te.»

En el verano de 1654, el padre Diego Ramírez Fariña llegó a Cartagena procedente de España con una comisión del rey para trabajar por los negros. San Pedro Claver se regocijó tanto, que se levantó del lecho para dar la bienvenida a su sucesor. Pocos días más tarde, oyó en confesión a Doña Isabel y le dijo que esa sería la última. El 6 de septiembre, después de asistir a misa y recibir la comunión, le dijo a Nicolás González: «Ya voy a morir». Aquella misma tarde cayó enfermo y quedó en estado de coma. El rumor de que estaba agonizante, circuló por toda la ciudad rápidamente y, de pronto todos parecieron recordar la existencia del santo. Una verdadera muchedumbre llegó a besar sus manos antes de que fuera demasiado tarde. Las gentes que venían, despojaron la celda y aun el lecho del santo de todo lo que pudieron llevarse como una reliquia. San Pedro Claver no volvió a recuperar el conocimiento y murió dos días después, el 8 de septiembre de 1654, día de la Natividad de Nuestra Señora. Las autoridades civiles que habían mirado con frialdad la solicitud del sacerdote por los infelices negros, y los sacerdotes, que habían calificado de indiscreto su celo y de desperdicio su enérgica actividad, rivalizaron entonces para honrar su memoria. Los magistrados de la ciudad ordenaron que se le enterrara con gran pompa, a costa del erario municipal, y el vicario general de la diócesis ofició en el funeral. Los negros y los indios hicieron celebrar por cuenta propia una misa a la que fueron invitadas las autoridades españolas. La iglesia era un mar de luces, cantaron los coros y el tesorero de la iglesia de Popayán pronunció una oración fúnebre que fue una loa a las «excelsas virtudes, a la santidad, al heroísmo y a los estupendos milagros del padre Claver». Desde entonces, ya nadie se olvidó de san Pedro Claver, y su fama se extendió por todo el mundo. Fue canonizado en 1888, al mismo tiempo que su amigo san Alfonso Rodríguez. El Papa León XIII lo declaró patrón de todas las misiones entre los negros en todas las partes del mundo. Su fiesta se celebra en América y en muchas otras partes.

Oremos

Oh Dios, que fortaleciste a San Pedro Claver con admirable caridad y paciencia para ser esclavo de los esclavos; concédenos por su intercesión buscar lo que es de Jesucristo amando a nuestros hermanos con obras y de verdad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén

-FRASE DEL DÍA-



 

SETIEMBRE, MES DE LA BIBLIA - "La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús"




CONSTITUCIÓN DOGMÁTICA
DEI VERBUM

11. Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. la santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia. Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando El en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería.

Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras para nuestra salvación. Así, pues, "toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda obra buena" (2 Tim., 3,16-17).